Un hombre de unos cuarenta años. Pelo revuelto, ojeroso. pantalones de pijama, zapatillas. Arriba tiene puesta una campera abultada. Está sentado en una silla, de frente a la cámara. Tiene los brazos cruzados y el taco de la zapatilla derecha no deja de repiquetear contra el suelo. Descruza los brazos, se arremanga la campera y mira la hora. Saca del bolsillo un alicate y se corta las uñas de una mano. Las examina muy de cerca, (es miope y le faltan los anteojos). Una vez que comprueba que están bien, saca del otro bolsillo un rociador pequeño de alcohol y se tira en ambas manos y en el alicate, vuelve a guardar el rociador, el alicate y se cruza otra vez los brazos. Deja de repiquetear. permanece inmóvil un momento y luego empieza a mover la cabeza levemente hacia adelante y hacia atrás como si con cada golpe contara los segundos que pasan. Se descruza los brazos, mira rápido el reloj y sonríe (acertó la hora precisa). Baja el cierre de la campera y de un bolsillo interno saca un celular. Marca el número y luego se lo acerca a la cara asegurándose de mantener el aparato a unos centímetros de su cuerpo, distancia a la cual puede oir sin que exista contacto.
Hola… hola… si, si, sí qué tal, qué tal …. bue- buenos días, buenos días…(mientras habla se balancea como si estuviera en una silla mecedora) sí, sí, me presento, mi nombre es Fernando, Fernando Espinoza, ¿qué tal? ¿cómo and..? (se interrumpe a sí mismo). Espinosa con Z, no, ¡no! perdón, qué digo, ¡con S, Espinosa con S!…justamente, todo el mundo se confunde y al final cuando yo quiero aclarar… bueno, no importa, si en definitiva… bueno… no… si, yo llamaba porque el psicólogo el otro día me recomendó que (se corrige) bahh… el otro día no, en realidad hace más de un año, lo que pasa que tanto tiempo encerrado y en mi caso que soy solo, bah que ESTOY solo quiero decir… (de repente se calla, y escucha lo que le dicen del otro lado de la línea. Todo el tiempo amaga a interrumpir lo que le están diciendo pero se contiene y escucha, hace gestos negativos con la cabeza en expresión de “ya me lo esperaba, siempre pasa lo mismo con ustedes”, luego habla).
No, sí, ya sé que ustedes son Defensa del Consumidor, ya lo sé, pero espere, espere, no me corte. Escúcheme, ¿Qué quiere que haga? O los llamaba a ustedes o a los de Protección al Suicida y, ¿quiere que le cuente una cosa? ¿quiere que le diga? En realidad los llamé a ellos primero, los llamé a ellos primero (remarca) pero me dio ocupado toda la mañana. Esos sí que deben estar con mucho trabajo ¿o no? ¿eh?, ¿y qué me va a decir? ¿que ustedes también? Con todo respeto se lo digo, eh, no vaya a creer, con todo respeto, pero dele, seamos sinceros…. Ahora está todo abierto de nuevo, está bien, pero usted vio los locales, ¿se detuvo a observar? va-cí-os están… si la gente no tiene un mango, vamos…pero espere, espere, no me corte, escúcheme (se calma, baja el tono de la voz) dele, hágame el favor, estoy llamando cada quince minutos y es la primera vez que logro comunicarme, dele, escúcheme, son seis minutos nada más.
Lo que quería contarle… a alguien (revolea la mano libre por encima de su cabeza como gesto de generalidad o de “sea a quien sea”) es que cuando el mundo estaba sin este virus de covid, los hipocondriacos como yo (se lleva la palma de la mano al pecho), teníamos nuestro lugarcito ¿entiende?, nuestra identidad me gusta decir a mí… No es que nos sintiéramos orgullosos de nuestras estrategias para evitar enfermarnos, pero qué quiere que le diga. Imagínese que usted iba a trabajar el lunes y se enteraba que Pepito estaba con gripe y, el martes, que había caído Juancito y, al otro día, Pendorcho… y bueeeno…. ¿no era obvio? ¿no se lo esperaban? ¿en seeerio? Si ni bien salen de trabajar se juntan en la esquina a tomar cerveza deeeeel pico (levanta el índice por encima de la cabeza y lo agita en alto)….Espere, espero no me corte, escúcheme son seis minutos, le digo que son seis minutos (esto último lo dice en tono neutro, bajando la intensidad que traía, del otro lado no le cortan y entonces retoma la energía del tono y el agite del dedo en lo alto) deeeel pico y ademaaaas, lo peor de todo es que sin ningún problema, estos chupandines, porque disculpe la expresión y no es por discriminar a los alcohólicos ni a nadie, pero éstos otra cosa no son, le decía, estos chupandines, después de tomar, se pasan la botella unos a otros. Ese pico que antes de inundarse en la saliva de cada uno de ellos, usted y yo lo sabemos bien, cualquiera lo sabe bien, y no quiero decir que usted, ni yo (remarca), seamos cualquieras, pero, lo que le quiero decir, lo importaaante es que ese pico estuvo varado, y quien sabe cuaaantos meses, quizás diez, o quizás uno solo, pero no importa, porque igual me parece que es suficiente, ese pico, le decía, estuvo varado ese tiempo “X” en vaya a saber uno, en qué galpón remoto del conurbano. Lleno de ratas. ¿O me va a decir que no hay ratas en el conurbano? ¡Fiestas clandestinas de ratas hay!… Espere, espere, no me corte, le digo que son seis minutos, en total y si no me interrumpe más, seis minutos clavados, se lo garantizo…le decía…ahí tiene, para arrancar, con esa cantidad innumerable de ratas…en esa birrita, en esa chelita, en esa fresca (dice en tono burlón y despectivo las diferentes nominaciones de la cerveza)… ¡leptospirosis! tiene y para arrancar… para arrancar… porque después vendrá la salmonella, la rabia y otra más que ahora no me acuerdo… pero le digo más… escuche… algo de todos los días: el mate.
Ahí tiene EL-MA-TE ¿Qué necesidad hay de compartir? Si hay millones de mates en este país, si hay algo que sobra en la argentina son vacas y mates, ¿para qué jiponearla? dígame…¿para qué? O acaso usted comparte su tacita de café o de té. Nooo… ahí tiene ¿ve? ¿Y eso lo convierte a usted en un egoísta? ¿en un individualista? ¿un desconfiado? Mire a los uruguayos, por ejemplo. Cada uno con su equipito abajo del brazo para todos lados van, unos evolucionados los uruguayos, unos adelantados… pero ¿qué hacemos nosotros? En vez de aplaudirlos de pie, nos burlamos de ellos, les decimos que son una provincia nuestra o que son menos que los canguros de Australia… se da cuenta…. Pero claro, el tema AHORA que este virus nos dejó a todos en pelotas, resulta que ya nadie comparte más el mate (a partir de acá empieza enojarse, a subir el tono). Ahora lo saben todos, ¿no? ¿ahora sí? Tooodos están de acuerdo. Porque no compartís un puchito ahora ¿a ver? dale loquito, arriesgá a ver si tenés aguante. ¡Dale un besito a la bombilla que te pasó el transpirado de tu compañero! ¡Dale ahora! ¡animate! a ver… qué te pasó ¡San Valentín! ya no compartís más, comunista, ahhh viste que al final TOOODOS éramos unos cagones! (algo le dicen del otro lado y se frena, se calma).
Está bien, disculpe, tiene razón… no se ofenda, no… no… si no le digo a usted, no…hablo en general, sí, está bien, no insulto más, se lo prometo, no me corte, seis minutos, seis minutos. Lo único que quiero saber es si alguien me entiende… (hace una pausa) si USTED me entiende. Antes, los hipocondríacos como yo (vuelve a llevarse la mano al pecho) éramos unos loquitos haciendo equilibrio en el colectivo para no tocar nada ni a nadie…y ahora que todos tenemos el mismo miedo, nadie se detiene siquiera a mencionarnos. Mire lo que le digo, me gustaría que aunque sea nos mencionen, nada más. No pretendo que nos reconozcan como unos acertados o unos visionarios pero dígame la verdad ¿Usted escuchó en algún noticiero que nos nombren? No. ¿y sabe por qué? Porque nadie nos registró nunca. El problema ahora es que ni siquiera tenemos identidad ¿entiende? Si mañana abriera un grupo de autoayuda para hipocondríacos, se llenaría, seguro. Nosotros, ahora, ya no somos nadie y yo necesito que alguien me devuelva mi hipocondría. Yo tuve miedo siempre y, ahora, ¿qué pasa? ¿mi miedo no vale nada? (del otro lado le cortan. El mantiene el celular cerca de la oreja unos segundos más y después, lentamente, lo aleja de la cara y lo guarda en el bolsillo interno de la campera. Mira el reloj en su muñeca) Seis minutos veinticinco segundos (dice y se muerde los labios con bronca de haberse pasado 25 segundos. Saca el rociador del bolsillo, se pone en la punta de los dedos y luego se pasa esos dedos por la boca para desinfectarse los labios. Retoma la posición inicial, de frente a la cámara y empieza a repiquetear el zapato).
Sebastián D’Ippólito


