La casa de Max

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Mirá lo que encontré en casa de Max, me escribe Diego y adjunta una foto de WhatsApp donde veo mi firma y mi propia letra en la página de un libro que reconozco sin esfuerzo. La dedicatoria me reconforta, hasta parece sincera: Para Max, con mucho afecto, espero que disfrutes esta novela. En la foto que me manda Diego también aparece la solapa del libro, y en esa solapa está mi foto; una foto dentro de otra. Reconozco mis antiguos lentes de marco grueso (¿dónde están ahora?) me avergüenzo de ese mentón y la curvatura que tira hacia adelante y resalta la pera alargada de los Chilano. Esa curvatura, de ser parte de una máscara, o de ser caricaturizada, sería un rasgo distintivo. Algo así como un emblema familiar: igual que nuestra joroba construida durante siglos de malas posturas: primero por labriegos; después, por lectores. A la pera en medicina se le dice región mentoniana. A la joroba se le dice cifosis.

Diego me envía otra foto. Un hombre de unos 50 años aparece en ella. Está tomada desde la parte posterior de un piano. El hombre debe estar sentado en un taburete.

Se lo ve sereno, inclinado hacia adelante. Apoya ambas manos sobre el piano. La izquierda no se ve. La derecha sí, es fina, segura. La tapa del piano está levantada. Hace un efecto de cúpula, de límite, de casi encierro. Ese hombre usa un bigote grueso y bien recortado; mira de frente a la foto y sonríe. Parece marcar que para él—sin necesidad de ser escritor—no es una excepción dejarse retratar en blanco y negro. De fondo hay una ventana y hay, también, varias ramas de árboles que parecen quedarse sin hojas. Adivino que es otoño. Adivino que es Max.

La coincidencia es increíble, escribe Diego. Un amigo está al cuidado de la casa de Max desde que falleció hace un año. Lo vine a visitar y encontré tu libro. Justo después de lo que charlamos ayer, agrega. Lo de ayer es que le propuse a Diego hacer una representación de máscaras para no hablar de este nuevo libro. No hacer la habitual entrevista. Darle algo distinto a lo que se refiere a una charla literaria. Después de todo, Mirar una máscara empieza con un payaso que entra a una sala de emergencia y Diego, que se define como un clown, muchas veces ha dicho que, a sus jóvenes 50 años, y después de fracasar frente al público vestido de payaso y con calzas dos talles más chicas, nada lo puede dañar.

Ni siquiera una presentación a la que no asista nadie más que el editor y algún que otro estoico amigo o familiar apiadado de la soledad del escritor. Increíble, le contesto, El único problema es que no sé quién es Max. 

De alguna manera puede sentir el sinsabor de Diego.

Puedo imaginar que vuelve a leer el mensaje y que vuelve a leer la dedicatoria y que piensa algo así como Este tipo me está cargando. Pero no, no es chiste. No sé quién es Max. Nada me dice la foto. Nada hay en mi recuerdo.

Tenía 90 años —Diego ahora me manda un audio, el dilema exige la voz, la cosa ya es seria— y era médico y urólogo. Fue uno de los fundadores de una clínica o un hospital. Y fue un sabio. La casa en que vivía es increíble. Tendrías que verla, está llena de cuadros y tiene una biblioteca gigante.

El audio se corta. Nunca estuve ahí. Si hubiera estado lo recordaría. La memoria, que no sabe de máscaras, puede distorsionar y ocultar incluso hasta el punto del olvido, pero, como la escritura, o como las máscaras, la memoria no existe ahí donde lo que se cuenta nunca sucedió. Pero me equivoco. Y de pronto sí, claro que recuerdo. Pero es un recuerdo prestado. Recuerdo a Esteban contándome de su experiencia como ghostwriter de un médico urólogo anciano. Aunque en realidad nunca se sintió un escritor fantasma, lo que hacía era ordenar la memoria de ese hombre. Grababa las palabras para después darle un sentido, me dijo Esteban.

Como si la compañía de un joven para un anciano fuera un bálsamo, la panacea, la cura, la absolución de los pecados.

Recuerdo que cuando Esteban me contó sobre su trabajo me dieron ganas de acompañarlo y a la vez sentí que lo mejor era no hacerlo. Ese médico (Max), como todo ser humano, tenía dos enemigos en contra: el tiempo y el dinero. La diferencia está en que todo médico, en algún momento de su profesión, cree que va a vencer al tiempo, es decir, a la muerte.

Pensando qué decirle a Diego me doy cuenta de que nunca supe si finalmente Esteban terminó el trabajo. Le escribo. En breves instantes, Esteban me confirma que sí, que lo terminó y que ese Max es su Max. Le digo que Diego está en la casa. Silencio. Esteban me cuenta que el año pasado participó del memorial de Max. Usa comillas en la palabra. No hablamos de ese ritual. Los que conocemos a la muerte evitamos evocarla.

De esa casa —me escribe Esteban— recuerdo que tenía dos bolsitos tejidos que eran extraordinariamente bellos. Max decía que eran peruanos y precolombinos.

Esteban me confiesa que se obsesionó con esos objetos.

Cada vez que hacían una pausa de trabajo en la casa — porque no siempre se juntaban ahí, a veces Max necesitaba salir, necesitaba ir a un café, transitar zonas neutrales—, en esas pausas Esteban aprovechaba para mirar aquellos bolsos sin saber bien por qué se quedaba parado frente a ellos, conmovido. Incluso llegó a tocarlos con miedo de dañarlos, pero sin posibilidad de resistirse a la tentación. La textura áspera lo perturbó.

En las yemas de los dedos le quedaron partículas de polvo y le pareció difícil saber qué parte del polvo era de la casa de Max, y qué parte se desprendía del tiempo.

No me animé a pedirle los bolsos, confiesa Esteban. Esperaba que me los ofreciera libremente. Me paraba frente a ellos como hacen los niños, que miran algo y lo piden sin hablar. Es un ritual que no necesita palabras porque los adultos lo saben reconocer, pero Max no lo entendía. El suegro de Max había sido un coleccionista.

Esteban se corrige: había sido una especie de antropólogo. De descendencia alemana. Decidido y poco acostumbrado a dar explicaciones. Obsesivo, meticuloso, extravagante hasta la risa, el suegro de Max había sido antropólogo en la época en que los museos de Europa recibían envíos de todo el mundo y lo que sobraba terminaba en colecciones privadas.

Esteban supo que ese alemán misterioso (poco habló Max de su suegro) armó una colección de objetos nativos privados y así supe yo de esa colección de objetos imposible que se guarda en una casa imprecisa de Mar del Plata donde también hay un libro mío que dediqué a un desconocido.

Le pregunto a Diego por los bolsos tejidos. Por estatuas. Sí, sí, están los bolsos y también hay muchas estatuillas, me confirma Diego. ¿Y máscaras?, pregunto.

Tiene que haber alguna máscara. Los tres creemos que sí. Esteban no las recuerda. Yo las imagino. Diego promete buscarlas. Tiene que volver a ir. Tendríamos que ir los tres, propongo. Sin entenderlo del todo, estaríamos a punto de saber qué pasa con las máscaras cuando nos olvidamos de su existencia. Un silencio piadoso en ambas conversaciones me confirma que no van a llevarme a esa casa.

La máscara es la verdadera cara del hombre, dice Claudio Rama, un coleccionista uruguayo comparable al suegro alemán de Max. Creo que, en el fondo, todos hacemos lo mismo: coleccionamos máscaras. La diferencia está en que algunos no sólo las exhiben. Las usan cada día, las forman, las recomponen, perfeccionan o arruinan de tanto usarlas. Alguien escribió que la vida siempre ofrece una nueva máscara. Marguerite Yourcenar creía que la posibilidad de quitarse las máscaras es una de las raras ventajas que da la vejez. Max desde la foto en mi teléfono sonríe. No sé quién fue. No puedo descifrarlo en la distancia de una foto. Como todo extraño, tiene puesta una máscara.

Sebastián Chilano,

invierno 2026

(Este relato fue leído en la presentación de  Mirar una máscara)

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Sebastián Chilano
Sebastián Chilano
Autor de las novelas Riña de gallos (Ediciones B), Tan lejos que es mentira (Letra Sudaca) y Los preparados (Obloshka), entre otras. En ensayos publicó El ojo (Artefacto) y Las puertas de la escritura (Artefacto). Participó en diferentes antologias de cuentos, como Los apóstoles de Román (Futbol contado ediciones) Su último libro publicado en 2025 es el ensayo Cuatro variaciones sobre el mar (Qeja ediciones)

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