– Beto, si querés, prepará el mate. Te reviso el coche ahora mismo -dijo el Pelado.
Beto caminó hacia el fondo del taller.
-¡Fijáte que está todo en la mesada! –gritó el Pelado.
Beto volvió y se sentó en el borde de la fosa.
-¿Che, y el Uli? Hace mucho que no lo veo por acá -preguntó Beto y le alcanzó un mate.
-Viste como son las cosas, anda noviando, qué sé yo. Me pide permiso para faltar, viste como son los pibes. Yo le digo que sí, total yo me arreglo, aunque una mano más acá siempre se necesita, para mantener bien a la clientela.
-¿Sigue con la hija del Transa?
-Sí. En la escuela se hacen amiguitos y parece que esta vez está metejoneado. Yo le digo que no vaya mucho por ahí, porque no quiero quilombos, pero viste cómo son. Viste cómo es eso del amor, está metido y ahora no es como antes, ahora le dan nomás y cuando pueden aprovechan.
-Creo que el Transa está preso todavía.
– No sé, no hablo mucho con el Uli de eso, no quiero que se sienta mal. Yo prefiero que la chica venga a nuestra casa. No es el lujo, pero nosotros le podemos dar…, qué sé yo algo de cariño. Yo le dije al Uli, que vengan, que nuestra puerta está abierta, pero viste cómo es, se hizo muy amigo de los hermanos y los primos de la pibita. El Uli es un pan de Dios, no se mete con nadie, y todos lo quieren. Me doy cuenta por la escuela.
– ¿Sigue acá en la 71? Porque hubo quilombo, estuvo la policía.
-Sí, me enteré; pero justo él faltó. Quería estar más tiempo con la pibita ¿viste? Fue el cumpleaños de ella y se quedó a dormir en su casa. Me pidió permiso, le dije que sí. Si no disfrutan ahora que son jóvenes…, ¿cuándo? Igualmente yo no quiero que pierda eso del estudio. Quiero que siga y que sea profesor. Vos imaginate al Uli de profesor de dibujo. Dibuja bien, le sale perfecto. Andaba en eso de los graffitis, ahora ya no, creo. Además viste cómo son los profesores, serios y hablan bien. Yo me doy cuenta cuando voy a la escuela, porque me llamaron varias veces. Hace dos años, una profesora me dijo que el Uli podía llegar a ser un gran dibujante. ¿Te imaginás al Uli famoso? Que aparezca en la tele, que sus dibujos salgan en las revistas, qué sé yo. Quiero que siga la escuela. Además, yo quiero regalarle un autito, así va a trabajar. Viste esos que los dejan baratos, pero lo puedo arreglar. ¡Sabés la cara que pondría! Ya me lo imagino al Uli. ¡Qué contento estaría! ¿Te das cuenta? Acá está la falla, sale el aceite por acá.
– Che, mirá vos. No sabía que el Uli dibujaba.
– Nosotros con la Susy ni sabíamos tampoco. Se juntaba a pintar las paredes con los de la Vértiz. Lo venían a buscar. Era chico y los dirigía a todos. Fijáte los murales de la vía, los hizo él, hace años. Un día me los mostró. Fue cuando le dije por qué me había llamado la profesora. Entonces fuimos a las vías. Pero igualmente el Uli no se puso tan contento, qué sé yo, no dijo nada. Viste cómo son los pibes a esa edad, es como que nada les importa, o no sabés lo que piensan o lo que les pasa ahí adentro del bocho. Uno quiere lo mejor para los hijos. Igual es chico. Le faltan tres años para terminar el secundario, y después le dije lo de estudiar, eso de ser profesor y dibujante. Yo le averigüé. La Susy no dice nada, ella está ocupada con eso de los nietos, los hijos del Tomy. Son muchos viste y los ayudamos. Yo estoy acá todo el día con el Uli. Cuando él viene de la escuela, me da una mano. Se cansa un poco, pero viste es joven y después lo quiero ayudar con las tareas de la escuela pero son difíciles. La Susy lo ayuda cuando puede…, porque vienen los nietos y la casa es un lío. Aunque ahora anda mucho con la pibita y los primos. Mirá, acá es por donde pierde. Venite en una semana, tengo que conseguir el repuesto, tal vez me lleve tiempo, una o dos semanas.
Se despidieron. Beto caminó hacia la salida. El Pelado lo vio alejarse y perderse en la claridad de la mañana que entraba implacable al taller. Entonces tomó la pava y el mate y se dirigió al portón. Se sentó en el banco de cemento junto a la entrada. Escuchó las risas de unos jóvenes que estaban sentados en la esquina de la vereda de enfrente. Reían y tomaban cervezas. Miró la hora; eran las diez, seguramente llegaría otro cliente. Más allá de los jóvenes, podía ver la vía. Apenas se asomaba parte del viejo paredón donde estaban los dibujos de Uli. Apenas se veían. Claro que él podía reconocer esos trazos que se asomaban en el muro junto a los pastizales y luego la vía. Pensó en Uli, pensó en la chica, y luego en Tomy y sus cuatro hijos. Tuvo la certeza de que esta vez Tomy encontraría un mejor trabajo. Él ya le había sugerido que viniera al taller, pero Tomy no quiso. Dos coches se acercaron a la entrada. El Pelado se levantó, saludó e hizo señas para que entraran. Luego, caminó hacia el interior hasta perderse en la oscuridad del taller.
Ignacia Sansi

