Mínghūn

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En el Bajo Flores, recién empezado el año de la serpiente de madera, la joven Wú Mei muere soltera.

La mala suerte va a flotar sobre la familia. Aunque la señora Wú no puede imaginar peor suerte que la que ya tienen.

Sin falta, debe buscar una méirén. No sabe cómo hacerlo en Buenos Aires. Shaanxi queda demasiado lejos para pedir ayuda.

Es su deber asegurarle a su hija una vida feliz en la ultratumba.

No está bien que siga sola.

Si se pierde en el camino, dicen que podría regresar al mundo de los vivos para atormentar a su familia.

No sería ella. Sería otra cosa. Un demonio furioso que tomaría su cuerpo y caminaría con su rostro.

Durante siete días el ataúd permanecerá abierto.

En la funeraria. Sola.

No pueden velarla en casa. La tradición lo prohíbe.

Blancos y tristes, los padres repetirán oraciones clandestinas.

Y el silencio los abarcará enteros.

La mañana siguiente a la muerte de Mei, la señora Wú comienza el peregrinaje. Las mujeres conocen mejor el arte de la búsqueda.

De una manera extraña, el casamiento le cambia el sentido al duelo.

✿ ✿ ✿

Mei entró a su cuarto.
La casa estaba vacía.
Tuvo tiempo.

✿ ✿ ✿

Primero visita el almacén de la esquina. Está segura de que la señora Xue sabrá dónde buscar.

—Eso ya no se hace —contesta la almacenera mientras acomoda un paquete de arroz.

—Mi hija murió sola.

La mujer sigue ordenando la góndola.

—Lo lamento.

—Por favor. Necesito encontrar una méirén.

Recién entonces la señora Xue levanta la vista.

—Puede probar en la Asociación Cultural. Pero no creo.

La señora Wú hace una pequeña inclinación de agradecimiento y se va.

Palpa el abrigo. La SUBE está en el bolsillo. El 76 combinado con el subte la deja cerca.

Viaja colgada del barral del colectivo, apretada entre mochilas, bolsas de compras y cuerpos húmedos.

Mientras avanzan por la ciudad, se pregunta qué clase de hombre habría elegido su hija.

¿Se había enamorado alguna vez?

A los trece una se enamora —cree.

Los empleados de la Asociación la miran espantados.

—Eso ya no se hace. Está prohibido.

La palabra prohibido pesa sobre el corazón de la señora Wú como un yunque.

Se deja caer en la primera silla que encuentra. El cuerpo doblado. Las manos aferradas a la bolsa de compras.

Ha llegado hasta ahí para nada.

La anciana que pasa el lampazo cerca de ella disminuye el ritmo. Mira hacia ambos lados para asegurarse de que nadie escuche.

Después se inclina apenas.

—Busque a Wáng —susurra.

Cuando puede levantar los ojos, ya no está.

Un papel con algo escrito hace equilibrio sobre una de sus rodillas.

Wáng
Pasaje Rivarola 743
Martes y jueves después de las cinco.

Mira la hora. Todavía tiene tiempo.

Una cafetería en la esquina le parece un buen refugio. El recuerdo de su hija, pálida, inmóvil dentro del ataúd, le devuelve la tristeza toda junta.

Se pregunta si había sido feliz alguna vez o si aquel halo de oscuridad que le notaba los últimos días siempre había estado ahí.

✿ ✿ ✿

Eligió un vestido liviano con flores de cerezo.
Acomodó los zapatos junto a la cama.
Se soltó el pelo.

✿ ✿ ✿

Pide un té y abre Google Maps. Pasaje Rivarola 743 existe. Eso la sorprende.

Por algún motivo había esperado una dirección incompleta, una pista absurda o un lugar imposible de encontrar. Sin embargo, ahí está. A diecisiete minutos de distancia. Termina el té sin probarlo.

A las cinco menos diez llega a la oficina de Wáng.

El cartel de bronce junto a la puerta la intimida de inmediato.

Jamás podría pagar sus servicios. Ni en esta, ni en otras vidas.

Parada en la vereda de enfrente, observa durante varios minutos el movimiento de la puerta.

La asombra la cantidad de gente que toca el timbre.

Algunos entran con sobres. Otros llevan carpetas. Un hombre sostiene una fotografía contra el pecho.

No puede esperar más.

Cruza la calle y toca.

Una mujer joven, de aspecto impecable, abre la puerta.

—¿Novia o Novio?

—Novia —responde bajito la señora Wú.

La mujer la hace pasar, señala un asiento y le pide que espere.

Se sienta en el único sillón libre.

Nadie habla.

El silencio tiene la densidad de un velorio.

Es una sorpresa encontrar ese mundo de luto clandestino, caras tristes y fotos nuevas. Todas sonríen y están enmarcadas.

Ella solo tiene la de la billetera. No había pasado por su cabeza que todo se iba a precipitar así.

La última familia sale con los ojos enrojecidos y algo parecido a una sonrisa.

Alguien abre la puerta.

—Señora Wú.

El nombre resuena en la sala vacía.

Es su turno, un dolor repentino le cierra el estómago.

Hasta ese momento ha buscado ayuda. Ahora está a punto de elegir un hombre para casarlo con su hija muerta.

Wáng parece demasiado grande para esa habitación. Mira a la mujer apenas un segundo. Basta para saber que el negocio va a ser otro.

En seguida la pregunta.

—¿Fotografía?

La señora Wú tarda en entender.

—De su hija.

—Solo tengo esta —revuelve la bolsa de compras buscando la billetera.

Wáng sostiene la foto un tiempo largo.

Recorre la imagen con la yema de un dedo.

La frente.

La mejilla.

La boca.

—Tiene suerte. Es muy linda. Los espíritus aman la belleza.

—Fecha de nacimiento.

La madre responde sin levantar la vista.

—Hora.

—01:45

Wáng anota ambas cosas. Hace un cálculo rápido.

Parece satisfecha.

Cierra la libreta.

—Dragón de agua. Excelente. Las jóvenes Dragón están bien cotizadas.

 La señora Wú no sabe si aquello es una buena noticia.

—Necesitamos una Rata.

Levanta un dedo antes de que la mujer hable.

—Y tiene que ser rica.

El corazón de la señora Wú se hunde. Simple.

Sin dinero no hay casamiento.

—Si no encontramos una Rata, un Mono podría servir.

La casamentera vuelve a mirar la foto.

—Con suerte habrá un candidato reciente.

Los ocho caracteres dirán el resto.

La señora Wú ruega que el Bazi de su hija no lo diga todo. Que el final solo sea un esbozo.

—No se preocupe.

La señora Wú levanta la vista.

—Las muchachas suelen elegir mejor después de muertas.

✿ ✿ ✿

Llenó la bañadera.
Se hundió.
Las flores de cerezo flotaron ingrávidas.

✿ ✿ ✿

Alza una mano señalando la puerta.

La reunión ha terminado.

Cuando llega a la recepción, la joven que la ha atendido le entrega una tarjeta.

—En unos días nos comunicaremos con usted.

Sale de la oficina como en trance. Casi no recuerda la conversación.

Antes de volver a su casa pasa por el velatorio. Mei descansa entre tules blancos y perfume a incienso.

La muerte ha borrado aquella sombra que, desde hacía un tiempo, apagaba su Chi.

Le da un beso y sigue camino. Tiene que preparar la comida.

De pasada busca a los chicos, se han quedado en lo de una vecina. Las calles de la cuadra están oscuras. Hace meses que reclama que cambien las luces. Le da miedo caminar sola a esa hora.

Está picando cebollas cuando suena el timbre. Alguien del barrio ha cocinado para ellos. El pastel de papa todavía humea.

Cuando el señor Wú llega, ya están sentados en la mesa. Se ha hecho tarde. Los colectivos pasan cada vez menos.

Cuando entra a la cocina, a la señora Wú le parece que la espalda se le ha doblado un poco.

Solo el roce de su mano por el hombro le muestra lo que siente. Le acerca una silla. Comen callados, sin mirarse.

El señor Wú no pregunta nada.

✿ ✿ ✿

Bajo el agua
Todo era silencio
Menos las venas que aleteaban

✿ ✿ ✿

Después de un día en el que el tiempo parece detenido, llama la secretaria de Wáng. Tiene que estar en la oficina a las dos de la tarde.

Un escalofrío le recorre la espalda. Algo anda mal. Es rara la premura con que aparece un candidato.

Si toma el colectivo no llega. Se fija el saldo de la cuenta. Quedan apenas unos pesos. El préstamo del velorio pesa sobre ellos.

Llama un taxi. Busca una estampita de Kuan Yin y se pasa todo el viaje repitiendo el mantra en silencio. Cuando llega a la puerta de la oficina de la señora Wáng, ya está más tranquila.

Toca el timbre.

La atiende la misma mujer joven, de aspecto impecable, de la primera vez.

—Wáng la espera —le dice con una sonrisa inesperada.

La señora Wú mete una de sus manos en el bolsillo. Los dedos aprietan a Kuan Yin con fuerza.

—¡Bienvenida! Tengo buenas noticias para su hija.

Sin invitarla a sentarse o decir palabra, sigue.

—La vamos a enlazar con la familia Zhang. ¿Se imagina? ¡Nunca más un problema económico en su casa!

La sensación de frío no se le va del cuerpo. Sospecha que Wáng hace trampa. Se pregunta por qué razón una familia poderosa va a querer emparentarse con ellos, por más compatibles que sean sus Bazi.

—¿Por qué?

Los ojos de Wáng se clavan en ella.

—Creí que había entendido cómo funcionan estas cosas. Los Zhang pueden elegir.

Hace tres días que Mei descansa en la casa mortuoria.

Hace tres días que la señora Wú va a verla.

A pesar del frío y el maquillaje, muy pronto dejará de ser ella.

Si la casa y se equivoca, la condena.

Mei no tendrá una vida feliz en el más allá y su alma nunca tendrá descanso.

Pero si no la casa, también.

—¿Cómo sigue?

Wáng la observa durante unos segundos.

—Eso depende de usted.

—Si acepta, mudamos a su hija al santuario de la familia Zhang y se organiza la ceremonia para unir los espíritus.

La señora Wú odia al señor Wú por dejarla sola en esto. Ya sabe la respuesta, pero no puede pronunciarla.

—¿Tengo que firmar algo?

✿ ✿ ✿

Siguen flotando
las flores de cerezo.
El agua, roja.

✿ ✿ ✿

Al día siguiente empiezan los preparativos. El vestido aparece como por arte de magia. Nadie toma medidas.

Nadie pregunta nada. Todo parece preparado de antemano.

El blanco del duelo deja paso al rojo y al dorado. Se envían las invitaciones.

El féretro, colocado en el centro del santuario junto a la foto del novio, queda rodeado de ofrendas. Casas, autos, sirvientes y billetes de papel prometen una vida confortable en el más allá.

Mientras las ofrendas se consumen, Wáng alza las tablitas espirituales de los novios. Todo al fuego. Todo humo.

Afuera, el banquete está listo.

La señora Wú sabe que debe agradecer las riquezas que tendrá su hija en la ultratumba. Pero algo no la deja en paz.

Su marido no para de agradecer e inclinarse ante los Zhang.

Eso le da ganas de matarlo.

Un invitado cuenta que la familia del novio no creía en estas cosas.

Cuando murió el joven Zhang lo enterraron bajo las ramas de un cerezo en Jardín de Paz Oeste.

Durante meses ignoraron los incidentes.

Hasta que comprendieron que el espíritu de su hijo no encontraba descanso y buscaron ayuda.

Recién entonces apareció Wáng.

A la hora del entierro, vuelve el blanco. La banda de música para espantar espíritus comienza a sonar. La procesión fúnebre inicia su camino.

En el cementerio la tumba del joven Zhang está abierta. La tierra removida forma montículos negros a ambos lados.

El ataúd de Mei desciende hasta tocar el de su marido.

Cuando cubren la tumba, el pacto queda sellado.

La señora Wú siente la certeza de muerte en la carne.

La dote es entregada.

La vida cambia.

Solo falta desarmar el cuarto de Mei. No se ha tocado desde su muerte.

Cuando la señora Wú finalmente gira el picaporte, los zapatos de su hija ya no están junto a la cama.

En su lugar, un rastro sutil de agua tibia y pétalos marchitos de cerezo conduce hasta la ventana abierta.


Marta Mendiondo

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Marta Mendiondo
Marta Mendiondo
Nació en Corrientes en 1959. En el ’64 se mudó a Mar del Plata y ahí se quedó, cree que para siempre. Lectora voraz y errática, anduvo de arte en arte hasta que encontró la escritura en el Taller de Narrativa. Con el primer texto que se animó a mostrar, algo la picó y acá está, escribiendo relatos. No tiene premios que mencionar. Sí, la publicación de algunos cuentos en “La palabra precisa” y en la revista literaria “Las olas” Ojalá haya muchos más.

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