—Pasá, ponete cómoda. ¿Mate? ¿Café?
—Eh… Un té, por favor.
—¿Querés ese de hebras que te hice la otra vez?
—Dale.
—Bueno, viste que Patricia se operó la nariz con ese cirujano. Ella siempre había querido pero no se animaba, hasta que alguien le recomendó que fuera a esa clínica. Quedó chocha
con el trabajo.
Escucha la pava mientras mira los portarretratos de su amiga. Un campamento al que fueron como a los treinta años. Sonríen las cuatro. Las caras rojas. Fondo negro. El casamiento de María. Todas dentro del marco de Instagram con collares y sombreros de cotillón.
Un rayo de sol cae sobre el vidrio del tercer portarretrato y no llega a ver más que el ángulo inferior izquierdo. Arena. El reflejo de un edificio distorsionado sobre el agua.
—Así que después de hablar con ella y ver lo contenta que estaba, me animé y fui.
—Pero tu nariz es re linda.
—No, lo que yo quería era otra cosa. Esta parte de acá, ¿viste?
—¿De dónde?
—Ah, cierto, no me acostumbro.
—De las tetas para arriba salgo divina en las fotos. El tema son las de cuerpo entero. Tengo
piernas lindas para mi edad. Pero esta parte del medio, viste cómo es.
—No, no veo.
—Qué graciosa que sos.
—Es que no entiendo. ¿Es reversible?
—¿Por? ¿No te gusta? Mirá que la secretaria de la clínica me dijo que es la última moda.
Todas se lo hacen. Cuando te acostumbrés, lo vas a querer vos también. Yo creo que es la
última intervención que me hago. Ya está. Fue más cara que las otras, pero ya está. No me
preocupo más.
—¿Pero si te arrepentís?
—No, no. Tuve dos sesiones con la psicóloga de la clínica y ella confirmó que yo estaba
preparada para hacerlo. Si ella no pone el gancho, no te la hacen, ¿entendés? Yo estoy
decidida. Ya está. No me preocupa más cómo salgo en las fotos.
—¿Y tu familia qué dijo?
—A mis hijos todavía no les conté. ¿Viste cómo son? Están en la de ellos y se creen que se
las saben todas. Rubén vuelve de viaje la semana que viene. Se va a poner como loco. Él siempre se alegra por mí. Cuando me hice la delantera, me re apoyó.
—Se va a poner como loco, sí.
—Pero a mí lo que me importa es saber qué pensás vos, Susana, vos, mi mejor amiga.
—Y… no sé qué decirte, no… ¿por qué no me dijiste antes y te acompañaba?
—Ay, yo te conozco. Vos me ibas a querer convencer de que no me lo hiciera.
—Y sí, ¿cómo iba a permitir que hicieras esto?
—Pero no llores, dame un abrazo, en serio, pienso que es lo mejor para mí. Vení…
—¿A dónde, Silvana, a dónde?
Laura Blanco


