Lunes 30 de diciembre de 2019

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Este será el diario de la dispersión. Quiero ver cómo hago lo que hago y si en realidad hago algo. Quiero ver cómo las ideas se transforman y a qué puerto llegan, si es que llegan. Celebré la dispersión como método a partir de cierto momento de la vida en el que me di cuenta que no estaba mal, que era una manera de hacer. Ahora quiero comprobar si es cierto o se trata de una de esas cosas que con el tiempo se van volviendo algo así como mitos personales. O puede ser también que se produzcan cambios y lo que alguna vez fue de un modo ya no lo sea. 

Voy a rastrear el origen de estas ideas. No aparecieron ayer ni hoy, vienen de hace mucho. Una de ellas es hacer un libro de primeras lecciones de guitarra, componerlas, escritas en partitura. En 2016 estaba en Santiago de Chile en la Furia del Libro, la feria anual de ediciones independientes, me habían invitado a tocar con mi banda solista en el cine arte Alameda – alto honor – y presentaba un libro de cuentos publicado por la editorial Lecturas. Estábamos en el GAM Centro Cultural Gabriela Mistral, donde los puestos de las editoriales independientes ocupaban todo el espacio de entrada al edificio, al aire libre.

En un momento uno de mis editores, Felipe Gana, me invitó a recorrer los puestos mientras me iba recomendando autores y ediciones, y me hacía una breve reseña de lo que yo no conocía. En un momento pasamos por el puesto de una editorial que tenía ediciones en partitura, me llamaron la atención y me compré una para guitarra. Me encantó ver libros de música entre los libros de literatura. Eran por supuesto ediciones especiales, como debe ser una edición independiente, publicaciones que abrazan el riesgo y el encanto de ser algo que otros no publicarían. Está ahora entre mis libros en la biblioteca. Creo que fue entonces que empecé a darme cuenta de que las partituras eran textos. Antes de esto también había ocurrido que Marcelo Zanelli, amigo y compañero musical, me había dicho que podría publicar mis canciones con los acordes y las partituras. El mismo Felipe Gana me había propuesto en un principio algo parecido.

Yo no soy una música de partituras, no las uso para componer ni para pasarle los arreglos a los músicos que tocan conmigo. Sin embargo, mis primeros pasos en la composición de canciones los di en ese camino. Un maestro, en Bariloche (apenas supe cómo se anotaban las notas y sus duraciones) me hizo componer una melodía con letra. Y aprendí a tocar la guitarra con las pequeñas piezas que componían o compilaban antiguos maestros de música como Julio Salvador Sagreras o Ferdinando Carulli, a esos libros se los llamaba El Carulli, El Sagreras. También existían compilaciones de versiones simplísimas de fragmentos de piezas muy conocidas como Green Sleeves, que cuando los alumnos las practicaban en sus casas, padres y madres se alegraban: al escuchar algo reconocible, todo indicaba que el aprendizaje iba bien. Yo también experimentaba algo parecido: ya parecía que sabía tocar. Sin embargo había muchas lecciones, con melodías desconocidas que también me hacían sentir que empezaba a dominar el asunto. A la vez, pensaba que yo misma podría haber inventado esas líneas de melodía.

Una década más tarde, todo eso quedó subyacente en la composición de canciones donde las melodías las fijaba a fuerza de repeticiones o grabado, y las letras se convirtieron para mí en la anotación, la partitura: escribiéndolas a mano, dibujando las letras, dándole importancia al corte del verso y con la asignación de un sentido dado por la entonación y la intención, algo del orden de la interpretación, de la dinámica expresiva que es parte de una composición. Algunos compositores como Erik Satie en sus Gnossiennes indicaron estos matices con expresiones como Dans une saíne superiorité (con una saludable superioridad). En la canción,  esos matices y la melodía misma, funcionan como la actuación de la letra, su entonación: altura, duración e intensidad. 

¿Por qué no inventar ahora una serie de piecitas que pudieran ser tocadas por principiantes? Melodías sin letra que se ordenen según cierta gradación de la dificultad para ejecutarlas.

Compré un cuaderno de música, hojas pentagramadas. Para escribir elijo un portaminas fino y blando con la goma incorporada en un extremo. Tengo mi guitarra criolla de cuerdas de nylon. Soy conciente de que hay que empezar con algo muy simple, comprobar que con las cuerdas al aire es posible tocar una melodía que produzca el gusto de sentir que estamos tocando algo, que ya se trata de música. Son seis cuerdas, seis notas, una se repite, el mi – grave en la sexta cuerda y agudo en la primera -.

Antes de ponerme a trabajar en esto, busco el costurero para coserle el ruedo a un pantalón. Me encuentro con una aguja de crochet en el fondo y, entre los hilos y botones, un pequeño ovillo de lana azul oscura, son los restos de un viejo pulóver que me tejió mi mamá para la escuela. Es el azul escolar. No puedo evitar ceder al impulso de agarrar lana y aguja y ver si me acuerdo cómo era tejer al crochet. De pronto estoy tejiendo, hago la cadena inicial, la vuelvo un anillo y sigo, ¿a dónde va esto? Pienso en la manta increíble que hay en Mar del Plata en Mundo Dios, es de Mariana Pellejero, ella no la hizo, me dijo en un momento el nombre de la tejedora pero no lo recuerdo. Es una manta de colores tejida al crochet que alegra la vida con solo verla.

Mariana Pellejero tiene una serie de obras que realiza con papeles que apoya contra piedras o paredes y que empieza  a frotar y frotar con crayones de óleo gigantes que ella misma prepara, son como panes de jabón de colores. El resultado es un grabado misterioso, una huella que aparece ante los ojos como se revelaba la moneda debajo de un papel rayado con un lápiz y vehemencia. 

Rosario Bléfari

Rosario Bléfari
Rosario Bléfari
Hija de trabajadores hoteleros, Bléfari nació en Mar del Plata en 1965, se crió en Bariloche, se escapó a Buenos Aires y murió en la casa paterna de Santa Rosa, La Pampa. Actriz, de la mano de Guillermo Kuitca, Vivi Tellas y Martín Rejtman. Cantautora y música, de la mano de Suárez, Sué Mon Mont y Los Mundos Posibles. También narradora, junto a Mansalva, Belleza y Felicidad, Lecturas Ediciones (de Chile) y Rosa Iceberg. Eterna defensora del arte independiente.

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