El tío decía que era hecho con IA, por eso no lo creímos, al principio. Yo fui la que lo mandó por whatsapp al grupo de la familia y él empezó que nos comíamos todas las mentiras, que seamos vivos, que no nos dejemos llevar, que todo eso era hecho con IA y que cómo no nos dábamos cuenta. Si hubiéramos hecho algo en el momento, capaz zafábamos.
A mí el rubio de Di Paolo ya me había dicho que al papá la semana anterior le habían querido cobrar como tres palos el pasaje desde la terminal de La Plata para irse al norte. Ellos son de Santiago del Estero, y ahí yo ya pensé que se estaba poniendo jodida la cosa. Estábamos en la carnicería de Luque, acá nomás, la de enfrente de la escuela. No voy a la de la ruta porque me queda re lejos para venir con las bolsas y tampoco es tanto lo que me ahorro.
Ese día ya no me vendieron los dos kilos de picada de siempre. Dijo el carnicero que tenían orden de racionar y que se vendía un kilo de carne por persona porque estaba en faltante y el frigorífico tenía problemas para llegar. Y dijo que la carne que ellos compran viene de Santa Fe, imaginate cómo estaba la cosa por esos lados. Cuando dijo eso, todos los clientes, la vieja de la esquina, el negro Lorna y los nenitos de la Carmela, que ya tienen como once y son re plaga, bueno, todos, empezaron a decir cosas que sabían: que tal les había contado que en Trenque Lauquen estaban parando todos los camiones y sacándoles la mercadería; que no sé si en Chacabuco o en Ayacucho -me los confundo-, había habido un enfrentamiento; que prendieron fuego las torres de teléfono celular y que los que tenían Personal y Movistar no se podían comunicar desde hacía una semana. Bueno, eso: un caos, la cosa. Y ahí Luque, como siempre, sentado con sus anteojos oscuros, atrás de la caja, dijo con su voz de ciego pensativo que no había que exagerar, que seguro era unos días y se calmaba la cosa, que los medios inflaban todo.
Yo pagué mi kilo de picada común y me fui pensando que nadie había dicho nada sobre las noticias, todos sabían esas cosas por tener conocidos en otros pueblos, en otras zonas. Y el rubio de Di Paolo lo sabía por su propio papá. No eran rumores una mierda.
Y el lunes mismo, cuando vi ese videíto de los ataques, lo mandé para alertar y para que definamos entre todos, porque ya no era para andar jodiendo. El abuelo siempre hace lo que el tío dice, asi que dijeron que se quedaban, que era demasiado pronto para tomar una decisión, que eso era en La Pampa, que acá no era. Todo el tiempo decían que faltaba mucho para que llegue.
Yo también pensé que Trenque Lauquen era La Pampa, y que era lejos, porque con todas las rutas cortadas por los piquetes, los retenes, los del Ejército Bonaerense que sacaron esos videos mostrando que patrullaban con drones, los Camisas Celestes de los colectivos que armaron una fuerza paralela y qué se yo, entonces los cordobeses tenían que venirse a pata, atravesando el campo a caballo o con motos y cuatriciclos, ponele, porque no iban a poder venir en camionetas Amarok con ametralladoras arriba tranquilitos por la autopista y frenando en los peajes, ¿me entendés?
Pero mi papá y Esteban arrancaron a averiguar si era cierto, si convenía irse o quedarse, porque Esteban había escuchado rumores de que la Fernetera ya estaba por llegar a Magdalena.
Ahí sí nos cagamos todos porque Magdalena es acá cerca, serán 20 o 30 kilómetros, más o menos.
Y estos de los ferneteros habían sido los más malditos cuando arrancó la revuelta a principios de año. Hicieron desastre en – ¿dónde era? – ese pueblo que había sido famoso, no me acuerdo por qué.
Bueno, en fin, la zona de los tambos de Santa Fe.
Eso sí lo vimos todos en las noticias. Todavía salían los noticieros y había informes y qué se yo. El abuelo siempre tiene la tele prendida en TN y ahí todavía contaban que quemaron las estancias, mataron a las vacas, tiraron la leche, un horror. ¿Y al capataz de uno de esos tambos que lo ataron a una camioneta y lo llevaron arrastrando por todo el campo? ¿Lo viste? En la tele lo pasaron una sola vez: pusieron el cartel ese de imágenes sensibles se recomienda discreción, y se vio a un tipo ir deshaciéndose de a poco, primero luchaba para desatarse, con movimientos mecánicos como de los Sims, y después fue perdiendo la ropa, primero; la carne, después.
Mientras, el de la camioneta se pavoneaba frente a las cámaras cagándose de la risa y un grupito de sucios y transpirados al lado del fuego gritaban eso de que “Córdoba prevalece o Argentina anochece”. Horrible, mirá, me acuerdo y se me pone la piel de gallina. Muy sanguinarios.
Yo no sé qué política es esa, la verdad. Y mirá que al principio de todo yo les di la razón, con lo de la plata que no le giraban, lo que aporta la provincia y qué sé yo, era bastante razonable el reclamo, pero también era de esperarse que saltaran mal con tanta provocación. ¿No fue en el tratado de Versalles lo de la humillación de Alemania? Y qué querés, después te aparece un Hitler.
Andá a pararlos.
No te rías, yo sí prestaba atención en las clases de Jáuregui.
Ponele que eran como las cinco de ese mismo lunes. Vino Estela, la de Castellanos, esa que tiene el muñoncito así. Iba re apurada y yo la vi por la ventana y la llamé. Caminaba para el lado del zanjón. Mi papá y Esteban se habían ido al fondo a hablar con el viejo Salvo, que parece que el hijo menor se había ido a pelear con los del Bonaerense. Me dijeron que me quedara en casa, que cerrara con llave y que me aleje de las ventanas. Y, viste lo que es mi casa, justo sobre la vereda, tres ventanas enormes, casi que no tenés dónde meterte que no sea el baño.
La cosa es que la vi pasar a Estela y la llamé. Estaba asustadísima. Hablamos por la ventana primero y después la hice entrar, porque empezó a haber un griterío en la calle, gente que alentaba no sé a quién, agitando remeras, las motos tirando cortes. Nos pegamos un susto bárbaro así que la metí adentro y nos quedamos escondidas atrás del sillón con las cortinas descorridas para chusmear lo que pasaba afuera.
Me llegó a decir que habían escuchado tiros y que el papá le dijo que se vaya haciéndose la pelotuda, caminando para el fondo y que hasta esconderse en los yuyos del zanjón no parara. Yo ahí consideré si no salíamos las dos corriendo por la puerta del fondo, saltábamos el paredoncito de Jara y le metíamos hasta el zanjón juntas, que son como 10 cuadras. Pero me dio un miedo, un dolor en los brazos y las piernas, se me empezó a poner como dura la piel de los brazos. No me animé.
Me dio cagazo que mi papá y Esteban volvieran y no me encontraran y se preocuparan pensando que yo me había unido a la revolución y me iba a prender fuego algo por ahí, porque viste que ellos creen que soy la quilombera de la familia.
Los gritos en la calle seguían y seguían. Te digo que volaron la puerta de una patada y Estela y yo pegamos un grito juntas y después nos hicimos chiquititas en el sillón gris. La sentía temblar abajo mío, mientras las dos escondíamos la cara entre los almohadones. Como los bebés, que piensan que si se tapan la cara no los podés ver. Muy ridículas.
No me meé de pedo.
Eran varios. Entraron como cinco o seis hablando fuerte, salgan todos, muéstrense, salgan.
Salimos las dos agarradas de la mano. Bueno, yo le agarraba el muñón, en realidad. Me preguntaron si había más gente en la casa, si teníamos plata o armas. Les dije a todo que no. A los tres primeros que entraron no los ubiqué, los que venían atrás eran el Pelado Martínez, el hijo de Lorenza; el más chico del viejo que vende especias en la bicicleta, no sé si te acordás; y el último era Cristian, ¿podés creer? Se me rompió el corazón. Tenía un trapo atado en la cabeza, pero lo reconocí de toque.
Me dijo levantate, Mery, dale. Me trató con cariño, la verdad, y me agarró de la muñeca sin apretar. Yo me puse a llorar como una pelotuda. Le dije que no rompan nada, que no estábamos haciendo nada. Ya lo sé, me dijo, igual tienen que venir.
No me apuntó nunca, me subió a la parte de atrás de la Amarok a mí y a Estela y a las tres pibas de Jara que estaban meadas encima y todas despeinadas. Se ve que les pegaron para sacarlas.
Y la camioneta arrancó. Yo pensé que se venía un viaje largo y que si frenaban en algún semáforo, mirá que ilusa, íbamos a poder saltar y escapar. Pero agarró por 126, hizo una cuadra y paró acá, enfrente del club. Nos agarró de la mano Cristian, primero, y abajo nos recibió el hijo del de las especias. Y acá estamos, desde el lunes. Mi papá y Esteban todavía no cayeron, pero mi abuelo y mi tío están detenidos en la proveeduría. Los vi entrar ayer, parece que están bien.
A mi, nada, ni me zamarrearon. Capaz saben que yo siempre apoyé a los cordobeses.
Triana Kossmann
