Nos abrimos paso a machetazos. Soy un experto en cortar maleza. Nadie decapita las hojas de palma como yo, nadie. Algo parecido a un gato salta entre las ramas de un árbol de frutos amarillos y nos distrae. Los Tucanos por poco sueltan las cajas. ¿Cómo pueden ser tan asustadizos estos naturales, siendo hijos de esta misma espesura? Quizás sea porque esta región le pertenece a alguien más, a alguna otra nación, a verdaderos salvajes belicosos. Sin embargo, a mí nada me conmueve. No es lo que habita en la vegetación lo que me inquieta. Tengo pesares inconfesables que son más difíciles de sobrellevar.
Don Francisco de la Cueva me mira con preocupación. Está aterrado, aunque intente ocultarlo. Lo sé porque le regresó aquel rictus a la boca y por el temblor en sus manos. A las claras, no va a admitirlo. Es demasiado soberbio para reconocer sus faltas. Saca un pañuelo de su bolsillo y se seca el bigote. Pero yo continúo sereno. Ya lo he visto todo. ¿Acaso puede existir algo más aterrador que el amor de Dios? No lo creo.
—¿A dónde me lleva, fray Bartolomé? —me pregunta con ese aire amainado que tiene al hablar—. No me había comentado que la aldea estaría tan lejos.
—Ya falta poco —le digo para calmarlo—, he hecho este recorrido unas cuantas veces con las cajas. Pero uno no puede desviarse ni un palmo del trayecto que ya se encuentra nuevamente con una maleza impenetrable. La manigua lo devora todo, es imposible abrir un camino. Parece que las plantas crecieran más rápido de lo que uno supone en esta zona olvidada por los designios de nuestro Señor.
Don Francisco saca otro pañuelo y espanta a los insectos que lo sobrevuelan. Los zancudos parecen especialmente interesados en su sangre. Ni a mí ni a los Tucanos nos asedian de esa manera. Será porque es el hombre más apetitoso en la caravana. ¿O tal vez por su perfume? Ese perfume que huele a orquídeas del pantano y a almizcle de ciervo de bosque de ébano. Sin dudas es un hombre refinado, mucho más de lo que yo pudiera haber sido si no hubiera tomado los votos religiosos. Tanto como para venir pulcramente aseado y perfumado a una expedición. ¿Qué dice eso de cómo es él, como hombre? ¿Qué dice eso de la nobleza? Yo también provengo de una familia distinguida y soy joven, pero ahí termina toda semejanza. No poseo los modales ni el agraciado rostro de don Francisco. De niño, la viruela me comió la piel y mis padres me encomendaron a los sacrosantos Evangelios porque no soportaban mi fealdad.
—¿Cuántas veces les ha traído ofrendas a estos indígenas? —me pregunta.
—Unas treinta cajas con regalos de los más absurdos. Espejos, cadenas de oro, estatuillas, barriles de vino, telas de seda y hasta unos esclavos negros que trajimos maniatados. Pero nunca están conformes.
—Tendríamos que venir con un escuadrón y matar a los aldeanos y luego obligar al jefe a que nos revele el camino al río.
—Mire esta espesura, don Francisco. Meter un ejército aquí adentro es imposible. Ellos están en todos lados. De hecho, no me extrañaría que nos estén observando en este mismo momento. No hay oportunidad de atacarlos. Se ocultan con la espesura, ellos son la selva. En poco estaríamos atravesados por sus flechas o paralizados por sus cerbatanas. Hay que convencerlos de otra manera. Ofrecerles algo que quieran.
—Entonces prendamos fuego la selva —me propone sin meditar lo que dice.
No deja de asombrarme su ignorancia, pero no quiero ofenderlo. No puedo imponerme a su cargo de encomendero. Lo veo agitar su pañuelo para espantar a los insectos que lo siguen acosando. A todas luces, les resulta mucho más apetitoso que todos los que vamos en la caravana. Y no me extraña que hasta a los mosquitos les parezca agradable. No me avergüenza reconocer que me da un poco de envidia su apariencia. Admirar su perfil de señorito hidalgo y su estampa aristocrática no me hace menos hombre ni menos cristiano. Además, cualquiera puede reconocer que es gallardo en su rostro y atractivo. En cambio, yo tengo la piel como el lomo de un sapo toro.
—No entiendo por qué no me dejó traer algunos ballesteros del rey.
—Le repito que con el arco y la flecha son imbatibles.
—A mí no me causa miedo lo que me cuenta ni me excita el alma.
—Debería. No solo son letales por sus habilidades en la guerra. Tienen además unas prácticas mágicas con las que hasta un hombre de fe como yo se siente perturbado. Si hubiera visto lo que vi, no estaría tan deseoso de atacarlos.
—Nada que no hayamos visto en otros indios.
—Se equivoca don Francisco, estos tienen una insana relación con la cabeza de sus enemigos. Sienten una malsana atracción por conservarlas luego de asesinarlos. Se han vuelto expertos en momificar sus expresiones de espanto cuando los decapitan. Para conservarlas las cuecen en un caldero con un brebaje negro que obtienen sangrando la resina de un árbol de la zona. Luego de ese proceso el cacique las conserva como fuente de poder y toda la tribu venera el cráneo como si se tratara de una reliquia.
Don Francisco no parece interesado en mi relato. Me mira con desdén, con soberbia. Sin duda, está pensando que he perdido la razón.
—Sabe —le digo por decir—, también aprecian mucho nuestro porte, somos poseedores de una belleza exótica para ellos. Hasta creen que soy atractivo.
—¿Usted? —me dice y suelta una carcajada—. Pero si es lo más parecido a un mono que conozco.
—Solo me han visto a mí —le respondo, ignorando su comentario—. Pero les di a entender que yo no soy particularmente agraciado entre los míos. Imagine cuando lo vean a usted.
Don Francisco ya no me presta atención. Sigue espantando insectos con su pañuelo. Un par de Tucanos me ayudan a dar machetazos. Nos abrimos paso entre la vegetación y al fin encontramos un claro en la selva. Una bocanada de aire cargado de aromas humeantes me da en la cara. Vemos las chozas y un caldero donde hierve algún caldo hediondo. Avanzamos como penitentes arrastrando nuestras cajas. Los indios no parecen alterados al vernos. Van a nuestro encuentro, calmos, parsimoniosos y en manada. Debajo de mis ropajes me calcino. Quisiera sacarme la sotana, pero espero a que los indígenas se acerquen a nosotros. Se mueven los unos pegados a los otros, como una horda silenciosa. Y van directamente sobre mi compañero. Paralizado por el miedo, no atina a hacer ningún movimiento. Supongo que desearía haber traído su ballesta. Y se debe preguntar por qué los indios le acarician el rostro y le tocan el pelo, por qué palpan su bigote mientras otros le abren la boca para ver sus perlados dientes. Están fascinados con su belleza. Les ordeno a los Tucanos que dejen las cajas y se marchen; cajas en las que solo llevaba mis pertenencias. Huyen despavoridos. Al fin atan a don Francisco con cuerdas. Como si fuera un cerdo, chilla y reclama a gritos mi intervención sin privarse de insultos. Veo cómo lo llevan hacia el caldero. Por fin me quito la sotana y un viento sobrecogedor me seca el sudor del cuerpo. El cacique se acerca a mí. Con una rama dibuja sobre la tierra a mis pies lo que supongo es el camino para llegar al río. Al fin les he podido traer algo que les gusta.
Gastón Irigaray


