Esperó a la crecida que anunciaba el pronóstico. Alrededor de las seis de la mañana, el mar se alzaría hasta arriba del muro y el playón de Punta Iglesias quedaría sumergido. Nadie le estropearía el plan que venía masticando hacía días.
Apoya un pie en el parapeto, de frente al mar, y una risa inesperada le deshace la mueca que traía en la cara. El mar, tal vez, la pose solemne, el caso es que recordó la escena de Titanic y, claro, le faltaba la pelirroja con los brazos en cruz. De lo contrario no estaría acá, ¿no? No, no estaría ahí, ahora, mirando los molinetes gigantes. Podrían hipnotizarme de tanto girar, pero la opacidad del cielo le resta poder a sus colores. Entonces giran para nada y él los observa hasta que un chorro helado lo sacude como un sopapo.
En su casa estaba decidido. Le dejó una nota a la dueña del departamento, que venda lo que quiera, debía dos meses de alquiler. No es que ahora dude, quiero elegir las escenas finales. Quería estar sola. Dijo que no había otro tipo. Le había contestado una milésima de segundo antes de que termine de preguntarle, tan obvia era su pregunta. Pero entonces ¿por qué? Insistió él. Sos demasiado indeciso, das muchas vueltas, siento que no vamos a ninguna parte. Palabras más o menos, fue lo que le dijo. Indeciso, ya veremos. Infalible quiero ser. Mira hacia el norte, después al sur, completa una inspección panorámica, confirma la ausencia de testigos. Posibles metiches que interfieran con su decisión.
En pose de conquistador, con una pierna firme de terrateniente y la otra doblada de añoro por el viejo mundo, admite un sentimiento que podría llamar vergüenza. Si falla se sentiría ridículo. No me estás tomando en serio, de verdad planeo arrojarme al agua, dejar que el mar me trague, que las piedras me mastiquen hasta que mis recuerdos –sus mentirosos ojos verdes– se diluyan. Entonces abre bien, lo más que puede, sus párpados hinchados.
No puede ser, ¡compro el circo y me crecen los enanos! Una raya amarilla aparece en el horizonte. Se acusa de cobarde, no tiene el valor de subir el otro pie, tampoco baja el otro. Lo voy a hacer, lo tengo que hacer. Pero ¿es todo tan definitivo? Otra carcajada.
Toma coraje y vuelve a inspeccionar el área, dos pibes con la camiseta argentina cruzan el puente. ¡No, no y no! No sólo me crecen los enanos, el elefante se escapa y el malabarista se la da en la pera, ¡mierda! Puedo esperar a que se vayan. ¡Váyanse! No se anima a gritar. El agua abandona las calles y está esa rayita clara, ladina, sobre el mar.
Huelga de payasos, ¡lo que faltaba! Una señora con perrito lanudo aparece en el paseo y cruza la calle. Pero señora, ¿qué quiere con ese felpudo?, ¿matarlo de una gripe? Más quieto se queda, con el pie derecho enraizado en el murete, apoya los brazos sobre el muslo y eso lo obliga a encorvar la espalda.
En su nuevo rol de pensativo frente al mar ya no puede fijarse si se fueron los del puente o si aparece alguien más, no hasta que pase la señora del perrito. Otro chorro salado y él que alcanza a cerrar los ojos, pero no la boca. Escupe y se pasa el antebrazo, mojado también, por la cara. La señora no aparece y el sol ya raya claro sobre el mar. Es esto, es lo que tengo y es ahora o nunca. Las palabras saltan y se mezclan con el salitre, las piernas no obedecen, los brazos no se mueven y el cuerpo se rebela con la misma quietud pasmosa.
Siempre igual, todo igual, todo lo mismo. Canta al rayo de sol que se abre. Intenta sostener el ánimo lúgubre que lo había llevado hasta ahí.
El otro pie le tiembla, ya está a punto de subirlo cuando escucha que estacionan dos autos. Incómodo, con el cuello torcido, mira a la calle. De uno de los autos bajan tres tipos y dos del otro, se dan la mano y hablan. Dicen que sí con la cabeza mientras las manos diagraman alguna disposición virtual de cosas. Mano en pico hacia abajo son: ¿sillas? ¿personas? ¿puestos?; acomodados uno al lado de otro; mano plana en círculo señalando el pasto de atrás de los bancos. Es evidente que están organizando algo que se va a hacer o a colocar en este lugar. El cielo se corre como una capota lenta, pero sin pausa.
Ahora la que tiembla es su pierna derecha, tanto que estuvo flexionada. Deja pasar los pinchazos, los recuerdos, las dudas. Pronto aquel día, entero, con sus reproches y ese gesto de desprecio que nunca le había visto y que, aparte de las palabras como agujas, fue lo que más le dolió. Y su chau seco. Todo se irá. Pronto.
Los tipos del auto no sólo no se van, sino que empiezan a bajar cosas del baúl y parecen esperar que llegue más gente. Y llegan. Bajan de dos camionetas y descargan atriles, micrófonos, sillas. No puede ser, no puede ser. ¡No puede ser! El cielo se abre por completo y el mar vuelve a su sano verdeazulado, nada le queda de caldo plateado ni de siniestro. Y de la nada aparece un palco con faldones y micrófonos. Alrededor, varios hombres se mueven como hormigas. Un grupo arma un vallado, otro monta las sillas, atriles y micrófonos en lo que parece ser una orquesta.
No alcanza a pensar que le corrió la cara cuando la fue a besar y ya los bancos están llenos de abuelitos té con leche. Y se arma un revuelo de corredores en calzas esquivando a las hormigas de jeans y remera. La despedida: tres dedos finales sobre el cedro y el portazo innecesario porque no había frase que rematar. Y, a la par, sigue sin poder creer lo que ve, una horda de músicos como cuervos, murciélagos, escarabajos, trajeados con sus violines y chelos a la espalda, marchan por el puente, llegan. Un último beso que no fue. Y la banda se instala con un alboroto.
―Dame un re, ahora un do ―afinan y los micrófonos amplifican sus chirridos y risotadas. El bochinche parece avispar a los abuelitos que se suman con un parloteo aviar.
Llegan más autos, uno viene escoltado por la policía.
― ¡Uno, dos, hola, sí, sí! ― prueban el micrófono del palco y le dan golpecitos que retumban como besos en la oreja. Tragame tierra, o mar, o lo que sea. Y las ansias de invisibilidad lo devuelven a su infancia. A la edad en la que los otros chicos querían volar, ser Superman o algún fortachón como He-man, su único anhelo era ser invisible.
Ahora las muchachas de la Guardia del Mar ejercen un efecto más hipnótico que el de los molinetes al viento. Los giros del bastón, las falditas inmaculadas, el ritmo del bombo, pasos y enseres de un ritual que atrapa tanto a los deportistas sin convicción como a los jubilados parlanchines, a los cuervos con arcos despeinados, a los agentes de seguridad, al intendente y a la modesta congregación de perros y aves migajeras.
Él sigue de pie sobre el murete, muchos lo han imitado creyendo que subió para ver mejor y ahora se encuentra rodeado de una pequeña plantación de cachetes colorados por el sol. Después de observar el incremento de público a su alrededor, el mar de cabezas con olas y todo y contabilizar por decenas los espectadores para su último acto, piensa que nada podría salir peor y gira la vista y el cuerpo hacia su destino final, el otro mar. ¿Quién se va dar cuenta? Pero el mar, antes rabioso y erguido por encima de la piedra, se había retirado dejando de lástima sus callos mojados. Un lecho capaz de ofrecer un fémur quebrado, raspones, tal vez unas costillas rotas, pero no la muerte. Quizás ella tenía razón, no debería dar tantas vueltas para hacer las cosas.
Atrás y a sus costados el público aplaude a la Guardia del mar que termina y se forma mecánicamente en fila a un lado. De inmediato inicia su presentación la sinfónica municipal. Anuncian Zarabanda de Händel y, sin más preámbulo, el conjuro de sus notas acalla voces, ladridos e intenciones sombrías. Son casi cuatro minutos de despedida, un adiós a la rabia, a la mañana absurda, al horizonte claro.
Al cierre de la presentación estalla otra ovación. Él contempla una última vez el mar, gira hacia la multitud y se suma al aplauso general. Sus palmas chocan sin métrica, pero con fuerza.
Emilia Vidal

