Una sinfonía en el fin del mundo

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I. 

En la ruta, a fines de los años setenta, un viejo káiser carabela cruza la soledad de la Patagonia. El conductor tiene la radio encendida. Y desde hace un buen rato, sólo se oye música. Pero aquella música que ahora suena, se parece más al silencio que todo el silencio del desierto patagónico. Esto piensa el conductor. Sube el volumen y oye una línea melódica, un tema recurrente que varía, una ola de vientos y voces. 

A un costado, en la banquina de arena, el káiser se detiene. Dos ojos de tiburón brillan en la noche, bajo la transparencia de la Vía Láctea. El conductor abre la puerta y, casi con el cuerpo afuera, exhala su aliento mezclado al humo del cigarrillo. Mientras, el frío lo cala. Mientras, sus párpados se cierran. Mientras, la música decrece. 

Atrás, nadie espera su regreso. Viene otra imagen, la trae la música y le duele.  

La Cata –recuerda el conductor- abría un libro en cualquier página y señalaba con su dedo un párrafo cualquiera. La voz de la Cata se afinaba, subía y bajaba, acorde a la sintaxis del texto. La Cata impostaba como una cantante sus frases leídas al azar, cambiaba de voz según cada personaje. Extraña cosa es la voz -exclama. El conductor se pregunta por qué no puede recordar la voz de la Cata. Recordar en el sentido que le da un grabador o un mecanismo mental a través del que volviera a escuchar su timbre, su intensidad, su tono. Se dice a sí mismo que, en realidad, hasta una voz familiar se puede reconocer entre otras, y, aun así, cuando ya no está no podemos recordarla. 

La Cata estudiaba económicas y la más próxima relación con la literatura apenas consistía en las diarias visitas a la casa del conductor, donde se apilaban los libros, caídos de los estantes, como después de un terremoto, semejantes a los escombros y las ruinas de una o de varias ciudades, todas ahí, destruidas y desparramadas en ese lugar. Era el chalet de los viejos, heredado de los abuelos; tenía un patio atrás y un jardín al frente, donde había rosales y madreselvas entre yuyales y restos de muebles a la intemperie. El conductor –al que ya es hora de que le pongamos un nombre- también parecía derrumbado, desde la muerte de su padre. 

Mario –ese es su nombre- había conocido a la Cata en el colegio donde daba clases, cuando ella, por unos meses, ocupó el cargo de la preceptoría. Ella recordaba, siempre que tenía ocasión, cómo se conocieron. Fue de película -decía. De película mala -agregaba Mario. Un pastelito con dulce de leche en una mano y los libros, en la otra, así venías por el corredor aquel mediodía. Me pusiste como una cerda. Era mi blusa nueva y mi segundo día de trabajo. No sabía si reír o putear, fui de culo al suelo y, con vos, congelado, con la cara más estúpida que vi en la vida… 

II. 

Caen, ahora, atrapados en el haz de luz de los faros, diminutos copos que bailan o flotan en el aire. Están por todos lados. Hace frío y cientos de alfileres se clavan en el cuerpo. Cuesta respirar -exclama el conductor-, pero no es el frío -se dice-, es la angustia -murmura el otro, el que se llama Mario.  ¿No son el mismo? Fueron el mismo; ya, no. 

La nieve en la noche es una criatura caprichosa, juega con el tiempo. Otra vez, como ahora, bajo una suave nevada, -recuerda Mario- la blancura tapizaba las calles de la ciudad y brillaban las cimas de los cerros que, hasta el día anterior, eran casi azules contra el atardecer. La orilla de grava del Canal se había congelado en pliegues cristalinos. Los ojos debían acostumbrarse, antes de distinguir los rastros del paisaje, como si los ganara un olvido. 

Ushuaia parecía un cuadro pintado y un rincón del mundo donde eran felices. La Cata reía en esa foto que ahora está sobre el asiento de cuero, al lado de la Browning que le regaló Pepe, el cubano. Sus ojos de gata lo miran desde ahí, mientras el conductor vuelve a entrar y cerrar la puerta del auto. Fueron días de alegría, juntos. Detrás de ella, se ven las paredes revestidas en piedra y madera de lenga, y el reflejo de un hogar encendido, junto a un ventanal desde donde se veía el Canal. 

Y otra música –recuerda Mario, con viveza- que ella escuchaba en su orgulloso tocadiscos winco. El conductor y Mario hablan solos. El recuerdo suena con esa fritura de disco viejo. Discutíamos de música y política –confiesa- con el mismo sentido del humor con que nos sentábamos a cenar, ahí en el restaurante que estaba en un primer piso.

Se rompe –se dice o le dice a alguien- todo en pedazos y cada pedazo, cada cosa con más o menos importancia, con mayor o menor profundidad, sorpresivamente aparece atada a un hilo de música. ¿Te acordás, Cata? Todo se vuelve pedazos: el sabor de la merluza negra, la canción de Vox Dei, la risa tonta en la habitación, desnudos frente al ventanal empañado. ¿Fue de esa manera? ¿Realmente, elegiste hacer ese viaje? 

Ahora, sobreviene la radio, la otra música con una rara inestabilidad; hay un piano donde la mano izquierda recorre y abarca el teclado creando armonías y suspenso de novela negra. Unas luces cruzan la ruta en dirección contraria. Son dos camiones militares. El conductor los ve pasar mientras lentamente vuelve al pavimento, y mira, por el espejo retrovisor, alejarse las luces de los Unimog disueltas en la oscuridad. Sabe que se acerca a la zona vigilada donde el yunque del infierno forja otro mundo a imagen y semejanza del miedo. Lo sabe porque también eso se lo contó Pepe, el cubano, que en realidad no se llama Pepe, sino Evaristo Venéreo, un viejito que podría despertar ternura y, a la vez, desconfianza. Pepe González o Evaristo Venéreo fue uno de los policías secretos del dictador Batista y su nombre quedó en la estampa de varios atentados contra Fidel Castro. En Miami, fugado de la isla, entró a servir en la CIA –la Agencia era como la llamaba- y, desde allí fue enviado a Colombia, Nicaragua, Bolivia y quién sabe qué otros rincones de Latinoamérica donde vivió espiando y -como él mismo confesó- aniquilando a toditos los que se lo merecían. 

Finalmente, llegó a Argentina, y Pepe González, el cubano, hizo de portero y de viejito bueno, en un colegio de La Plata donde trabajaban la Cata y Mario. 

Hay tipos de mierda que le mienten hasta al espejo –piensa el conductor mientras maneja y fija la vista en las luces que se ven a un costado, a lo lejos. 

III.

Aquella mañana, la Cata despertó más temprano y salió del hotel sin hacer ruido. Debía entregar una carta a alguien, con el máximo cuidado. Mario ignoraba todo y durmió como tronco, hasta que ella regresó. Fue entonces, que ella deslizó su delgada mano debajo de la colcha y sacó el ejemplar de Proust, en la página que él leía antes de caer dormido. Y con una voz suave empezó a leer. Cada renglón, un poco más alto, un poco más cerca. 

La luz llenaba el ventanal, cuando aquella voz lo trajo de nuevo al mundo. Despertó ahí donde había dejado de leer o de oír. Vio cómo lo miraba entrecerrando sus ojos -Mario recuerda y sonríe-, algo así como una gata ante un canario. La abrazó de golpe y la empujó con él a la cama. 

Luego se vistieron, desayunaron juntos y subieron al glaciar. Ya al día siguiente, regresaron a La Plata. Todo pasa y parece que se olvida, pero no es así. Se puede encontrar siempre un narrador que le da peso y realidad a lo sucedido. Por ejemplo, aquella carta no sólo era una carta -Mario lo supo, finalmente, por boca del mismo Evaristo-, también era una señal que alguien necesitaba recibir para actuar. 

Y Mario lo sospechó detrás de las palabras del narrador cubano que también, burdamente, la carta era una trampa en la que ella había caído. ¿Qué fuerza nos encadena a los secretos? Un secreto puede ser algo tan poderoso como el arnés de un alpinista que cuelga sobre el abismo, pero lo que no se cuenta de la aventura es que, para mantenerlo así, en el sigilo de una complicidad, el propio peso termina por cortar la cuerda. 

Pepe, el cubano, reducía a la entera sociedad a las leyes de la física newtoniana. Repetía que «cada acción tiene una reacción igual y opuesta»; de ahí que creía que existieran dos clases de sujetos: los receptivos y los que no lo son. Supo desde el principio que ella había nacido entre los primeros. No fue difícil inventar una historia, a medias verdadera y hasta pudorosa, para que reaccionara receptivamente. El pedido de un pobre viejo en difíciles circunstancias, la obligaba a la confidencia y al consuelo.  

La carta que ella llevó a Ushuaia, iba dirigida a la hija argentina del cubano. Una historia que conmovió a Cata hasta el alma. La madre, su amada esposa murió de tuberculosis apenas nació Tania –así se llamaba su hija. En aquella historia no contó que esa madre, su amada esposa, nunca se enteró de que Evaristo era Pepe, ni que tanto en Cuba como en Nicaragua hubiera abandonado a su suerte a varios de sus hijos y a varias de sus madres. El pasado no es una verdad que pueda entenderse sin que alguna pieza se haya perdido. Y el viejo cubano era diestro y siniestro en armar rompecabezas sin todas las piezas.

IV. 

La ruta empieza a ganar altura y se oye la orquesta que parece cada vez más cercana. Atrás queda la frontera y el Estrecho con un mar plomizo y pingüinos gritones. Hay un Unimog averiado en la banquina y algunos soldados fumando. El conductor, por un momento, duda y casi se detiene para dar la vuelta. Hasta hace unos pocos meses, los caminos terrestres estaban cerrados, en completo aislamiento a la espera de la guerra con Chile por el Canal del Beagle. Todavía se pueden ver, cerca de la costa, las trincheras vacías y algunos anfibios de infantería. 

El conductor ha seguido, al pie de la letra, cada una de las instrucciones de Evaristo. En la guantera tiene los papeles con los salvoconductos para pasar las fronteras, pero nadie se los pedirá ni para subir a la balsa ni para cruzar Magallanes. 

Desde Río Gallegos hasta el cruce de Punta Delgada, y desde ahí, por territorio chileno hasta Ushuaia, aquel káiser carabela parece tan imperceptible como la llanura, o bien, -el conductor dice sonriendo a Mario- todos parecen reconocer este antiguo y extraño automóvil.  

El paisaje es música –piensa mientras relaja la espalda en el asiento y deja escapar la mirada más allá de la ruta. El lago con sus leves olas de bemoles, las laderas estridentes y el vuelo sostenido y largo de un pehuén.  

La ruta ejecuta un trémolo de cuerdas, bordea la llanura con un andante maestoso. Luego, se oye una curva cerrada de metales agudos. Rápidas escalas y arpegios de las laderas descienden fluidas, lentas y se mezclan a la espejada superficie del lago; el fagot del viento crece y, con dos acordes secos, se alzan los violonchelos bajo el estremecimiento de bandurrias y avutardas. 

 ¿Cómo es posible que la roca muerta se alce así, después de kilómetros de la misma nada? ¿Este pasado inmensurable hecho de piedra levanta una alabanza o una puta maldición? Se pregunta el conductor, mientras Mario le recuerda sonriendo sarcástico que, en un poema, Víctor Hugo se pregunta algo muy parecido. 

La música del paisaje, mientras tanto, parece volver sobre sí misma, como si tuviera ojos con los que reconocerse. Los ojos que abre la música son ojos que sueñan con un mundo que no está hecho para nosotros. 

V. 

Los servicios lo vigilaban desde hacía meses, tal vez años. Controlaban hasta la basura y periódicamente lo visitaban falsos empleados de correo o de teléfono con excusas inverosímiles. Una vez, uno cayó a las diez de la noche. Era un hombre de bigotes nietzscheanos, con algo de pelo, un mechón que le crecía de costado, y peinaba con una especie de rodete, para disimular la calvicie. Venía a conectar la línea que se había cortado hacía unas horas. En verdad, la línea estaba cortada desde hacía más de dos días, pero Mario no quiso aclarar el tema. Lo hizo pasar y hasta le sirvió un café. Cuando aquél vio la biblioteca y los libros por todos lados, pareció entusiasmarse, mientras dejaba su bolsa con herramientas, para levantar un ejemplar de Shakespeare y recitar de memoria algunos versos. Dijo que había hecho teatro, el papel de Lorenzo en El mercader de Venecia. Mario, sin comprender la desopilante escena, sintió algo de pena por aquel ser absurdo.

Mario no sabía todavía que lo espiaban, tampoco sabía qué razones podían existir para estar bajo sospecha. Los servicios, como alguien se atrevió a pensar, se habían convertido en una versión del oráculo de Delfos, decidían en secreto el destino de cientos de víctimas. 

El carácter destructivo de la sumisión, cierta conformidad bondadosa, de una bondad sin riesgo deja a los vecinos tan tranquilos como contentos con su normalidad. Algo nos debe golpear para que se sienta temblar toda la tierra bajo los pies. Y eso sucedió cuando Pepe, una tarde, contó a la Cata y a Mario el secuestro y la desaparición de dos profesores del colegio.  

Ahí mismo, en la puerta del colegio, -exclamó Pepe- se estacionó un ford verde y ya cuando salí a la puerta, los profesores, a empujones, estaban adentro. Ni esperaron a que me acercara al auto, aceleró y vi cómo me miraban. ¿Sabés -preguntó el cubano con acento argentino- quiénes eran los profesores? Claro que sí -se respondió sin esperar otra respuesta-, vivían juntos en esa casa de City Bell donde organizaron el asado cuando se jubiló Estrella y el alemán Weil. Algo debe haber sucedido para que no le reventaran la casa y se vinieran por el colegio, a la vista de todos -agregó con el ceño arrugado, como si ese detalle tuviera suma importancia. 

El cubano llegó a lo de Mario como lo hacía, desde más de un año, cada jueves. Traía frutas y verduras frescas de las quintas de Los Hornos, donde vivía. Tenía un huerto como el de Voltaire –decía riendo- y cada tanto se aparecía con la chata cargada como una verdulería ambulante. Mario contó lo del empleado de la telefónica. Y entonces, Evaristo Venéreo apareció ante ellos como en aquellas epifanías de la Ilíada en que una diosa muestra unos ojos terribles. Así, el cubano que llamaban Pepe confesó su historia –el conductor cree ahora que sólo fingía-; también ese día confesó emocionado que Mario y Cata, para él, eran como dos hijos, los dos hijos que Fidel le había matado. Fue esa tarde, cuando dejó, en la mano de Mario, la Browning de 15 tiros que trajo de Cuba. Andá con cuidado y no la olvidés, le dijo al irse. 

El conductor sabe que el cubano traía con él el eco sombrío de otra música. Y no puede dejar de aguzar el oído, mientras abre la ventanilla para respirar. 

VI.

¿Cómo se espía a otro? – se pregunta el conductor y, piensa que la vida entera de uno mismo se puede espiar como si la viviera algún otro. De ese modo – sigue hablando, en voz alta, mientras de reojo ve el rostro de Mario-, persiguen, día a día, a la persona encomendada y la convierten en un archivo. Imagina el conductor, la cantidad de papeles escritos con tipografías de viejas máquinas, tachaduras, manchas, borrones; siente el ruido áspero de carpetas entrando y saliendo de estantes crujientes, o el mudo tronar de una carpeta cuando cae apilada según un orden azaroso. Las personas espiadas tienen el aspecto de títeres en un teatro de sombras, imágenes de un enemigo oculto y acechante, entre paredes de biblioratos en la biblioteca ilimitada del odio. 

El conductor tiene el rostro de Mario. Lo ve reflejado en el espejo retrovisor, su doble, su espía, su pasado. Es como vivir en una novela –piensa en voz alta- que nunca tendrá quién la lea. 

De afuera, penetra, el flautín de un pato silbón, y el rasguido del viento empuja un celaje de grises y naranjas, contra los cerros nevados. La soprano vuelve a dialogar con un piano. El paisaje aparece detrás del parabrisas; vibra, salpicado de aguanieve, como un oboe con una sola nota entre el abandono y la soledad. 

El conductor tiene los ojos llenos de lágrimas. 

VII.

Evaristo trajo una botella del auténtico havana club; también llegó con su violín -recuerda el conductor mientras ve caer los copos de nieve y escucha el eco de aquella voz remarcando “auténtico”. Esa tarde, el viejo montó otro acto o una verdadera confesión de los hechos, quién puede saberlo. Lo peor ya había sucedido. 

La Cata había desaparecido, al poco tiempo de volver de Ushuaia. Mario, aquella noche en que ocurrió todo, regresó muy tarde. Tenían una buena noticia para festejar: desde hacía un año o más que habían decidido presentarse a cuanta beca le posibilitara salir del país, y la beca había salido, con los dos pasajes y la estadía por un año en Madrid. 

Al llegar, lo primero que él vio –dijo- fue que la casa estaba a oscuras, las puertas abiertas de par en par y algunas ventanas con los vidrios rotos. Sintió que lo arrancaban definitivamente de algo que lo tenía protegido desde la niñez. Supo, tal como asoma la sangre de un corte, que ya no lo abandonaría ni la pesada culpa, ni la vergüenza de seguir vivo. 

Apenas tres días antes, había pasado por el correo a retirar una encomienda que había llegado inexplicablemente a nombre de su padre, fallecido hacía diez años. Sí, era absurdo que alguien enviara correspondencia a un muerto. Pero Mario dejó pasar un día sin pensar en la misteriosa encomienda y, restablecido de su sorpresa, decidió recogerla. Pensó que lo mejor sería buscar un atajo a los trámites burocráticos que la dictadura había ahondado, convirtiendo una simple transacción, en una trampa infinita de tiempos muertos. Y decidió para no tener problemas y evitar explicaciones, falsificar la firma de consentimiento para retirar el paquete a nombre de su padre. Aún guardaba la Libreta Cívica, donde se lo veía irreconocible, en el límite de una edad llena de ilusiones. El empleado de correos, para su sorpresa, ni lo miró, sólo agendó en un cuaderno kafkiano, nombre, apellido, número de documento y tildó el casillero «encomienda entregada». Luego, con un suspiro tabacoso que terminó en carraspeo, volteó la cabeza a un costado, como si mirara a alguien, y entregó el paquete envuelto en papel madera y manchado de sellos y estampillas. El remitente especificaba la inicial «T» y la dirección «Juan Williams 6450, Punta Arenas, Magallanes, Chile». Lo dejó, casi en forma premeditada y habitual, en el baúl del káiser, sin abrir, sin atreverse a saber qué podría contener. Experimentó, otra vez más, como cuando era un adolescente, ese sentido de vacío que había causado en él la presencia de su padre. Recordó que, más de una vez, aquél le decía: «el mundo existe gracias al secreto que sabés guardar». Recordó también, los últimos años de vida, los cuidados por la enfermedad neurológica que padecía y que de a poco, lo iba vaciando de sí mismo, como esos insectos que dejan el fruto intacto por fuera y vacío por dentro. Su padre viajaba por todos lados y era normal que no se volvieran a ver por largos meses; luego, nunca el regreso a casa ni la partida obtenían la explicación esperada ni tampoco había muchas preguntas. Unos binoculares de Alemania, una manta tejida en Perú, los bombones turcos, postales en idiomas extraños y fotos de personas desconocidas se sucedían sin las palabras con que pudieran llenar el vacío y el secreto en que el mundo existía. El gran enigma que representamos ante los demás no está en lo que callamos, sino en lo que se supone de nosotros. Por eso mismo – Mario pensó finalmente – el mundo y su crueldad están a salvo, nunca se terminará de entender su secreto. 

Es cierto, no se atrevió a abrir el paquete ni tampoco a descubrir lo que guardaba. Lo olvidó -si es que el olvido puede ser un acto voluntario- en el baúl del káiser, hasta que volvió Evaristo Venéreo, después de la desaparición de la Cata.

VIII.  

La tormenta ha quedado atrás con el último tronar de un timbal. La nieve apenas ha cubierto los bosques de lenga que resplandecen entre rojos y amarillos; los agita el viento y con un andante lento oscurece la ruta como una sombra antigua, más que el mundo. 

El violín -recuerda Mario- en las gruesas manos del cubano era un juguete de chicos, que con respiración ruidosa colocaba en el hombro izquierdo para acostar la cabeza y darnos el ágil sí menor de Vivaldi o los caprichos difíciles de Paganini.

El conductor oye el silencio del bosque; en realidad, lo ve. Está entrando a la ciudad y aparece la calle junto al canal. Los cerros entre negros y nevados la rodean. Los brillos metálicos de las aguas penetran en la lejanía donde flotan algunos barcos.  No hay gente en la calle a esta hora de la madrugada y la nieve cubre piadosa la tragedia dormida. 

Aquel día -recuerda Mario, con los ojos fijos en los del conductor-, el cubano mostró otra cara, como si la anterior no fuera sino una máscara más que había dejado de representar al personaje de turno. Pepe ya no tenía sino un papel secundario, sobre el escenario en que Evaristo había aparecido. Podía o no ser el verdadero, pero cómo saberlo. El vozarrón del cubano parecía haberse cocido en aguardientes tropicales y habanos cohiba. Mario lo miró, sin reconocerlo. No parecía tan viejo. Algo había en Evaristo que, no se observaba en Pepe. La cara redonda conservaba una mirada luminosa y vivaz, con la frente surcada de pliegues más que de arrugas. La calva brillaba con el reflejo de las luces que atravesaban el ventanal del patio. Porque estaban en penumbras, en la cocina. Todavía, en la casa había cables de la luz cortados, así como un revoltijo de cajones y papeles que él no había querido ordenar. Faltaban libros, había estantes totalmente vacíos y algunos ejemplares habían sido apilados y rociados con nafta. No habían tenido tiempo para quemar todo. 

Evaristo Venéreo lo abrazó efusivo y sentimental, y luego, sin palabras, sacó el violín de su estuche de cuero raído y sin lustre. Y empezó a tocar una pieza de Bach, hasta que de pronto, miró a Mario y le preguntó sin esperar ninguna respuesta: ¿Sabías que la compuso tras la muerte de su esposa? Y agregó, bebiéndose de un trago, el vaso de ron: No se le puede mentir a Bach, la música canta la pura verdad. Evaristo tocaba con desesperación. Mario no podía comprender. Pero la sentía en la piel y en el cuerpo. Lo que nacía de su violín, no era Bach, sino la más grotesca realidad que había falsificado durante tanto tiempo. 

El cubano encendió en las sombras su tabaco, lo llevó hasta sus gruesos labios y dio unas caladas suaves, que avivaron la brasa y resplandecieron. Sus ojos se iluminaron húmedos, mientras murmuraba “lamento lo de Cata”. Nadie esperaba que vinieran por ella –agregó, apretando el brazo de Mario. Hablaba con sobreentendidos, sentado en la mesa de la cocina, donde se sentaba ella.  

Mario volvió a mirarlo; notó que también el cubano lo miraba o, mejor dicho, hurgaba con la mirada a su alrededor. Estaba inquieto y temeroso como si una amenaza pendiera sobre su cabeza. Con el habano en la mano, se paseó alrededor de la mesa y, varias veces, se asomó al ventanal del patio donde la noche avanzaba solitaria. Luego se volvió a sentar y a beber. Habló de que la portería había sido una tapadera para pasar desapercibido; de que no había sido la primera tapadera que tuvo desde que llegó al país, poco antes de la vuelta de Perón. Habló de la soledad y del desaliento al que lo empujaba su vida de exilio en exilio. Cuando te das cuenta –dijo en tono cómplice- que la política y el poder no coinciden en el mismo lugar, nuestros actos y decisiones de ahí en más, pierden el sentido en que habíamos creído. Se ilumina el mundo con otro color. Y es cuando nos vendemos. 

No le importaba la política –dijo con firmeza-; la había vivido y padecido con sus viejos camaradas y amigos; discusiones y peleas interminables por palabras que raras veces significaban alguna idea propia, ningún juicio que no incluyera la ilusión de una ganancia personal. La política era peligrosa no porque pusiera en riesgo el poder, sino porque impedía tomar las decisiones en que uno, solo como vino al mundo, se juega el pellejo. Confesó que estaba arriesgando su vida, que hacía tiempo que lo venían vigilando; que era un agente encubierto de la Agencia y por eso, después de lo del Beagle, se convertía en un colaborador poco confiable para los servicios de inteligencia de los milicos. Estaba claro que Cata había desaparecido por su culpa. Lo buscaban a él, o, mejor dicho, buscaban el paquete.

 La botella de ron estaba vacía, al borde de la mesa; fue suficiente que el brazo de Mario hiciera un movimiento brusco para que la botella cayera y reventara contra el piso. Entre la ebriedad y el sobresalto, ambos se levantaron de las sillas donde estaban. Evaristo, en un rincón entre la puerta y la pared, apoyó su espalda y, al mismo tiempo, llevó su mano debajo del saco. Mario lo vio enteramente, bajo la luz que entraba del exterior; su cuerpo respondía con rapidez a una rigurosa preparación, como una especie de felino que, ante un ruido, despierta de su calmo sueño. ¿Me vas a disparar? Le preguntó bromeando y Evaristo volvió a encorvarse y a envejecer. No, todavía –respondió sonriendo y bajando la mirada. Pasaron unos instantes antes de que el cubano continuara. Y habló, finalmente, de la carta. No era la primera vez -aclaró- que lo ayudaba su hija Tania para sacar información del país, en una especie de doble juego entre la Agencia y los servicios que respondían también a distintos intereses de las fuerzas armadas y el empresariado. Tania había conseguido trabajar en la Transbordadora chilena Austral Broom que manejaba el ferry para cruzar a la isla de Tierra del Fuego. A ella -reveló- iba dirigida la carta que Cata llevó secretamente a Ushuaia. ¿Qué decía esa carta? ¿Qué podía decir? Casi nada. Unos nombres, una dirección y una frase: «Townley y Clavel son buenos amigos. Saben qué hacer. Juan Williams 6450, Punta Arenas, Magallanes, Chile». 

Mario adquirió inesperadamente, la visión de algo, aunque perverso, admirable y pacientemente construido. Y volviendo a sentarse, con una comprensión resignada que sólo pueden tener los que han sobrevivido a una larga enfermedad, le indicó a Evaristo dónde estaban las llaves del káiser; que buscara en el baúl.  

Entendí, entonces, -dijo Mario, en voz baja, desde el reflejo del retrovisor- que la idea del viaje a Ushuaia no había surgido de la nada. Comprendió que aquel paquete venía a nombre de su padre porque el cubano conocía bien, a través del mismo Mario, cuál había sido su relación filial, el desamor y los malentendidos, entre aquellos seres que repetían sin saberlo, una historia vulgar entre padres e hijos. Era cuestión de saber escuchar. El trabajo de un buen espía. 

Evaristo regresó con el paquete debajo del brazo. Tenía una sonrisa clavada entre oreja y oreja; dijo, con los ojos en alto y en un hilo de voz, que ese paquete era muy importante; que el contenido en las manos correctas podía voltear la dictadura… Mario se levantó de la mesa, sin esperar a que el cubano terminara de hablar. En tono calmo y resignado, contestó que le importaba un carajo; que, para él, lo que importaba ahora, era solamente una persona y agregó, buscando la mirada de Evaristo: vos sabés a quien me refiero.  

Y esa larga noche, fue la última vez que se vieron. 

IX.

Cada ciudad guarda sonidos propios en los rincones. El conductor oye una melodía de gaviotas, con un fondo de olas escurriendo por playas de conchales. Deja el káiser estacionado en la costa, entre camiones de carga y grúas del puerto. Cerca se ven abandonados dos carros anfibios y más allá, junto a la Base Naval una batería antiaérea. En esta ciudad durante meses -reflexiona o intenta imaginar- se simularon ataques aéreos, se velaron las ventanas, se armaron refugios y hasta algunos, en la desesperación, cavaron sótanos. Vuelven de una pesadilla de patriotismo grotesco. Pero ¿qué puede haber más irreal que una guerra? Sólo la guerra logra convertir a las personas en esclavos o en héroes. Y hasta los vencidos no pretenden sino el prestigio de su historia, aun cuando la derrota no contenga más que errores, miseria y traición. Ni los vencidos podrían decidir algo diferente que sus vencedores. Tanto aquel que ejerce la violencia como el que la padece quedan sometidos de una manera degradante. 

El vuelo rasante de un petrel lo distrae de pronto; toca con la punta de las alas negras el agua mansa. Una extraña pesadez le cierra los párpados y se percata que hace más de veinticuatro horas que no duerme. El viento del suroeste lo golpea con un chubasco de aguanieve. Hay –escucha que dice en voz alta- música en los rincones. Oye, en algún punto del cielo, sobrevolar un helicóptero; el viento se mezcla con el canto de una tormenta que se aleja. El ruido galopa en las capas profundas del recuerdo. De los jardines vecinos congelados de luces cristalinas y nieve, llega un eco de voces que despiertan. En el cinto, debajo del abrigo, ha calzado la Browning de 15 tiros y en el bolsillo izquierdo, la foto de la Cata que sonríe desde el pasado. A pocas cuadras sabe que está la casa de Tania. Ha nevado toda la noche y se hunde hasta los tobillos en algunas calles. El silencio se aleja en un eco fascinante. Se imagina a sí mismo un caracol de nieve imitando dentro la música más antigua sobre la tierra; bombea en el pecho -siente, escucha-; retumba.  

La casa es de chapa pintada y techo de lenga, sobre un terraplén que nivela el declive de la calle. Hay luz en las ventanas y se mezcla en la paleta del amanecer. Cruza la calle una mujer joven con el cabello recogido, el rostro apenas asoma por el borde de la bufanda que le da varias vueltas. No saluda. No mira. En una esquina, alguien levanta las persianas de metal de un almacén. ¿Qué empuja la vida cada mañana?, masculla Mario. La duración no se entiende; está llena de transformaciones imperceptibles que nos trasladan de día a día, en busca del tesoro de la vida que nunca está en el lugar que imaginamos. Se sale de uno para entregarse a otros, a una mujer, a un hombre, a los hijos, a un partido político, a un ideal o a cualquier otro pretexto que nos deje volar lejos de sí. Había llegado a la edad en que naufragan los sentidos más simples y abrumadores, con los que se imagina el futuro. Podía el mundo prescindir de él y seguir adelante sin tener en cuenta su destino, poco y nada sucedería si su alma saltaba de alegría o moría de tristeza. Lo inevitable –dice mientras golpea con los nudillos helados la puerta- nos hace sospechar un secreto plan que no se cumple. 

X.

Tania tiene casi su misma edad, un poco más alta que él, algo corpulenta y torpe, con el cabello teñido de negro y los ojos muy azules. Parece una mujer feliz, pero víctima de esa felicidad desesperada a la que no podemos entregarnos del todo. 

-Hola, Mario. Te espero desde ayer –dice como si lo conociera de toda la vida y lo invita a pasar a la otra sala, a través de un largo corredor-; papá me ha hablado de los dos, con mucho cariño. Él debió escapar –agrega-; no podía esperarte. 

Suena, del interior, una música suave y familiar. Oye esa línea melódica, un tema recurrente que varía como la vibración de las campanas, seguido de una ola de vientos y voces, para volver a disolverse pacíficamente en un silencio final. El aire cálido y denso, con olor a tabaco, parece contradecir la ausencia imprevista de Evaristo. En un sillón cubierto por un cuero de cordero, resalta el estuche del violín. Cuelgan de la pared del pasillo, algunos cuadros, entre los que el conductor alcanza a ver una foto: Un joven que se parece al cubano, sonríe, vestido de fajina junto a otros hombres armados, al fondo se desdibuja el Castillo del Morro. El piso de madera cruje bajo los pasos de Tania; habla de su padre mientras camina por el pasillo, con la lentitud necesaria para prolongar al infinito ese tramo. 

Papá supo del peligro que corríamos –dice, casi deletrea cada palabra, con el mismo ritmo que camina, sin alterar el tono familiar- desde que desaparecieron los profesores y te pincharon el teléfono.  

Se oye cada vez más clara una voz que canta, sin ningún instrumento de fondo, es una voz en el silencio. Los metales, el piano, los violonchelos que escuchaba hace un instante, han callado como si nunca hubieran existido. Una voz como el caudal manso de un manantial. A veces, una nota sola se prolonga. Él piensa en el último acorde de una campana. Una única nota en el registro más grave de la soprano, una especie de pianissimo que surge de nada y sucesivamente se agregan violas y flautas y un arpa y un violonchelo más alto. Una nota sola que crece. Advierte que no es otra que la música que escuchó en la radio, durante el viaje; es la misma voz que se desliza por el corredor a su encuentro. 

Tania de repente, se detiene y se da vuelta para mirarlo. Papá arriesgó su vida – le dice en tono recriminatorio. La hija de Evaristo ablanda el ceño arrugado y acerca su mano para acariciar aquel rostro que la mira sin entender. Sus ojos azules llenos de lágrimas lo miran, mientras sigue hablando. Papá no dudó nunca que finalmente vendrías. Me dijo que no sería necesario explicar nada, comprenderías… 

La sala al final del corredor todavía está a oscuras, la luz de la mañana no ha penetrado. Los ojos tardan en acostumbrarse al resplandor que emana de un hogar a leña. La música brota de esta sala como si lo esperara desde antes de existir, entre la densa penumbra y el fulgor del fuego; él avanza con cierta curiosidad y percibe a un costado del hogar, un bulto, alguien que sobre una alfombra, abraza las rodillas contra el pecho.  Lo mira. 

– ¿Mario? – pregunta ella.

-La Cata- apenas murmura él. 

Osvaldo Picardo

Osvaldo Picardo
Osvaldo Picardo
(Mar del Plata, Bs.As., Argentina, 1955) docente e investigador universitario, fundador y exdirector de la Editorial de la Universidad Nacional de Mar del Plata (EUDEM). Es editor de la revista La Pecera.Algunos libros de poemas publicados: Quis quid ubi: Poemas de Quintiliano (1998), Una complicidad que sobrevive (2001), Mar del Plata (Ed. Martin, 2005 y reeditado con correcciones en Ed. UNL, 2012 y Es Pulpa Ed., 2023), Pasiones de la línea. Poemas de Nicolás de Cusa (2008); O. P. Vida de poesía (2008), 21 gramos (2014), Tiempo sin destino. Fragmentos de un discurso en pandemia, en coautoría con Sara Cohen (Paradiso, 2021). Nadar en el tiempo. Una versión apócrifa (Paradiso, 2023)Ha escrito también ensayos críticos como Poesía de Pensamiento. Una antología de poesía argentina (Ed. Endymion, Madrid, 2015) y Colgados del Lenguaje. Poesía en las ciencias (Baltasara, Rosario, 2018). Publicó también los cuentos Perón en el jardín y otros relatos (Amazon, 2018). Tradujo junto a F. Scelzo y E. Moore The love poems de James Laughlin y otras versiones suyas de E. Pound, D. H. Lawrence, M. Yourcenar o K. Rexroth han sido publicadas en revistas y en periódicos.La última publicación fue editada por Endymion, Madrid, 2024, una antología con sus poemas, Y miramos como oscurece

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