TEG

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Apenas la vio, le llamó la atención. Eran varias las del grupo y todas bastante pasables por lo que pudo ver, pero él se quedó mirándola a ella en parte porque le pareció la más linda. Pero también le pareció conocerla de algún lado, así que la miraba, y mientras más la miraba más le gustaba. Y la miraba.

    Entonces fue y le habló: se levantó de la banqueta donde estaba sentado, atravesó el pasillo empujando y dejándose empujar hasta donde estaba ella, despacio y calculando, llegó y le habló. Al rato, ella  le dijo que se iba para el baño y que enseguida volvía. Se fue con las amigas. Después volvió, sola, y se sentó. Él se puso delante de ella, sin tocarla pero muy cerca y charlaron otra vez.

   Mientras charlan, sus caras están muy cerca porque así pueden escucharse sin esfuerzo. Al que le toca escuchar, se lo podría confundir con alguien que está esperando recibir un beso en la mejilla. A veces agregan una sonrisa al gesto; y niegan o afirman con las cabezas.  

     A él le sigue pareciendo que la conoce, pero no le dice nada porque se acuerda que al que conoce es al novio. Lo saludó un día en la playa, estaba con ella y no se la presentó, ella tomaba sol, quizá estaba dormida. Se acuerda bien porque también ese día le pareció que estaba buenísima, la estuvo mirando toda la tarde. Lo que no recuerda es haber visto algún nene dando vueltas; también ese día lo habrá dejado con la abuela. Al novio se lo volvió a cruzar hace poco, solo, y se enteró de que seguía saliendo con aquella chica. La de la playa, le dijo ¿te acordás?

     Si, ahora se acuerda.

    Se acuerda pero sigue con lo suyo. El tema del noviecito a él no lo va a ayudar para nada, así que se concentra en no hacer la pavada de nombrarlo. Pero otras pavadas menores continúan un rato más todavía, hasta que se acerca una de las amigas y la distrae, se pone a hablarle como en secreto. Ella le ayuda girando la cabeza para escucharla mejor, primero solo un poco y manteniendo los ojos por donde está él, después lleva la mirada más arriba, concentrándose en lo que le dicen. Algo de lo que escucha le causa gracia. Y también interés, porque termina de torcer la cabeza y la vista.

  Él aprovecha la interrupción. Está bien, le viene bien, se va a tomar su tiempo.

  Al principio, se mueve apenas lo suficiente para apartar la cara. Cuando pasan unos segundos y la charla sigue, comienza a retroceder un  poco, un paso. Después, al costado, y empieza a girar al mismo tiempo que lleva el vaso hacia la boca, llega a darle la espalda a las chicas. Se detiene un poco y, mientras toma, revisa el pasillo. Al principio, se mueven los ojos nada más, hay un esfuerzo consciente por no involucrar demasiado al resto del cuerpo. Cuando se siente al resguardo de lo evidente, se desliza hasta la barra, sigue mirando mientras se echa hacia atrás y apoya primero un codo y después la espalda.  

   Justo al lado hay una de esas banquetas altas, pero no quiere sentarse. En cambio saca un cigarrillo y empieza a fumar. Y a esperar. Pensando.

   Piensa si se va a comprar otra cerveza, ya se está terminando la que tiene. No. Y la termina.

Tiene que decidirse, ya trabajó suficiente según le parece. Y la verdad es que no está muy seguro para dónde va el asunto. Pasa que le gusta. Mucho. Y eso también tiene lugar en sus convenciones, un lugar importante.

La verdad es que se siente bien. En definitiva ella no parece tener demasiado problema; se había divertido con él, le había respondido y en ningún momento se sintió rechazado. Le dio más información de la que él hubiese querido, que no venía al caso y que otra no hubiese ni mencionado… pero eso no quiere decir nada.

Está decididamente acodado en la barra. De un lado la banqueta vacía, del otro lado quedan ellas. La rubia parece que cuenta algo, también había estado hablando con uno, debe ser de eso piensa él. Un poco más allá, viene uno de sus amigos abriéndose camino entre la gente. Viene con una botella de cerveza en una mano y un vaso en la otra, se para frente a él, pivotea un poco para el lado del pasillo y se queda  perfilado, lo justo para poder mirar cómodamente a las chicas que siguen ahí, a no más de un metro, y  -al mismo tiempo- abarcar más o menos a los que pasan. Le ofrece de tomar; él no cambia de posición, mueve solo un brazo, lo suficiente como para agarrar el vaso que recuerda haber dejado cerca. Se deja servir.

   Charlan, no dejan de mirar alrededor, toman. De vez en cuando, le hablan a alguna sin moverse de sus lugares; ellas generalmente sonríen, todas pasan de largo. Vuelven a servirse. Charlan un poco más, toman un poco más. Después su amigo se va; sigue la dirección que tenía cuando llegó.        

Él se queda ahí. Toma lo que le queda en el vaso y  vuelve a dejarlo en la barra; recién ha prendido su segundo cigarrillo. Larga el humo directamente hacia arriba, pega dos pitadas seguidas, la segunda más profunda.

Deja caer el cigarrillo y lo aplasta. Así como está de espaldas, se desliza un poco por la barra, queda casi pegado a la espalda de ella y se asoma por su hombro; mirando a la otra, dice para que las dos escuchen:

     _ ¿Ves? a tu amiga sí le quedó bien el rubio.

Las dos escuchan.

     _  ¡No me quedó bien el rubio, soy rubia!

     _  ¡Bueno!  Por lo que sea te queda bien. ¿cuál es tu nombre?

Se lo dice. Él sale de donde está y se pone de frente a las dos; le sigue hablando a la rubia:

     _  Che  Yuli… Te hago una pregunta ¿vos también sos de las que deja laburando a la abuela o podés salir sin remordimiento?

     _ ¡No!

     _ ¿No  qué?  ¡Ah!  Vos sos la que cumple años.

     _  ¿Qué me viste cara de cumpleaños a mí?

     _  No sé, te veo cara de andar buscando un regalo o algo.

 La rubia hace como una especie de espasmo, que quiere terminar en risa.  Mira a su amiga:

     _ ¿Y a este qué le pasa?

 Ella no responde.    

     _ Bueno, qué sé yo…¿cuál es entonces?

     _ ¡Pero si ya te conté! – interviene ella  _ La que le hicimos hacer el fondo blanco, esa bajita de pelo lacio.

     _ Ah…si, la tetona… pero ya llegó borracha esa… ¡Mirá! Te está llamando a vos, rubia, me parece.

     _ ¡Qué imbécil!  No sé si será tu cumpleaños, pero también estás en pedo.

     _  Eh… sí sí.

 Ya no tiene expresión en la cara y la mira fijo. La rubia también se queda mirándolo pero ya no le responde, se muerde apenas el labio inferior y con un arqueo de cejas da media vuelta y se va para donde está el resto del grupo.

Él vuelve a girar. Ella se ha quedado todo el tiempo sentada ahí, sin hacer nada, solo mirando a los otros dos mientras hablan.

A pesar de la cercanía la música no dejaba nada de las voces.  Eventualmente, sin exagerar, ha arrugado los ojos para descifrar algo de los gestos que llegaba a ver, pero nada más.

Él se pone a hablarle.

   Un rato más tarde, se están yendo juntos, pasando como apurados por la puerta. Él pasa último, saluda con una sonrisa y una palmadita al de seguridad y sale. Mientras bajan las escaleras, se terminan de abrigar y cuando llegan abajo él la agarra sin hacer fuerza del antebrazo y empieza a caminar para la esquina dándole la espalda. Lo alcanza enseguida, se toman de la mano. Ríen.

   Por la vereda en la que caminan hay muchos árboles y el piso es bastante irregular. Hay pocas luces y están sobre la calle, por eso está tan oscuro por donde ellos van. Y por eso en parte, es que andan a los tropezones. Ya van llegando a la esquina, siguen riendo, pasa un auto, ella se sobresalta y sin dejar de caminar trata de ganar el lado de la pared escabulléndose por detrás de él y logra pasar del otro lado. En el movimiento se soltaron las manos pero quedaron más pegados aún que antes. Él no tiene tiempo de sorprenderse, se da cuenta enseguida de lo que pasa y le parece divertido, trata de zafarse, de separarse de ella dejándola expuesta, apura el paso para dejarla atrás. El auto pasa de largo y ella empareja nuevamente el paso de él, le da un codazo en el brazo y una puteada, él se queja en broma, exagera.

  Doblan para la derecha, donde a media cuadra está el auto. Ya no parecen divertidos, ella parece dejarse ganar por los nervios y amenaza irse, pero se deja guiar. El otro se muestra repentinamente serio y callado pero camina decidido hasta su auto y saca la llave. Ella se detiene unos metros atrás, sigue dudando y se lo dice. No hay nadie más en toda la cuadra y su voz se escucha claramente. Él quita el seguro de la puerta pero no llega a abrir, se da vuelta hacia donde viene la voz, se apoya en el auto y cruza los brazos. Todavía no habla pero la mira.

   Su silencio es el de alguien que espera ostensiblemente a que  la otra persona se calle. Cuando por fin empieza a hablar su tono es pausado, quiere entender, le dice, realmente quiere entender. Cuando quiere dar algún énfasis mueve los hombros y eso, junto a sus brazos cruzados, acentúan la imagen de perplejidad buscada. Que le explique pide, pero no espera respuesta y sigue hablando, suelta los brazos y comienza un razonamiento: Se remonta a los más documentados elementos de la mutua atracción; que son evidentes dice. Lo afirma. Defiende. Convence.

No van lejos, estacionan. Él apaga el motor y ella se distrae eligiendo música en la radio. Él la observa; se inclina y la besa suave en la comisura de los labios, ella sigue con la radio y él sin incorporarse le da otro beso y espera. Ella por fin reacciona y se  reincorpora sin apuro. Lo mira y sonríe. Cuando la vuelve a besar, ella responde pero le deja hacer. Con el primer suspiro lleva su mano hasta hundirla en un cabello que descubre suave y dócil, vuelve a sentir ese aroma que antes solo adivinaba; es su pelo piensa; pero también es su boca y su piel, le encanta, no quiere dejar de besarlo.

Se detienen un momento. Sonríen. Están alegres y relajados, tienen fresco y sensual el sabor de la boca del otro. Sin cambiar de expresión, él ensaya una especie de reproche, burla, provocación. Mientras tanto, se vuelve a acercar. Ella lo espera. Se besan.

   Les parecieron ridículos los movimientos que se forzaron a practicar para lograr pasarse al asiento de atrás. Pretendían conservar unas posiciones que a fuerza de sensualidad y determinación habían logrado acordar en un asiento delantero que ya había dado todo de sí. Se reían mientras llevaban adelante su capricho. Parte de sus ropas colgaban o se amontonaban por ahí. Se desprendieron solo de las necesarias para permitir lo que sus ansias iban exigiéndoles.

   Por fin se permitieron la ternura. Lo que había comenzado como un remolino sensitivo, como el epílogo buscado y necesario por los dos, se transformó en una nueva obsesión. Buscaron mirarse, coincidir en la alternancia. Jugaron seriamente a  conservar lo logrado; se regodearon en los estremecimientos que les daban la certeza de no poder conservarlo. Y no pudieron.

   Con la quietud volvió el silencio. Y de a poco reaparecieron los sonidos, los olores y los gustos, pero ya no estaban atados a nada, ya era imposible confundirlos, flotaban inertes y pesados, testigos necesarios de algo que en ese momento ya era viejo.

   Y ahora parece volver el pudor, las miradas ya no se buscan, más bien se esquivan. Se evitan de manera casual, demasiado casual. Ellos no son conscientes de la impostura. Creen acomodarse el pelo, buscar sus ropas, ponérselas, acomodárselas. Se aferran a esa rutina. Vuelven a sus asientos. Ahora sí, ella lo mira, le dice algo sobre el cuello de la camisa y enseguida estira el brazo y se lo acomoda. Él agradece, después agarra el pulóver que había quedado sobre el tablero y se lo pone.

     _ ¿Vos no tenés frío?

     _ No… por ahora no.

   _ A mí me agarró recién, de repente _ dice, mientras se frota las manos con fuerza. También tiene ganas de ir al baño, pero no lo dice.

 Ella se endereza en el asiento; mueve el cuello a un lado y al otro y después habla.  

  _  ¿Volvemos?

  _  ¿A dónde…?

 _ Quiero ver si todavía están las chicas.

 _ ¡Qué van a estar, es tardísimo, si ya era tarde cuando nos fuimos…!

 _ Es que yo fui con ellas, si me voy sola, me parece que…no sé…

Él solamente la mira.

 _ ¿Quee?

 _ …Primero, vos ¡ya! te fuiste. Y además tus amigas te vieron… ¡no van a estar esperando que vos vuelvas!

Ella no responde enseguida.

_  Está bien, tenés razón.

_ Bueno, te llevo entonces…

_ Pero hasta el centro nada más, ahí me tomo el colectivo.

_ Listo, como quieras…

Prende el motor. Se queda esperando. Se estira para cambiar la radio, cuando se da cuenta de que ella ha entrecerrado los ojos. Baja un poco el volumen. Arranca.

Apenas termina de doblar la esquina, se sorprende escuchándose decir lo que tanto había estado tratando de evitar. No termina de hablar que ya está lamentándose, le parece que es lo peor que se le  ocurrió decir esa noche. A ella también le parece una tremenda pavada y arruga la cara. Él decide callarse hasta que se despidan. Ella se acomoda en el asiento, cierra apenas los ojos y suspira al mismo tiempo que se deja deslizar suave y hacia abajo. Estira los brazos hasta llegar a poner las manos palma contra palma entre sus piernas, donde levemente presionadas se terminan de acomodar. Se queda quieta un poco, hasta que saca la mano izquierda y busca de memoria, le acaricia la nuca unos segundos a ritmo de duermevela, hasta que pretende ensortijar un mechón que no existe. Entonces devuelve la mano junto a la otra, entre las piernas. Y se queda, ahora sí, quieta.

  Él piensa en que, cuando por fin esté de camino a casa, va a tener el sol casi de frente y en lo bien que le vendrían los anteojos que al parecer se olvidó en algún lado.


Fernando Moyano

Fernando Moyano
Fernando Moyano
Marplatense nacido el 5 de Abril de 1972. Asistente a los talleres de Daniel Boggio. Co- fundador y director de la revista Literaria "El Brote" junto a Fernando Del Río. Colaborador del Suplemento de cultura del diario La Capital, columnista literario en diferentes programas radiales. Coordinador de talleres de Narrativa en diferentes espacios desde el 2014. El presente cuento participó del concurso literario de cuentos "Bicentenario fundación Banco Provincia" 2022.

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