Por el trillito

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Recién estaba queriendo amanecer cuando se escuchó desde afuera de la casa la voz de Braulio que espantaba al perro. La luz era gris todavía, pero la pava estaba en el fuego hacía rato y cada vez que amenazaba hervir, María le echaba un chorro de agua que juntaba con un vaso de la palangana de aluminio.

Vino diciendo que otra vez la vaca mala se había salido del potrero y que el patrón mandó buscar a Luis y los pibes para que ayuden a traerla.

– No dejen al gurí solo- María se puso firme, a pesar de su voz desafinada.

– Que se quede- cortó Luis antes de empezar a calzarse las botas negras que le medían dos talles más y le llegaban a las rodillas.

– No, yo voy.

– Pero te quedás lejos que te vas a ligar un soco.

María le señaló las alpargatas azules al Chelito con cara de con eso no vas. Y el pibe fue a buscar las ojotas embarradas que había dejado al lado de la puerta la noche antes.

Braulio estaba inquieto. El patrón tenía la camioneta en marcha allá abajo, en la picada, y Luis metió pata para alcanzarlo, con Toto y Chelito apurando también pero un poco más atrás. Subieron los tres a la caja y Braulio se sentó adelante sacudiendo los calzados antes de apoyar en la alfombra de goma. 

El motor tembló cuando agarró los primeros barros, la cola se iba mucho y el viejo gritó desde adentro que se sienten más cerca de la tapa, que estaba muy liso.

Los pibes y Luis se fueron un poco para atrás para hacer más peso, a ver si las gomas agarraban en la subida de Gutiérrez, que siempre es la más patinosa.

A duras penas llegó hasta arriba pero ahí ya estaba entoscado así que siguieron un par de kilómetros, a los tumbos pero firme hasta llegar a la vera del potrero.

– Cortó el pateador de nuevo, la loca.

– Yo decía que había que carnearla de ternera- reclamó Braulio con una risita, mientras se rascaba la frente sosteniendo la gorra con la misma mano.

– Esa no se va a dejar ordeñar, hay que carnearla nomás, no para en el potrero nunca.

Chelito saltó de la caja de la camioneta atrás de Luis y Toto, pero las chinelas se le resbalaron en el barrial, una se pasó de vuelta y a él se le fue el talón para el charco. Quedó con el dedo gordo apretando fuerte para que no se le saliera y que Luis no se diera cuenta de que se había roto. Pero no disimuló tan bien:

– ¡Pero qué gurí barrigudo! No se va a meter al monte en patas. Quedate ahí nomás y si escuchás que viene, pegá el grito.

– No, voy así.

La cabeza baja de Luis, mirando serio para el té del vecino alcanzó para que el pibe baje la marcha y se vaya quedando atrás.

El hilo blanco del pateador estaba cortado en la parte en la que el potrero da al lado de la picada, el camino de tierra colorada que sigue bajando y bordea el montecito. Pero las demás vacas se veían todas más o menos juntas; y el toro -que se distingue de lejos porque tiene el tamaño de un fitito- andaba solo allá arriba del cerro. El patrón lo había señalado sacando el brazo por la ventanilla antes de parar, estirando todos los dedos de la mano, como acariciándolo a la distancia. No se dejaba tocar ni por puta.

La cerrazón empezaba a bajar peinando el yerbal que recorre toda la chacra y llega hasta la casa por el lado del Viejo Ladis. Los hombres enfilaron para el monte por el senderito trazado por las pezuñas. Sin darse vuelta, Luis señaló la piedra más grande de una laye en la subidita y Chelito fue derecho para ahí, mirando con bronca la chinela despegada que tenía en la mano y cuidando de no pisar bosta con el pie descalzo.

Toto siguió caminando y poniendo cada pie justo donde pisaba su papá; las botas rojas y como zancos del barro en la pantanera; la espalda salpicada del viaje en la caja de la camioneta haciendo contrapeso. Los dos se metieron al monte siguiendo la linea de la reforestación de los paraísos y Braulio y el patrón unos metros más allá, por el otro mojón. Chelito solo vio la espalda del viejo perdiéndose entre las plantas y pensó a ver qué tan aporteñado había vuelto esta vez. 

Pasaron pocos minutos y se escuchó el primer grito:

– Ooop-. Era el padre avisando que la había encontrado.

Chelito miraba fijo las hojas de una mandioca brava que estaba más o menos cerca, pensando que 

capaz la loca se aparecía por ahí.

La respuesta fueron unos silbidos de Braulio, que no necesitaba usar los dedos y le salía muy fuerte. Había tratado de enseñarle a los gurises una vez, pero se rindió diciendo que son duros como una tosca: escupieron toda la tarde y no aprendieron a silbar, pero se mataron de la risa.

Nada de viento, lo que se mueva va a ser la vaca, pensó. Ya había clareado del todo. 

No había pensado qué hacer si aparecía enfrente de él, cómo podía hacer para arrearla, para que vaya para el alambre caído y no que agarre el camino y se vaya a la puta. 

Más silbidos desde el fondo del monte. Unos loros salieron volando de un pindó altísimo, sumando al griterío lejano y a la confusión de Chelito. Para dónde se iba la vaca. Toto estaría saltando entre la capuera, los hormigueros y los palos podridos, apurándose para cerrarle el paso y obligarla a que salga de entre el verde tembloroso.

Ahora vigilaba más la parte donde había entrado el patrón, que no se le había escuchado ni una idea, ni un grito para avisar por dónde iba o si la había visto en la parte que él tenía que atajar, cerca del sendero que se mete en la foresta por la derecha del pedregal, ahicito nomás de donde el gurí estaba parado.

Hubo un silencio cortito y después escuchó gritar a su papá un montón de palabras que parecían una sola, y que llegaban de todos lados, retumbando entre los cerros vidriados de humedad. 

Cuando se quiso acordar, la loca se le venía derecho y atrás Luis y Toto a los gritos pelados, haciendo un batifondo para desviarla.

Chelito casi atinó a cerrar los ojos y abrazarse la cabeza, pero algo se le sacudió adentro y alcanzó a tirarle con la chancleta con todas sus fuerzas.

La loca se desvió como si nada, con el tranco liviano hasta alcanzar el trillito regado de bosta y enfiló para el lado del alambre caído, como si supiera.

Braulio y el patrón aparecieron por el otro lado antes de que Luis y Toto terminaran de subir hasta donde estaba Chelito, todavía petrificado arriba de la piedra en la que lo habían dejado vigilando.

– La vamos a carnear para tu cumpleaños, está decidido-, dijo el viejo cuando le pasó por al lado.

El gurí fue a buscar la chinela entre los yuyos y siguió a los otros hasta la camioneta.

Triana Kossmann

Triana Kossmann
Triana Kossmann
Es comunicadora social. Nació en La Plata en 1981 y desde 2010 vive en Mar del Plata. Es co-fundadora de la plataforma digital www.revistaleemos.com, un portal periodístico dedicado íntegramente al mundo editorial. También trabaja en prensa institucional y realiza diferentes intervenciones radiales vinculadas con la literatura.

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