—Debajo de este puente durmió Mussolini… —le digo a Arturo.
Y le cuento la anécdota que había leído en una revista que encontré tirada en mi habitación. La nota decía que el creador del fascismo, aún un joven idealista y sin rumbo, debió huir de Italia por un tiempo. Así llegó hasta este puente donde se refugió, como un mendigo cualquiera, una noche o quizá más. Luego, ya es historia conocida.
A Arturo no le interesa la anécdota aunque se esfuerza por simular que sí. Sopla un viento frío sobre Le Grand-Pont de Lausanne. La gente va y viene sin prestarnos atención. Deberían, porque ambos estamos acodados en la baranda, y eso en un puente con tantos suicidados es símbolo de alerta. Pero los paseantes están demasiado atentos a las ganas de llegar a sus casas como para distraerse con dos mejicanos mirando el vacío.
Apenas termino de hablar del duce que aún no era el duce, Arturo retoma su sonsonete. Está loco con una rusa que trabaja en el Lumiere. Y no es para menos, la rusa es un monumento.
—No creo que le gusten los mejicanitos… —digo al rato.
—Ya te salió el argentino de adentro —contesta con sonrisa tristona.
Dije mejicanos porque en el restaurante simulamos que ambos lo somos. Arturo lo es de verdad. Es el chef de “El mes de México” en el Petit Chalet, un lujoso restaurante frente al lago promocionado como el lugar donde es posible elegir en una pecera la langosta viva que querés cenar esa noche. Arturo es el encargado de lanzarlas al agua hirviendo. Antes de hacerlo, siempre simula decirles algo al oído, como si buscara tranquilizarlas.
Yo estoy a cargo de la animación. Cada noche me disfrazo malamente de mariachi y canto boleros y canciones típicas tratando de que el tono argentino no me delate. Nadie se cree del todo ni mi disfraz, ni la cocina de Arturo, demasiado adaptada a los gustos europeos como para ser considerada autóctona.
—¿Y con la dominica cómo te va? —me pregunta Arturo.
—Bien. Ayer la acompañé a hablar por teléfono con el marido…
—¿Cómo se llamaba?
—¿El marido?
—Ella, boludo… —le encanta decir boludo.
—Isabel.
Isabel es otra de las chicas del Lumiere, el cabaret que está en el sótano del Petit Chalet. Ambos pertenecen al mismo dueño, lo que nos habilita a bajar cada noche a beber sin pagar, aunque no descarto que a fin del mes nos descuenten cada gota. Una de esas noches conocí a Isabel y al día siguiente nos volvimos amantes. Lo que nos unió, más que gustarnos o la soledad, es que ambos nos sentimos de paso, ella a un destino mejor luego de pagar los pasajes de su madre, esposo e hijo, varados en República Dominicana. Yo, a otro trabajo igual de falso, esperando un milagro o vaya uno a saber qué.
—La chava tiene que acostarse con cualquiera para que el marido pueda vivir en Europa, no jodas. No parece un buen plan… —dice Arturo.
—Hacen lo que pueden, pobre gente —le digo para no decir “hacemos”—. Igual que tu rusa. No seas tan severo.
La mención a la rusa lo vuelve a callar. Yo también callo.
—Mira —dice al rato y me señala a un tipo que comienza a armar una carpa sobre el mismísimo puente.
—¿Quién es?
—Un suizo que se instala acá en época de fiestas para evitar que los deprimidos se tiren.
El suizo maniobra con rapidez las cuerdas y los tensores de la carpa. Se le nota la experiencia adquirida año tras año. En minutos la carpa está armada. Luego instala una mesa y una silla desde donde vigilará a los melancólicos. Es conmovedor que le dé la espalda a su propia vida para ayudar a los otros. No hay que ser adivino para comprender que también está solo y que esa carpa es su reaseguro para evadir el deseo de tirarse él también.
Arturo se acerca a darle una mano. Da la impresión de que se conocen desde siempre porque se ponen a hablar como viejos amigos. Arturo es así. Las puertas más extrañas se abren inmediatamente para él. Tiene ese don, casi un superpoder. Hace dos semanas fuimos a un recital, de esos donde al pagar la entrada los espectadores reciben una pulserita que les permite salir y volver a entrar a la sala. Arturo ni se inmutó y encaró la puerta de entrada como si nada, sacó pecho y saludó con un bonne soir bien sonoro. La piba que atendía no se animó a pedirle la identificación. Yo quise entrar detrás de él; a mí sí me pidió ver la pulserita. Arturo retrocedió dos pasos, me agarró de la campera, y dijo, como si fuera el dueño de la sala, monsieur vient avec moi, el señor viene conmigo, y me arrastró adentro. La piba nunca logró reaccionar.
A esa altura Arturo ya estaba enamorado de la rusa. No sé si enamorado es la palabra. Está loco por ella. Lo curioso es que la rusa ni debe saber de su existencia. Apenas se cruzaron en el Lumiere antes y luego de la rutina de Ekaterina, que consiste en bailar desganadamente sobre el pequeño escenario que hay en un rincón. A nadie le importa la torpe rutina de tan espectacular que es la rusa. Podría quedarse parada allí semidesnuda y eso bastaría para dejar a todos satisfechos. El nombre de ella lo había averiguado yo a través de Isabel.
—Se llama Ekaterina —le dije a Arturo una tarde.
—Ekaterina —repitió el nombre como en una letanía.
—Sí, no pega para bolero, así que ni lo intentes.
Ese mismo día me pidió que lo acompañara a una farmacia. Pensé que necesitaba comprar pastillas para dormir, pero cuando entramos fue al rincón de los cosméticos y estuvo media hora probándose maquillaje para la cara. La vendedora le seguía el juego, encantada con sus bromas y su anecdotario infinito. Al final no compró nada y de ahí nos fuimos a tomar un café. Arturo se había olvidado de limpiarse el maquillaje. O se lo dejó para ver cómo reaccionaba la gente a su alrededor.
—¿Pensás hablarle? —le dije al fin.
—¿A quién?
—A Ekaterina, boludo.
—Ah… no sé. Mirá si me dice que sí y me tengo que ir a vivir a Siberia.
—Me imagino —dije yo—. Siberia es otra palabra que no rima en ningún bolero.
—Hum… —dijo, enigmático.
La rutina del restaurante es bastante relajada para mí pero no tanto para Arturo, que durante el día se ocupa de preparar todo para la noche, entre otras cosas que haya langostas en la pecera. Mi trabajo comienza alrededor de las diecinueve, cuando después de ponerme botas y colgarme un sombrero mejicano en la espalda, hago la primera ronda de canciones. La última es a las nueve y media. El resto del tiempo me la paso durmiendo o vagando, a veces con Isabel. Paseo sin plan por la hermosa ciudad más extraña cada día. De eso hablamos a menudo con Isabel, que me cuenta que también es tema de conversación con sus colegas, al menos con las que puede comunicarse.
—¿Con la rusa en qué idioma te comunicás? —le pregunté un día.
—¿Con qué rusa, con Ekaterina?
—Claro, ¿hay más de una rusa en el Lumiere?
—No —dijo y se quedó pensando—. Ahora que me preguntas, nunca la oí hablar. Siempre se la ve muy triste, como si no quisiera estar donde está.
—¿Y a vos te gusta estar donde estás?
—Claro, con este trabajo podré pagarle los pasajes a mi familia.
Otras tardes las pasamos en mi habitación, detrás del Petit Chalet. Los días que ella visita a un viudo de Ouchy del que ella me habla siempre bien, tanto de su educación como de su capacidad en la cama, no me queda otra que salir a pasear solo aunque haga frío o nieve. Una de esas tardes vi eso que tengo que contarle a Arturo y que siempre olvido. Tiene que ver con Ekaterina, claro. Fue raro, muy raro. O no tanto. Vaya uno a saber lo que pasa por la cabeza de una puta rusa. Por qué no contarle ahora, me pregunto, aquí, sobre el puente que había cobijado a Mussolini, desde donde se puede ver el imponente lago Leman a lo lejos, entre la niebla y la noche que se acerca, mientras hablamos de la vida y de la muerte de otros.
—La otra tarde vi a Ekaterina…
—Hum… —dice otra vez—. ¿Quieres creer que Nicolás…?
—¿Quién es Nicolás?
—El suizo —dice y señala la carpa.
—Ah…
—Dice que ya salvó a cien personas.
—Me suena a cuento…
—No sé, hace más de veinte años que hace esto. Le prometí que una de estas noches le iba a traer comida del restaurante. Podrías venir también y le cantamos unas canciones mejicanas…
—No sé, no creo…
—¿Qué me estabas diciendo de la rusa?
—Ekaterina…
—Eso, de Ekaterina…
—El otro día la vi en la calle en una situación muy curiosa…
De pronto vemos a Nicolás salir corriendo detrás de un hombre de unos cincuenta años que agita los brazos y grita cosas incomprensibles mientras intenta subir a la baranda del puente. Yo apenas logro reaccionar, en cambio Arturo ya está colaborando. Entre él y Nicolás retienen al suicida y logran que se baje de la baranda y se siente en el suelo. Nicolás va hasta la carpa a buscar té caliente. Antes, mira a Arturo que aprueba con un gesto de la cabeza. Ya se entienden por señas. Mientras Nicolás sirve té de un termo veo como Arturo susurra unas palabras al oído al suicida. Quizá algún conjuro ancestral o mítico de su tierra, como el que hace olvidar a las langostas su cruel destino. De a poco el suicida se va calmando. Ahora carcajea, como si Arturo le estuviera contando una gran broma o le hiciera una confesión íntima. Arturo lo acompaña en el carcajeo de forma burda. Parecen poseedores exclusivos de un gran secreto. El puente se llena de risas que hacen olvidar que segundos antes se avecinaba una tragedia.
Al rato llega la policía por un lado del puente y una ambulancia por el otro y se llevan al suicida frustrado que antes de alejarse le da un abrazo a Arturo, que a su vez le acaricia la cara. A Nicolás lo ignora.
—Ciento uno… —le digo a Arturo cuando se reúne conmigo.
—No era mentira…
—Tenemos que traerle comida —digo—, y vengamos con la guitarra y cantemos para él y la gente que viene a saludarlo.
—No lo dudes —dice Arturo.
—Pobre tipo.
—¿Quién?
—El suicida…
—Sí, pobre.
—¿Qué decía?
—Ni idea. Creo que mezclaba varios idiomas, francés, suizo alemán, quizá romanche…
—¿Qué le dijiste que lo divirtió tanto?
—Hum… Nada. ¿Qué me estabas contando de la rusa?
—¿De Ekaterina?
—Sí.
—Creo que te pregunté cuándo te ibas a animar a hablarle.
—No, me estabas diciendo que el otro día la viste en la calle…
—Ah, sí, cierto. La vi mirando vestidos de novia en una vidriera.
Arturo actúa como si le hubiera dado una piña en el estómago. Se queda mirándome con los ojos humedecidos, incapaz de aceptar lo que le dije. Quizá no debí, pero ya es tarde.
—Estuvo media hora mirando vestidos de novia —repito, ya no tiene sentido ocultarle nada—. Al rato se metió en el local…
Arturo se va. Ni se molesta en saludarme. A Nicolás le levanta la mano a manera de despedida.
—Tengo que hablar con ella… —murmura como hipnotizado—. Tengo que hablar con ella.
Me quedo mirando cómo los paseantes se detienen a saludar a Nicolás, todo un personaje de la ciudad. Él aprovecha para contarles de su salvataje ciento uno. Al rato me acerca un té y nos quedamos charlando. Me pregunta sobre el mate y le digo que un día de estos voy a traer para hacérselo probar. Eso lo entusiasma. Tiene una gran curiosidad, un gran deseo de vida. Eso lo sostiene en pie, cada año a esa altura, en el puente, con frío o con lluvia.
De pronto sucede algo impensable. Del lado de donde había llegado la ambulancia vuelve a aparecer el suicida completamente desnudo. Lo corren dos enfermeros. El tipo grita y se ríe como si se divirtiera como nunca en su vida antes. La gente lo mira escandalizada. A mí me da gracia. Nicolás se divierte también aunque no deja de vigilarlo por si al tipo se le ocurre aprovechar el envión para tirarse. Pero ya no es un suicida. Está loco de vida, de energía. Al fin se planta enfrente mío e imita a un gorila. Se rasca las axilas e infla los cachetes mientras vuelve a hablar en ese idioma incomprensible. “Basta de putas rusas”, me parece que dice ahora en medio de esa jerigonza.
—¿Qué?
—¡Basta de putas rusas! —creo escuchar que grita en un curioso español.
Se va saltando como un mono. Los enfermeros lo corren. Uno de ellos lleva la ropa del tipo en la mano. Los veo desaparecer en una calle curva. Los testigos se preocupan de verse notoriamente escandalizados y luego se van, cada uno a su rutina. Nicolás me pregunta qué me había dicho el suicida fallido.
—Ni idea —le digo.
—¿En qué idioma hablaba?
—Romanche, tal vez —digo—. ¿Tú hablas romanche? —le pregunto.
Niega con la cabeza como si mis palabras fueran ridículas.
—Me pareció que te dijo algo en español.
—No creo. No entendí una palabra.
Me despido con la promesa de volver con el mate y la guitarra. Invitaré a Isabel, a la que siempre la emocionan las historias de gente que se debate entre la vida y la muerte. Antes robaremos una botella de tequila en el restaurante y la beberemos mientras danzamos hasta el amanecer o al menos hasta que soplen nuevos vientos.
Javier Chiabrando


