Pan

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Mi mamá siempre hacía pan. Tiraba dos paquetes de harina en la mesada y le daba forma de volcán, en el medio ponía aceite, sal, levadura y agua, amasaba un rato largo, se embarraba de harina pegajosa hasta por los codos y siempre nos pedía que le arremanguemos la camisa para no mancharse. Cuando terminaba, dejaba reposar la masa debajo de un repasador amarillo durante un tiempo demasiado largo para nosotros. Al rato, a las horas (que en realidad de grande me enteré que eran minutos), sacaba el repasador amarillo. Se ponía a estirar la masa con un palo de amasar que estaba roto en uno de los lados. A veces le pedía ayuda a mi hermano mayor, cuando escuchaba el rugir de nuestros estómagos y sabía que debía calmar nuestro apetito. Cuando la masa estaba estirada, cortaba círculos con un vaso de Coca cola con un oso polar que teníamos en casa; trataba de hacer la mayor cantidad de círculos posibles. Cuando terminaba, agarraba todos los restos y los unía para hacer círculos más chiquitos y no desperdiciar nada.

En casa faltaban zapatillas, faltaban caramelos, pero nunca nos faltó el pan, el pan en todas sus formas, solo, con manteca y azúcar, con queso, con aceite y sal. Mamá se encargaba de que el pan no falte, que siempre estuviera calentito. A veces, el pan tenía formas raras; era porque no había suficiente plata para comprar levadura. A veces, era medio pan o uno para todos.

Hace poco, cumplí años. Despedí los 33 con mi gata, escuchando música; año difícil, con demasiadas emociones, demasiados desafíos, demasiadas decepciones casi hasta el final. Ese día, el día anterior a mi cumple, compré un paquete de harina y me puse a hacer pan. Puse la mitad del paquete en la mesada, armé un volcán de harina, un mini volcán, un volcán triste. Me manché de harina, tanto, que me di cuenta de por qué mi mamá necesitaba ayuda con sus mangas. Dejé reposar la masa debajo de un repasador con estampa de limones; me preparé un té. Estiré la masa con una botella de gin vacía, corté los círculos con una taza que me traje cuando viajé a Europa. Saqué el pan del horno a las once y media de la noche, ni siquiera esperé a que se enfríe. Hice como hacía de chiquita, que soplaba la masa y me quemaba la lengua al primer mordisco.

Quise terminar y comenzar en mi infancia, quise honrar este año difícil con un mimo simple, quise arrancar este nuevo año brindando con mi yo de siete años, traerlo un ratito a mi mesa para que me enseñe a estar contenta con este poquito. Hoy la comida no me falta, doy gracias porque no me falta. Lo que me falta es ese optimismo de la infancia, esas ganas de jugar todos los días de mi vida. Hoy me falta pensar que todo se arregla con el pan que hace mamá.

Victoria Figueiras

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Victoria Figueiras
Victoria Figueiras
Nació en Mar del Plata en 1992. Desde la adolescencia participó de diversos talleres de lectura y escritura creativa dictados por docentes marplatenses. Sus cuentos Las Mandarinas y Osvaldo fueron publicados en la antología Las luces que faltan (en colaboración, 2021). En 2022 fue seleccionada por la editorial Orsai para participar en el libro Hilo, papel y tijera. Actualmente, escribe en redes para @relatosminimalistas, cuenta de Instagram propia creada durante el 2020.

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