Isabel no es muy ducha con el transporte público, pero tiene en la mirada la seguridad de quien recorre ese trayecto a diario. En La Plata, donde vive, casi no usa el colectivo. Se maneja en bicicleta todo lo que puede y, cuando se hace inevitable, se toma un taxi. Sin embargo, para llegar a Aeroparque tiene que hacer algunas combinaciones que la sacan de su eje, aunque no se note.
Decide que mejor es el tren, porque cree que el traqueteo la va a acercar a algún recuerdo de infancia. Se equivoca: la Estación está cambiada por completo, aunque el diseño estructural se mantenga, el tren ahora suena a otra cosa. No sabe muy bien a qué pero sabe que no es a tren. El lento tránsito por las vías la pone de mal humor y, en cuanto lo nota, se dice que no debe empezar así sus vacaciones.
Piensa en aquel cuento de Walsh en el que el investigador -cree recordar que es un periodista- descubre a dónde había ido la víctima por las irregularidades de su letra en las pruebas de imprenta de un libro, que se adecúan a los tramos entre estación y estación, entre La Plata y Buenos Aires. No está segura, pero le suena que en ese cuento las estaciones eran cinco. Ahora le parecen mil.
En Constitución todo es tan feo como lo recuerda, tal vez solo un poco más limpio. Baja al subte, toma la línea C a Retiro. No conoce otra forma de acercarse a Aeroparque que no sea así. Se pregunta por qué Buenos Aires se le hace tan repelente. La humedad del aire es bastante parecida a la de La Plata, el ajetreo del centro está multiplicado en la zona de los alrededores de Retiro, es cierto, pero aun así no entiende qué tiene esta ciudad que le produce tanto rechazo.
Se tranquiliza pensando que sólo está de paso, que ya sale, que al menos no tiene tanto equipaje y que la mochila está bien cerrada atrás. No van a abrirle ningún cierre ni sacarle nada.
Ve a muchas personas con las mochilas puestas por adelante, como si fueran canguros cargando crías pesadas y voluminosas que más que amar les aterrorizan. No entiende a los canguros, igual. Tampoco a los transeúntes y mucho menos a Buenos Aires. ¿Por qué se empeñan en vivir y estar hacinados en las veredas? ¿En el subte? Las marchas, los eventos, las maratones: todo es estar demasiado cerca de otra gente. No lo entiende.
Desde la boca del subte en Retiro hasta la terminal del transporte ejecutivo hay solo unas pocas cuadras, pero Isabel ya está cansada. No entiende, se dice, cómo es que no hay un tren directo hasta el aeropuerto como en otras ciudades capitales.
Llega con la frente transpirada. ¿Por qué este calor? Se da cuenta de que no tuvo que mirar el GPS del teléfono para encontrar esta terminal (la cuarta del día); que con el repaso del trayecto que hizo en su casa fue suficiente y se felicita por su gran sentido de la orientación.
Compra el pasaje, carísimo, injustificado, y se sienta a esperar. Un hombre con voz grave y acento norteño le dice a uno de seguridad que el tránsito es un infierno. Ella escucha la palabra y de inmediato se imagina los taxis de techos amarillos circulando entre columnas de fuego, desviando cadáveres ennegrecidos. No reflexiona sobre eso. Solo deja que las imágenes corran frente a sus ojos como si Avenida Libertador fuera una cueva roja y humeante. Al rato se da cuenta de que la idea que recrea del infierno la sacó de un capítulo de Los Simpson y se ríe sola.
Parada en este otro andén, vuelve a sopesar la mochila. Piensa en los cierres, piensa en los canguros, en las frenadas de colectivos que parecen gritos, en el amontonamiento en las veredas, en los robos, en la policía y le da un escalofrío.
Ya sale el colectivo que la lleva a Aeroparque. Así lo anuncia en voz alta un hombre con camisa de mangas largas en los trecientos grados y el millar por ciento de humedad que debe ser esa estación ahora.
El conductor es muy amable: le da la bienvenida y le propone despachar la mochila a la bodega, pero ella niega apenas con la cabeza y sin aclarar mucho más. Aprieta un poco más las manos en las tiras y se la ajusta a la espalda antes de subir.
La maniobra entre los asientos no es sencilla, por eso se ubica rápido entre los primeros lugares. Espera que nadie le hable durante el camino. Tendrá que hacerse la dormida porque los auriculares le quedaron en el fondo de la mochila. Igual, está obligada a escuchar conversaciones de otros pasajeros.
Se siente un poco estúpida cuando deduce de la charla de las dos mujeres de atrás, que el colectivo que ella tomó en Buenos Aires viene de La Plata y va hacia Aeroparque. No está segura de lo que escuchó, de todos modos, pero se dice que igual no conoce a esas mujeres y que nadie notará que no llegó ahí desde, por ejemplo, Lugano, San Cristóbal o Villa Crespo. Son los barrios que se le ocurren. No piensa en Palermo o Belgrano, claro.
El colectivo es muy cómodo. Los asientos son mullidos, el aire acondicionado es placentero y el sonido del motor se convierte rápido en un zumbido que la adormece. Las voces de las mujeres se pierden de a poco en el murmullo que llega amortiguado desde la calle, alterado de vez en cuando por algún bocinazo pero, por lo demás, todo el sonido se va volviendo cada vez más acolchonado e Isabel se siente como si escuchara abajo del agua.
Cree que así va a ser la pileta del hotel, que así va a ser cuando el avión despegue, que así va a ser cuando llegue a destino. Un murmullo embotellado del que se va a servir un poco de vez en cuando, por varios días. Aunque después tenga que volver a caminar entre canguros.
Triana Kossmann
