Este diario comienza hablando del día anterior. Ayer me fui temprano del trabajo. Primero pasé por el Banco Nación que está en Callao y Bartolomé Mitre. Ahí mismo donde íbamos con F. a cobrar el subsidio de desempleo hace cuatro años, cuando cerraron por primera vez el bar Dos mundos de Callao y Sarmiento y pusieron un Dunkin Donuts.
Esa sucursal del banco es un lugar horrible. Pensé en volver con la cámara digital y sacar fotos. El ascensor, el vidrio roto como si le hubiesen disparado, esa iluminación lúgubre. Todo se ve deteriorado y sucio. Por suerte, en el segundo piso me atendieron rápido y me cambiaron los dólares. Cuando pregunté si me cambiaban también las monedas, la mujer me pidió verlas porque nunca había visto y me dijo que no, que para eso tenía que ir a una casa de cambio.
Después crucé la plaza Congreso y fui al correo a mandar el giro. De $200 quedaron $180 por los gastos de comisión.
Después pasé por el Conicet a dejar los recibos de H., mi jefe, una dosis infinitesimal de trabajo extra muros, como dice él. Otro lugar para la fotografía del desastre.
Me tomé el 64 y ya en casa lavé dos cargas de ropa: remeras y sábanas que sentía sucias, tal vez porque eran las mismas que dejamos puestas un mes atrás, al irnos de viaje. Me acordé de las sábanas impecables de los hoteles, de cualquier hotel. F. no estaba, pero había estado quemando el polvo del dinero que trajo de Belleza y Felicidad y la casa estaba impregnada de ese olor barato y dulzón. Me dolía mucho la cabeza y sentí la necesidad de despejar lo más posible toda la casa. Pronto estuvo mejor. Fui entonces a la comisaría a pedir el certificado de domicilio. Pagué $10 de sellado. Volviendo a casa compré tres sánguches de miga que me salieron $2,40. Me acordé de los ricos sánguches del barrio polaco que costaban 2 dólares.
Ya de vuelta en casa desplegué mi arsenal de guitarra, cuadernos, libros y quise hacer lo de siempre pero no resultó nada demasiado interesante. Puse el disco de Krygier, y empecé a preparar el puchero que estaba programado para la cena. Mientras hervía (el puchero es cuestión de hervir) copié figuras de una Cosmopolitan vieja en las hojas de calco sepia del cuaderno copiador, y eso estuvo mejor. Vi una foto de Courtney Love y su hijita que es igual a Kurt y la copié también y después la recorté y la puse en la biblioteca. Me deprimí un poco pensando que tal vez nadie me llame para otra película nunca, con lo que me gustaría.
Pero de las canciones nada, no me salió nada. Tengo unas cuantas empezadas, pero no van ni para atrás ni para adelante. Tal vez van para atrás porque me las voy olvidando un poco.
Ordenando, encontré el suplemento de un diario español donde nos mencionan y me quedé viendo las fotos de todos, que ya las había visto varias veces. Había también una de Enrique Bunbury, a toda página, y traté de evocar la fuerte impresión que me causó verle actuar en Granada. En eso estaba, cuando llegó F. con nuestro disco recién hecho, la edición española. Y es precioso, lo adoro, al disco y a F. que me contó todas sus andanzas del día. Me puse muy contenta y quise escuchar el disco otra vez para ver cómo suena y todo ese asunto y la verdad que el único error que le encuentro es que yo desafino. Igual estoy contenta. En una sartén sobre la estufa, que sigue encendida en esta primavera que se niega a mostrar sus bondades, puse agua y tres gotas de la esencia marítima. La casa se llenó del aroma suave. Después que Fabio se bañó, estaba muy exaltado, comimos el puchero y él se terminó todos los panes a modo de postre, como le gusta. Incluso, como siempre, mi pan reservado para la mañana siguiente. En la tele vimos Vulnerables , como novedad actuaban Cristina Banegas y Belén Blanco.
Rosario Bléfari

