Posadas es una ciudad cuadrada. Al norte, el río Paraná con sus aguas ensanchadas y estancas. Al sur, unas delgadas venas rojas la unen al río Uruguay. En el centro sus calles se suceden unas a otras en interminables paralelas, con su catedral, su plaza principal, sus supermercados, verdulerías y quioscos.
Todos ordenados en los cuadrados que les corresponden, salvo por el barrio Cerro Pelón. En una esquina del mapa, la ciudad se hace un nudo; las líneas rectas se curvan como si el sol de febrero las hubiese derretido y llegan a la orilla del río entreveradas entre casas y barro.
Por esas calles caminaba doña Elsa un sábado a la mañana, arrastrando su carro camino a la feria del puerto en el silencio de un barrio que duerme; por subidas y bajadas de tierra, escaleras de piedra cubiertas de musgo, bordeando el pasillito que se mete hacia el centro del barrio. Cualquier otro día, ese pasillo estaría patrullado por los gurisitos que viven en las casas del fondo, pero era sábado, ellos también dormían hasta tarde.
—Deme, deme, doña.
El chico de la bicicletería se le acercó y agarró su carro con una mano, su brazo derecho con la otra.
—¿Escuchó el barullo anoche?
—¿Qué barullo?
—Ah… un griterío. Vino la policía y todo. Ahí, en la casa de los Mayes, enfrente de la suya.
—No escuché nada. ¿Qué pasó?
—No encontraban a la nenita, la chiquita de ellos; esa que siempre anda corriendo atrás de los hermanos. Parece que no volvió de la escuela y como de noche no aparecía, llamaron a la policía.
Doña Elsa veía siempre a la nena. Bajaba del colectivo a la vuelta de la escuela con sus tres hermanos, tan grandotes que los guardapolvos les quedaban un poco desubicados. La nena los seguía unos pasos atrás, con el pelo alborotado y el guardapolvo atado a la cintura.
—Y, ¿apareció?
—Apareció, sí. Se había escapado nomás. A que no sabe dónde estaba…
El muchacho la miró emocionado, regodeándose en la primicia, pero doña Elsa le devolvió la mirada en silencio, esperando que siga.
—En la isla— dijo por fin.
—¿En el río?
—Sí, allá en la choza que se ve ahí— dijo él, señalando el Paraná que asomaba como una línea sobre las casitas atrás de la avenida, y siguió —parece que se agarró una canoa de la orilla y se mandó a cruzar sola.
—¡Qué peligro! Qué barbaridad.
—Y, vió como son, doña. Son una plaga esos gurises. Y para colmo, la nena esa está medio chapita.
Otra vez esperó que ella preguntara, pero no aguantó y siguió.
—Dicen que la encontraron embarrada hasta las rodillas, estaba meta hacer pozos.
—¿Pozos?
—Si, dice que buscaba piedras, rubíes, no sé qué. Re chapita la enana.
—Y bueno, son criaturas vió. Gracias— le dijo Doña Elsa agarrando de nuevo su carro a los pies de una escalera.
Se saludaron y el chico subió los escalones corriendo.
Unos días después, doña Elsa la vio sentada en la vereda. Le sonrió, pero la nena bajó los ojos muy rápido.
—Nena, vení. Haceme un favor — le gritó antes de saber bien qué le iba a pedir.
La nena se levantó, un poco sorprendida pero apurada. Cruzó la calle sin mirar.
—Andá al fondo y cargame las regaderas, haceme el favor, que me duele la cintura y tengo que terminar de regar antes de que baje el sol.
La vió correr por el pasillo del costado de su casa y volver caminando lento, con una regadera en cada mano.
—Gracias, querida. Vos regame las de allá que yo termino las de este lado.
La nena levantó la regadera con las dos manos y se puso a regar las flores del cantero más cercano a la calle. Regaron todo sin decir una palabra. Cuando se vació la última regadera, Doña Elsa por fin dijo:
—Esperame acá.
Entró a su casa y salió con una porción de bizcochuelo envuelta en una servilleta.
—Gracias —le dijo la nena y salió corriendo.
Era la primera palabra que le devolvía.
Durante los días siguientes llovió torrencialmente, con esas lluvias que golpean el techo como si lo que cayera fuera piedra y no agua. Doña Elsa no salió de su casa hasta que volvió a salir el sol. Cuando por fin abrió las ventanas del frente para que entrara fresco después del aguacero, vió a la chiquita de los Mayes sentada en la vereda.
—¿Va a regar las plantas, doña?
—Hoy no, ya tuvieron agua para rato las plantas.
La nena no le respondió. Se dio vuelta y corrió hasta su casa.
Al día siguiente, cuando volvía del centro cerca del mediodía, doña Elsa vió a la nena en la parada del colectivo. Sus hermanos estaban un poco más lejos fumando un cigarrillo entre los tres. Las dos se miraron sin hacer ningún gesto, como cómplices de un secreto.
Esa tarde se sentó en la vereda con un mate y un bizcochuelo recién hecho. La chiquita apareció casi al atardecer. Descalza, vestida con la misma ropa que tenía al mediodía.
—¿Va a regar hoy?— le dijo sin saludar y mirando lejos, como si no quisiera arriesgar toda su atención en esa pregunta.
—Hoy tengo que sacar los yuyos — le dijo estirando la mano para pasarle un mate.
La nena se sobresaltó y la miró alerta, como los perros cuando escuchan un ruido lejano. Se acercó caminando lento y se sentó en un banco al otro lado de la mesita de madera.
—Es importante saber bien qué yuyos sacar…—empezó a explicar doña Elsa.
En otoño recortaron las hojas de las plantas más grandes, pusieron abono en los dos canteros y barrieron la vereda casi todos los días. En invierno regaron poco y pusieron mantas sobre la tierra para resguardar a las plantas del frío. En primavera sembraron flores, arrancaron yuyos que crecían entre las baldosas. En verano, la higuera dió fruta y las juntaron para hacer dulce.
El día en que doña Elsa murió, Sofía bajó corriendo del colectivo. Sus hermanos se quedaron fumando en la parada como todos los días. Llevaba escondido un gajo de Azalea que se había robado de un cantero de la escuela. Lo agarraba con las dos manos, como a un pajarito caído del nido.
Corrió por la bajada de la calle Santa Fe, frenando apenas con los pies para no caerse en la curva de la esquina. Dejó la mochila en la vereda y golpeó la puerta. Todo lo que vino después fue silencio pastoso y húmedo.
Ese otoño llovió muy poco. Los hijos de la doña entraban y salían de la casa llevándose cosas. Los canteros se fueron poniendo opacos y las hojas de la higuera se acumulaban en la vereda.
Por fin Sofía se animó a cruzar, un domingo a la siesta cuando el barrio estaba dormido. Llevó de su casa una jarra con agua y regó un poco el cantero más grande. Después metió una mano en la tierra arcillosa. La sintió meterse bajo sus uñas, sintió el frío entre los dedos y, por fin, una piedra entre raíces y barro. La sacó despacio y la hizo brillar contra el sol. Sus destellos rojos se colaban entre la tierra y sus dedos. La miró un rato y la volvió a meter bien al fondo. Tapó el pozo y se limpió las manos con el pantalón antes de volver a cruzar la calle hacia su casa.
Magdalena Irrazábal


