Son miles.
Unos aguardan su turno desde hace tres días apretujados dentro de carpas de espacio exiguo y precariedad holgada. Otros esperan a bordo de casas rodantes o de confortables autos de alta gama.
El premio a la épica, sin duda, se lo llevan los peregrinos que, poniendo a prueba la nobleza de su maltrecho Dodge 1500, llegaron desde Urdinarrain, Entre Ríos, tras recorrer casi 800 kilómetros.
La gran mayoría es parte de contingentes de creyentes que arriban en autobuses conducidos por choferes que han logrado legalizar la clandestinidad, compartiendo ganancias con secretarios de transporte y policías de las camineras provinciales.
La fe mueve montañas.
La multitudinaria nómina de asistentes se completa con unos pocos más que, invitación especial mediante, llegarán minutos antes de la apertura provenientes del hotel cinco estrellas construido en una localidad vecina por la empresa organizadora de popular movida religiosa.
La fila recorre más de veinte cuadras polvorientas que van desde el pozo hasta la entrada del pueblo.
Discapacitados víctimas de accidentes o a causa de enfermedades diversas (algunas sin nombre), enfermos de cáncer, portadores de virus desconocidos, madres adolescentes con niños endemoniados, psoriásicos con la piel ardida, ancianos hartos del malvivir y hasta pelados inclaudicables forman parte de esa postal que, desde hace más de 65 años, alteran el cansino andar de los habitantes de Copetonas.
No hay carteles que indiquen horarios o brinden información de ningún tipo. Todo se transmite de boca en boca. Así es desde el derrocamiento del general. Fue a principios de julio del 55 cuando el rumor de la primera sanación conmovió a los vecinos del pueblo.
La repercusión del fenómeno fue tal que hizo que el nacimiento del hijo pelirrojo del Negro Erviti y la Nilda, una bella morocha descendiente de araucanos, pasara a segundo plano en el ranking de chimentos comunales.
Alentados por la inminente aparición del sol, los peregrinos más cercanos al pozo son los primeros en desmontar sus provisionales refugios, generando un efecto dominó en la kilométrica fila de fieles.
Todos comienzan entonces, con igual emoción y premura, a plegar sus reposeras y banquetas en un inconsciente intento de acelerar el tiempo y adelantar su turno.
Se produce un momento de vibración colectiva que entrelaza esperanzas y hermana a todos los feligreses. Es “la hora del aura”. Así se la conoce desde que el “Choclo” García Boubé, un veterano periodista que cubrió el acontecimiento para el diario El Atlántico de Mar del Plata, juró ver una especie de nube plateada flotando sobre esa multitud de creyentes que se abrazaban y saltaban excitados ante la ansiada habilitación del acceso al Pozo de Joselito.
Con la misma alegría, guardando prudencial y respetuosa distancia del oratorio, vendedores ambulantes e improvisados emprendedores gastronómicos realizan el montaje de sus puestos con una labilidad constructiva y sanitaria que si no fuera por la gracia del niño santo pondría en fuga a cualquier potencial cliente.
Es lo que hay.
Hay chorizos, hamburguesas y salchichas, todo con fecha de vencimiento en alerta naranja.
“No hay que mezclar el negocio con la fe”, aclaran con convicción los casi doscientos comerciantes que, en su mayoría desde el Gran Buenos Aires, llegan con sus bolsos y valijas desbordantes de estampitas, velas, pañuelos y todo tipo de mercancías donde quepa la morena imagen de Joselito. En la última edición la gran novedad fue el juego de cartas españolas en las que el rey, el caballo y la sota tenían la cara del niño milagrero. Fue furor.
Bajo el manto protector del pequeño sanador, todo lo existente en el predio carece de habilitación municipal. A tal punto que uno de los stands más concurridos, a lo largo de las 72 horas que dura el peregrinaje, es el de Doña Lola a quien los devotos de la quiniela clandestina acuden, guiados por sus pálpitos y el guiño cómplice de Joselito.
La dueña de la “lotería santa” inició su actividad con una mesa plegadiza destartalada y un banquito de lona. De a poquito, con esfuerzo, perseverancia y sobre todo con el dinero aportado por los píos ludópatas, logró construir un módulo de madera con un pequeño toldo al frente donde de puño y letra escribió: “Lotería La Gallega de la suerte”.
El razonamiento comercial de la hispana no podía ser más acertado: “El que cree en milagros, cree en todo. Mirá que, justo acá, se van a perder de jugar un numerito a la “quinela”. Y está bien. Quién te dice que no se ganen unos manguitos y salven los gastos de la venida hasta el Pozo”.
Ahogada por la tos de añosa fumadora, la Lola remataba con el original y sarcástico slogan publicitario: “La plata no llega sola, si no te ayuda Joselito, te ayuda Lola”. Y se echaba a reír a carcajadas dejando al descubierto sus carencias dentarias.
El día de menor concurrencia al oratorio es el viernes, llamado “el día de los enamorados”, una novedad de los últimos años que según se dice fue un invento del Nino Franganillo, dueño de la única florería de la ciudad.
Sin afirmar ni desmentir el rumor popular, con sonrisa canchera y pasional verba burrera, Nino sostiene que “las cosas están claras: Joselito se hizo fija en temas de salud y cruza el disco al trotecito, así como te lo digo. En cuestiones del amor, San Valentín le saca varios cuerpos de ventaja a cualquier pingo, pero acá Joselo empezó a darle pelea”.
El primero de los creyentes, el que encabeza la hilera de suplicantes es siempre el que anuncia que Joselito, o mejor dicho su espíritu, ya está allí, aunque el agua proveniente de las napas subterráneas impida ver su imagen. La excavación tiene más de 20 metros de profundidad y el niño, de acuerdo a los testimonios de la época, yace allí desde su desgraciada caída a mediados de 1955.
Los adherentes a la Revolución Libertadora y opositores al “tirano prófugo” impusieron en su relato que la culpa de la caída del niño la tuvo Perón, porque los trabajadores de Obras Sanitarias de la Nación, nunca taparon esa abertura.
En realidad, la construcción del acueducto Evita Capitana quedó paralizada tras su derrocamiento y el pozo quedó como único rastro del faraónico proyecto que acabaría, según sus mentores, con la sequía que todos los veranos castigaba a los habitantes de Copetonas y aledaños.
Lo cierto es que la mega obra quedó detenida días después del bombardeo golpista a Plaza de Mayo. Fue entonces cuando Elsa decidió poner a resguardo a su hijo Joselito.
Ramón, su marido, dirigente sindical de los obreros del agua, ya llevaba más de diez días en la clandestinidad y el rumor del golpe de Estado contra Perón crecía con más fuerza.
Fue entonces cuando Elsa avanzó con lo pactado. Se dirigió hasta la habitación, abrió el tercer cajón de la cómoda donde guardaba el costurero y, entre carreteles de hilo y lana, echó mano al dinero que secretamente había reservado para las emergencias.
Además de la plata, colocó en un pequeño bolso algo de ropa, dos manzanas, dos paquetes de Criollitas, un frasco con bolitas y un balero.
Faltaban diez minutos para las 10 de la noche cuando un amigo de la familia trasladó a Joselito hasta la estación de trenes de Bahía Blanca. A las 2 de la mañana en punto el niño abordó el tren que lo llevó a Río Gallegos donde lo esperaba su tía Zulema, radicada en Chile.
Antes de la salida del sol un camión del ejército se detuvo frente a la casa en la cual Elsa seguía aguardando una señal de vida de su marido. Una decena de militares uniformados con trajes de la armada se precipitaron a los gritos y tras romper con un culatazo de máuser la cerradura, ingresaron a la vivienda.
Sin rastros de Ramón, se llevaron a su mujer.
La casa quedó abandonada por años. Nunca más se supo de Ramón ni de su esposa.
Una anciana, fallecida pocos días después de la asunción presidencial de Eduardo Lonardi, contó que aquella noche en la que los militares se llevaron a Elsa le pareció ver a Joselito correr en fuga desesperada por los fondos de la vivienda en dirección al pozo de Obras Sanitarias.
Ninguno de los funcionarios de las sucesivas administraciones municipales se animó a echar tierra en aquella fosa.
Desde entonces, todos los años, en el mes de julio, el Pozo de Joselito convoca a una multitud de peregrinos, creyentes y turistas de toda América que rezan y piden milagros al niño mártir. Una de las demostraciones de fe más conmovedoras y apasionadas de las que se tenga conocimiento.
Oscar Caballero


