Descensor

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El urólogo tomó en sus manos el repetido análisis que se había hecho -que me había hecho- por tercera vez. Once, doce, trece. El valor subía, y en tan solo un par de semanas. No sentía nada, ningún síntoma o lejana señal que acompañara esa cifra surgida del capricho de la ciencia que lo hacía -me hacía- zozobrar. No había nocturnas meadas reiteradas, ni ardor ni mucho menos le aparecía -me aparecía- sangre amarronando la orina.

Pensó -pensé- en que ya había iniciado la séptima década, y que eso era más pesado que tener sesenta años. Aunque sus -mis- múltiples ocupaciones e hija pequeña le hicieran -me hicieran- creer que aún era joven, que eso no podía ocurrirle -ocurrirme. Pero ya no lo era -no lo soy-.

Los estudios de imágenes no revelaron mucho. El año anterior se había hecho -me había hecho- dos resonancias nucleares magnéticas más. Una no tan buena, la segunda mejor. El dedo mayor que había hurgado en sus -mis- recónditas intimidades, tampoco encontraron algo sustancioso.

El médico le -me- insistió en que había que ir a lo material mediado por la ciencia más objetiva, que no se podía confiar del todo en lo simbólico, ni tampoco en lo vulgar de lo meramente manual. Las palabras también son engañosas, pensó -pensé-.

La biopsia de próstata fue tranquila, aunque implicó sedación total, quirófano mediante. Que puede haber hemorragias le -me- dijeron. O infecciones, que había que estar atentos durante un par de días. Algo de eso ocurrió, sufrió -sufrí- dolores de cabeza, extrañamientos, como si fuera una situación pre febril. Somatizaciones, se dijo -me dije-.

¿Cómo se hace para hablar de la posible y certera muerte? De la propia, se preguntó -me pregunté-. ¿Cómo se la escribe? ¿En primera o en tercera persona? ¿Se va hacia ella lentamente o a velocidad moderada, o quizás directamente en quinta marcha? Siempre se avanza, se respondió -me respondí- pero es mejor ningunearla. A él -a mí- no le -no me- va a tocar, todavía, pensaba -pensé-. Y todavía es nunca.

Esa mañana al llegar, en la vereda de la clínica vio -vi- un cerezo en flor. De esos japoneses que anticipan la primavera, los que llegan antes de tiempo, florecen en junio y se van antes sin que puedan sostener su proeza antinatural. Subió -subí- al tercer piso. Mientras iba en el ascensor se le -me- cruzaron un par de películas yanquis por la cabeza. Criminales condenados a muerte, rumbo al cadalso o a ejecuciones en sillas eléctricas. Qué modo pedorro de dramatizar, se dijo -me dije-.

Aún faltaban quince minutos para que empezaran a atender y se puso -me puse- a leer y a responder mensajes en el celular. Recordó -recordé- el sueño de pocas horas atrás. Se le había -se me había- escapado un pedo mientras dormía y había evacuado una enorme cantidad de mierda líquida. Estaba cagado, o la había cagado. La mierda todavía estaba contenida en el calzoncillo, debía levantarse -levantarme- rápidamente antes de que se filtrara a la cama y llegar hasta el inodoro para evacuarla. Pero al mismo tiempo, él -yo- no podía ir caminando en forma vertical porque se vertería por los costados. Pero, ¿cómo se hacía para caminar con el culo en horizontal, agachado? Era una situación sin salida, y ahí se -me- había despertado. La angustia de la pesadilla aún le duraba -me duraba-.

Recordó la anécdota que una vez le había -me había- contado su -mi- madre. Cuando le había arrojado el estudio a la mesa donde su esposo -mi padre- estaba desayunando. ¡Para vos, de cáncer no me voy a morir!, exclamó. Seis meses después, la mujer -mi madre- partió de este mundo -mi mundo también- de cáncer de páncreas.

Cuando se hicieron las ocho se arrimó -me arrimé- a la ventanilla. Una joven y eficaz secretaria lo -me- recibió. Nueve días antes la médica le había -me había- dicho que los resultados estarían dentro de siete o diez días. Había aguantado -aguanté- dos más. Él -yo- lo consideraba un logro en el manejo de la ansiedad, o un ejercicio más de la negación de lo que podría ocurrirle -ocurrirme-. Porque podía ocurrir. Ocurriría.

Su -mi- vida cambiaría. La joven imprimió un papel dándole -dándome- la espalda. Se detuvo unos segundos y luego lo metió en un sobre sin cerrar y se -me- lo entregó cálidamente. Él creyó -yo creí- ver una ligera sonrisa. ¿Lo habría leído? ¿Vendría con instrucciones de entrega?, pensó -pensé-. La médica le -me- había dicho que el estudio lo entregaba un profesional porque era una cuestión delicada. Pero no había sido así.

Él avanzó -yo avancé- unos pasos en camino hacia el ascensor. Apretó -apreté- el botón. Pensó -pensé- en que quería hacer, si leerlo allí o en el hall de planta baja o en el auto, o al llegar a su -mi- casa.

Ya estaba bien con eso de no dejarse dominar por la ansiedad, tampoco había que exagerar. Abrió -abrí- el sobre y leyó -leí- mientras descendía.


Juan José Lakonich

Juan José Lakonich
Juan José Lakonich
Nació en Quilmes (Pcia. de Bs. As.) en 1964. Pasó su infancia y adolescencia en San Bernardo del Tuyú, adonde regresa cada tanto. Es psicólogo y vive en Mar del Plata desde 1983, donde se ha desempeñado como docente y director de escuelas secundarias. Actualmente es docente universitario en las Facultades de Psicología y de Humanidades de la UNMDP. En el campo académico ha participado como coautor del “El compromiso social de la universidad latinoamericana del siglo XXI: entre el debate y la acción” y en “Dispositivos situacionales para andamiar procesos de inclusión educativa”. En la ficción ha publicado la novela breve Entre rotondas y otros relatos (2019) y desde hace algunos años trabaja en una saga policial negra con eje en el mismo personaje y que transcurre en la ciudad de Mar del Plata, cuyas primeros cuatro volúmenes fueron Juan casi Domingo (2021), A dique seco (2022), Al costado de la ruta (2023) y Con las piernas cortadas (2024). Escribe regularmente como columnista de opinión en el suplemento Bs.As./12 dentro del diario Pág./12.

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