Antes fueron otras

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Me mira fijo. Me está mirando. Pero algo pasa.

La habitación se nubla de a poco, el sonido de las palabras dejó una estela flotando. Ahí están esos ojos apuntando directo hacia mí. Estáticos, secos.

¿Qué dijo? Unas palabras que se quebraron en el aire y, al romperse, soltaron una especie de gas que nos sume de nuevo en un incómodo letargo.

Alrededor todas miran algo. Ninguna me mira. La del asiento de al lado, al escuchar esas dos palabras rotas, hizo un movimiento casi imperceptible con la cabeza, despejando un poco la cortina del flequillo y desplazando los ojos para incluirme en su campo de visión periférica. De alguna manera, ella me vio.

Todas callan ahora que esos ojos secos están dirigidos a mí, ahora que esa voz ya dejó de reverberar en las paredes blancas y el silencio sube como una bocanada gorda que busca escapar por las ventanas, las puertas, los pasillos interconectados, las salas contiguas. Pero no puede salir, flota, rebotando inflada en los rincones y acumulándose en los márgenes, entre nosotras: una nube negra que hiela el aire.

Ahí siguen los ojos. Secos.

¿Qué dijo? Dos palabras. Yo lo supe desde que las escuché partirse al medio en esta habitación de paredes desnudas, sin matices, plagada de otras que se niegan a mirarme: se supone que esas palabras me están llamando. Pero hay una interferencia ahora. No hay conexión entre esos sonidos y la que yo soy. Está fallando. Aunque ese par de ojos fijos en mí intenten restablecer ese enlace, aunque en la insistencia busquen dirigirlos sin desvíos hacia donde estoy sentada.

No, no funcionan más.

Pienso: Un nombre tiene un color, una música, una órbita que le es propia. Este no. Este que solía ser mío se aleja ahora que esa voz llama, en esta sala, donde esperaba.

Antes fueron otras, yo lo escuché, y cualquiera de esos sonidos podría haber sido también para mí: todos me convocaban, mi historia, mis miedos, mis silencios, mis verdades. Eran nuestros nombres.

Pero ahora que quedaron suspendidas esas palabras que solían ser exclusivas para mí, creo que algo ya no sirve: ya no me hablan. No sé si alguna de las que está conmigo, la del flequillo que dudó, las que están apoyadas en la pared de enfrente, las de al lado de los ojos fijos, alguna de estas otras podrá sentirse llamada. Yo ya no.

Quiero irme, sé que no puedo. Porque los ojos fijos me fijan a la silla. Siguen ahí, tratando de restaurar el lazo perdido, hilvanando el acto con resistentes fibras de sentido, mientras yo quiero irme, o al menos quedarme en mi asiento, buscando refugio en la visión periférica de la de al lado, intentando que alguno de esos otros pares de ojos que me rodean me reconozcan por fuera de esas palabras, me mantengan atada aún a ese nosotras que yo creí posible, el que fue mi refugio cuando sonaron los otros nombres y no respondí.

No hay razón para pensar que esos ojos dejarán de llamarme y, sin embargo, el sonido se evaporó y sigo sin moverme de mi silla.

No me muevo y el tiempo parece dilatarse. Clavo las uñas en el asiento de plástico, bajo la cabeza lenta, suave, maquinalmente. Intento no mirar.

Tal vez, si puedo ignorarlos no haya insistencia. Pero lo sé y de nada vale negarlo: lo va a volver a pronunciar. Va a repetir hasta que me levante y camine con la fuerza de mis piernas hasta la puerta, va a insistir con más palabras; palabras para convencerme de que soy yo, es a mí; palabras para exponerme frente a las otras, dejarme desnuda entre las paredes deslucidas, señalada frente a las que fueron testigo de las que sí se levantaron a su tiempo, que sí caminaron con las fuerzas de sus piernas hacia la puerta y los ojos fijos. Los ojos fijos que saben dónde mirar cada vez que esa puerta se abre.

Resisto, sí, un poco más. Pero algo ya me brota en los brazos, alrededor del cuello, en los tobillos, entre las piernas: marcas y señas; y el cuerpo entero se me enreda de hilos vivos.

Murmuro un sí que debía ser una negativa rotunda.

Cómo explicar ahora que no, que ya no soy esa. Que dejé de serlo cuando descubrí, a pesar de los ojos fijos, que esas dos palabras perdieron su lazo con el mundo, mi mundo.

Igual, ¿qué importa ahora? No hay nada detrás de esa puerta, esos ojos, esos sonidos.

Nada después de esta sala, estas otras que ahora me miran tan fijo como esos primeros ojos, este halo hirviendo que me envuelve con el áspero manto del miedo. Nada hay después de este nombre, de nosotras, los pasillos interconectados y las salas contiguas.

-Soy yo- miento y me levanto.

Triana Kossmann

Triana Kossmann
Triana Kossmann
Es comunicadora social. Nació en La Plata en 1981 y desde 2010 vive en Mar del Plata. Es co-fundadora de la plataforma digital www.revistaleemos.com, un portal periodístico dedicado íntegramente al mundo editorial. También trabaja en prensa institucional y realiza diferentes intervenciones radiales vinculadas con la literatura.

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