Lo que no vuelve

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Quisiera que el tiempo haga su trabajo. Que me saque estos recuerdos. Que se los lleve. Que ya no ocupen un espacio en la memoria. Que, cuando alguien me pregunte, tenga que quedarme en silencio, hurgar y recién entonces, con esfuerzo, pueda recuperarlos.

Estamos en un bar y mi amigo ya va por la segunda cerveza. La espuma le quedó pegada en el borde del vaso, espesa y blanca, mientras algunas gotas resbalan por el vidrio. Afuera empieza a oscurecer y alguien abre la puerta del local; entra un poco de aire frío mezclado con olor a cigarrillo. El calor del bar, cargado de fritura, se mezcla con ese olor de la calle durante unos segundos antes de desaparecer. Hablamos de cualquier cosa hasta que, en medio de la conversación, aparece su nombre.

—El otro día me lo crucé —mi amigo baja la vista apenas lo menciona. 

No me hace gracia escucharlo; al contrario. Hay algo en esa aparición, tan casual y tan tardía, que trae de vuelta algo que creía olvidado.

—Fue raro —dice después de un silencio—. Hacía muchísimo que no lo veía. 

Me pregunto por qué vuelven algunas escenas. Lo primero que vuelve son los meses posteriores a la separación. Seguimos viviendo juntos hasta que yo encontrara un departamento. 

Había algo cruel en esa continuidad.

A la noche escuchaba cómo salía de su habitación; el ruido del picaporte y después la puerta. Los pasos, apenas arrastrados sobre el piso de madera. Luego el sonido del agua en la bacha y el choque de un plato contra la mesada. Más tarde, el clic de las luces, la puerta del baño, otra vez los pasos. Tosía antes de dormirse.

Meto los dedos en mi vaso y empujo el hielo ya algo derretido hacia el fondo; mi amigo rodea el vaso con sus manos.

—Ahora te lo puedo decir porque ya pasó el tiempo.

Lo miro desconcertada. ¿Cómo es posible que el tiempo se pueda medir? No sé cómo mido el tiempo. Antes estaba la frecuencia: verlo todos los días, escuchar los mismos ruidos, compartir la casa. Eso terminó, por suerte. Entonces, si ya no está la repetición de todos los días, ¿qué hace que estos recuerdos vuelvan? ¿Es la magnitud? ¿Como si fuera una marca? ¿Algo parecido a un golpe que, cada vez que alguien lo toca o apenas lo ve, hace volver las escenas una detrás de otra? 

Recuerdo la casa. Cuando la elegimos, antes del derrumbe. El techo de madera, impecable. Una pared con humedad y el patio lleno de macetas rotas. Recorríamos los ambientes imaginando cosas. Él dijo: “acá podría ir una biblioteca”. Después señaló un rincón: “y acá un hogar a leña”.

El mozo trae otra cerveza para mi amigo y el vidrio del vaso golpea contra la madera. Me cuenta que se cruzó con él en un bazar y que lo vio quedarse varios minutos frente a unas lámparas. 

Las lámparas estaban. Claro que estaban. Lo que no recuerdo es haber pensado que fueran importantes. Hurgo un poco y aparece otra escena: semanas viviendo entre cajas, polvo, herramientas, bolsas de consorcio llenas de cosas viejas. Y entusiasmo. Mucho entusiasmo. Él medía paredes para la biblioteca. Yo elegía muebles. Discutíamos por colores y por dónde iba la mesa. También por la luz. Qué lámparas iban en la cocina, cuáles dejaban la casa demasiado fría, cuáles parecían de oficina. 

—Me acerqué a saludarlo y nos quedamos mirando la cantidad de lámparas que había.  

Me cuesta acordarme de la casa vacía. Lo que vuelve son los meses en que todavía la estábamos armando. La cocina era chica. Entrábamos apenas los dos. Si uno abría la heladera, el otro tenía que correrse. Habíamos dicho que eso iba a cambiar, que era mejor tirar abajo la isla y poner una mesa movible de madera. 

Había otra discusión. Una importante. No logro volver a ella. Solo recuerdo un llanto, un llanto inconsolable. Desesperado. 

Mi amigo apoya los codos sobre la mesa y se tira hacia delante.
—Yo no entendía qué estaba buscando… comparaba entre cuatro lámparas. 

Hace una pausa y sonríe buscando complicidad.
—Y eso que eran casi iguales. 

Sí recuerdo que la casa estaba casi terminada cuando decidimos separarnos. Sin embargo, mientras más avanzaba la obra, menos hablábamos de nosotros. Aun así, seguíamos comprando plantas, acomodando libros, moviendo muebles de un lado a otro; como si mantener viva la casa pudiera impedir otra cosa.

Mi amigo se queda estudiando el fondo de su vaso, continúa con su anécdota.
—Estaba distinto —levanta una mano y la apoya sobre su mentón—. La barba larga… demasiado larga. 

Intento acordarme de su cara. No logro verla completa. Sí recuerdo otra. La de los últimos meses, cuando tuve que hacer mi propia mudanza. Nos sentamos a conversar sobre lo económico. Propuse un plan de escape. Él se enojó. Después dijo: “no es mi problema”. Recuerdo la tranquilidad con la que miraba mi desesperación y, aun así, decidía no moverse.

Se hace un silencio espeso. Mi amigo mira alrededor del bar, como buscando una salida lateral a la conversación.

—Capaz no tendría que haberte contado nada.

Pero ya es tarde. Los recuerdos aparecen, se difuminan, siguen.

—Al final terminó comprándose una lámpara verde.

Y de repente algo se corta. Y yo, por inercia, espero que aparezca otro recuerdo, pero no viene nada más. Ni la cocina. Ni la casa. Ni la mudanza. La imagen se queda ahí, quieta: una lámpara verde en un bazar, sostenida por un extraño.


Ana Luz Arrieta

Ana Luz Arrieta
Ana Luz Arrieta
Nació en Los Toldos, provincia de Buenos Aires. Estudió el Profesorado de Lengua y Literatura en Junín. En 2019 se radicó en Mar del Plata, donde se desempeña como docente en escuelas secundarias. Publicó una serie de crónicas en el diario La Capital y, en 2023, publicó la novela Los restos. Actualmente dicta talleres de escritura autobiográfica y coordina un club de lectura en la librería Lilah.

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