Lorena se levantó más temprano que de costumbre, ya no aguantaba seguir dando vueltas en la cama. Benja, el bebé, por fin duerme tranquilo. Trata de no hacer ruido. Pone a calentar la pava y sale a buscar la ropa que dejó durante la noche secándose en el cordel. Cuando vuelve, ve que Abril también se ha despertado y, tirada en un rincón de la casilla, dibuja corazones en un cuaderno. Lorena retira la pava, apaga el fuego y prepara el mate cocido. Desayuna en silencio. Escucha el viento. Las chapas del techo se mueven y entra frío. Lorena se sube a la mesa y trata de acomodarlas lo mejor que puede. “Ojalá empiece a llover”, piensa. Parece contradictorio, porque si llueve, la casilla se inunda y tienen que levantar las cosas para que no queden enterradas en el barro. Pero esa misma lluvia incordiosa que siempre les complica la vida es la que permitiría aplazar el desalojo: el juez dispuso que no se puede desalojar la toma con mal tiempo y eso les daría unos días más de tregua.
Junta las cosas que están desparramadas en la mesita: juguetes, envases, mamadera, cáscaras de naranja. En una bolsa tira la basura y en otra guarda las cosas de los chicos.
— Hay que bañarse hoy, hija.
— No. No quiero.
— Si, hija, tenés que bañarte. Yo también me voy a bañar. No podés ser sucia.
— No me quiero bañar.
— Pero te vas a bañar igual. Dale vení. Tomá la leche y mientras voy calentando el agua.
Abril se levanta de mala gana y se sienta en la mesa con una frazada sobre los hombros. No se quiere bañar. Antes le gustaba, pero ahora no. Si estuvieran en la casa de la abuela, como antes, se bañaría más seguido. Porque había una ducha y, aunque tenía que compartirla con su mamá para que el agua alcanzara para todos, por lo menos no hacía frío. Acá es feo bañarse. Mamá llena una palangana y le lava la cabeza con un jarrito. Abril siempre lleva alguna muñeca para jugar en el agua pero nunca la usa. Cuando se sienta en la palangana llena de agua solo quiere que mamá termine rápido y volver a vestirse. La sensación del agua tibia chorreando sobre su cabeza es linda, pero apenas las gotitas van bajando se enfrían y hacen que empiece a temblar y le suenan los dientes, puede sentir cómo se chocan los de arriba con los de abajo. Se hace un bollito para aguantar el frío y mamá le dice que se afloje, que así no la puede bañar, que levante la cabeza. Abril se pone a llorar, de bronca y de frío, mientras la mamá le desenreda los rulos y la vuelve a arropar con la frazada.
Lorena se cambió de ropa, se puso un pulóver y un chaleco. Se está haciendo un rodete. Se mira en el espejito que tiene colgado encima de la cama que comparte con Abril. Nota sus ojeras y sus canas. El bebé la llama, insistente. Ella lo toma en brazos, se recuesta y le da la teta. Su hijo la mira, con los ojos marrones bien abiertos. La mamá lo acuna y le canta hasta que el bebé vuelve a dormirse. Luego lo acomoda en el colchón y coloca a su alrededor una almohada y un buzo para que no se caiga. En una caja guarda ropa y zapatillas y la deja en un rincón. Saca otra bolsa grande y separa las sábanas y la ropa sucia. Le indica a Abril que se porte bien, que no salga y que cuide a su hermano, que ella enseguida vuelve.
Abril se queda cerca del bebé. Cuando la mamá le pide que lo cuide se pone nerviosa. Cree que va a caerse, o va a ahogarse o va a morirse. Así que prefiere sentarse al lado y no quitarle la vista de encima. Le gusta ver su torso chiquito subiendo y bajando, al ritmo de la respiración. Cada tanto se acerca a olerlo y a acariciarle despacio la cabeza. Tiene sueño. Esa noche su hermano lloró mucho y mamá se levantó varias veces. Se esmera por mantenerse despierta pero es muy difícil. Se le cierran los ojos.
Lorena está lavando la ropa en un sector del predio donde han colocado una bomba de agua y se usa como lavadero comunitario. Como es temprano, aún no ha llegado nadie. Está nublado, y en el suelo hay un poco de escarcha. Lorena está preocupada. No le gusta nada el movimiento de personas y vehículos que se ve del otro lado, cruzando la ruta. Siempre que hay aviso de desalojo aparece la policía. Eso no sería un problema, ya conoce el sistema. Los delegados se reúnen con los dirigentes, discuten, acuerdan y terminan fijando otra fecha. No sería la primera vez. Pero hoy el movimiento es distinto, hay gente que no conoce. No quiere ponerse ansiosa. De complicarse las cosas, alguien seguramente le avisaría. Luego iría a ver qué pasa.
Cuando Abril se despierta, Benja está llorando a los gritos. Trata de calmarlo, le pone el chupete, le acerca un muñeco, pero no sirve de nada. Abril busca a su mamá, pero no la encuentra, todavía no ha vuelto. Siente que ha pasado mucho tiempo, está asustada. Cuando la mamá salió, el cielo estaba oscuro y ahora hay sol, y muy fuerte. Se desespera por los gritos del bebé, mamá nunca la deja sola tanto rato. Necesita que vuelva. Su corazón palpita acelerado.
Abril ha desobedecido a mamá. Abrió la puerta y salió de la casilla para buscarla. Corre unos metros pero luego se paraliza, tiene mucho miedo. Más adelante, cerca de la ruta, hay una gran nube de humo y tierra. Desde donde está parada puede escuchar los gritos. Un grupo de personas, con piedras y palos, se enfrenta a la policía, que avanza con caballos y se abre paso a través del alambrado.
Busca a mamá con desesperación pero no logra verla. La tierra que vuela se le mete en los ojos. Quiere correr, volver a la casa, pero está muy asustada y los pies no le responden. El grupo de personas se acerca corriendo, algunos llevan armas. Más atrás avanza la policía, con escudos y a caballo. Abril intenta moverse. Lo intenta con todas sus fuerzas, pero sus piernas no responden. Mira hacia la casilla, distingue la puerta entreabierta, el camino corto que de pronto parece interminable. Respira rápido, demasiado rápido. El aire está cargado de polvo y el humo la hace toser. Cada inhalación le quema los pulmones. Parpadea, pero la tierra se le ha pegado a las pestañas y ve todo borroso. Gira su cabeza hacia donde vienen los gritos, hacia los golpes secos de los palos contra los escudos y vidrios que se rompen.
Da un paso vacilante, solo uno. Se queda quieta, paralizada, sintiendo el sudor que le resbala por la espalda. Alguien pasa corriendo a su lado. Casi la roza, pero no la ve. Abril abre la boca para gritar pero no le sale nada. Se agacha, se cubre la cabeza con las manos y nota cómo el suelo tiembla bajo sus pies. Los caballos están cerca. Y también la gente que corre y que grita. Cierra los ojos. No quiere ver, pero los sonidos a su alrededor se amplifican.
Una explosión. El ruido es tan cercano que siente el eco en los huesos: se encoge más, hasta que la frente toca la tierra. El pasto la cubre. Los caballos se espantan y retroceden. Abril se queda inmóvil mientras siente cómo el tumulto de gente le pasa por al lado y por encima. El zumbido en sus oídos es constante, como si alguien hubiera apagado el mundo de golpe.
Después de un rato, cuando le parece que todo está en silencio, se incorpora despacio y se sienta en el suelo. Se mira las manos. Tiene las palmas rojas, llenas de tierra y pasto y también algo oscuro. Sangre, tal vez suya, o no. A su alrededor, las casillas arden. El humo dibuja espirales grises en el cielo y cada vez es más difícil respirar. “Mamá dijo que no salga”.
De pronto, lo escucha. El llanto agudo y familiar la obliga a prestar atención. Abril se incorpora de golpe, de su ropa caen tierra y ceniza. Unas casillas más allá, una columna de humo negro se retuerce hacia el cielo. Allí está la suya. Da algunos pasos en dirección a su casa, se tropieza con algo blando. Se levanta y sigue. El pasto quema bajo sus pies pero no le importa. Tiene que llegar, no va a detenerse. El llanto vuelve a empezar, esta vez más débil. Abril corre.
Alejandra Dabel


