Creía haber limpiado todos los cadáveres, pero cada vez que volvía me encontraba con algunos aun esperándome con sus cientos de ojos muertos y abrazados entre sí. Ahí estaban, aferrados a la cornisa de la mesada en la que me gustaba amasar el pan los domingos, mientras esperaba el café de filtrado más lento. Difícil saber, por lo diminuto de sus miradas, si el último sentimiento había sido de terror, una epifanía, un darse cuenta de que ese aroma anaranjado y ese sabor chicloso no eran de golosinas. El veneno era efectivo, sin dudas, aunque insistían en volver cada un par de meses. Era una guerra. O una más de las tantas batallas que me tocaba librar en una casa donde ya no quería vivir.
Las casas saben. No era porque tuviera unos ochenta años, ni porque alguna de las tantas obras de reformas estuviera mal hecha, sino porque la casa sabía que yo no quería seguir viviendo ahí. Desde que enterramos a Jimena que ya no era mi lugar. De verdad había pensado que se me iba a pasar, que no iba a recordar todos los días que en aquel rincón había dado sus primeros pasos, que en el sillón gris había dado una vuelta carnero que casi termina en catástrofe por la cercanía de la mesa ratona, que en el lavadero le íbamos a armar una cucha al cachorro con el que crecería, ese que le íbamos a regalar cuando cumpliera dos años. Me preguntaba si a Mario le pasaba lo mismo, tanto había insistido con nuestro deber de procrear, mientras yo discutía la ligadura de trompas con mi ginecóloga. Pero “Jimena” se había vuelto mala palabra.
Siempre había creído que las hormigas eran un problema de las casas con jardín o, al menos, de las que se encontraban al nivel del suelo. Vivir en un piso de alto, me repetía, debía haberme protegido de esa amenaza himenóptera. No de otras amenazas himenópteras quizás, pero sí de esa. Sin embargo, ahí estaba, cada tres o cuatro meses comprando la jeringa rellena de un caramelo viscoso, irresistible, que amagaba a inmiscuirse en mis desayunos, o en mis misas de amasado glutinoso. Evito jactarme de una pulcritud destacable, puesto que mi rutina de limpieza era mantener más que limpiar a fondo. Ellas lo sabían, sospecho.
Como la casa. Intuía que sus paredes habían absorbido la oscuridad que nos devoró en esos meses de aislamiento en los que todo se rompió. Recuerdo los primeros días: aún no era otoño, así que disfrutábamos almuerzos livianos en la terraza, limonadas, protector solar, Mario con la guitarra, Jimena entre las pocas plantas que se me ocurrió cultivar. Nunca me sentí tan hippie. Si no salíamos no era tanto porque nos lo ordenaran, sino porque realmente éramos felices ahí, sin más personas alrededor. Fue cuando empezó la tradición del pan y de las conservas. Jimena era una gran catadora de mis experimentos, mientras que Mario intentaba registrar todo con su GoPro, un recuerdo de sus épocas de intento de explorador. Hasta que llegó el invierno, antes que las vacunas, y convirtió mi vida en el espiral que aún me condena.
Durante la pandemia no recuerdo haber tenido problemas con insectos. Hasta ese verano, era normal que aparecieran por la cuadra algunas cucarachas acompañando la mugre del restaurante de al lado. Eran vecinas respetuosas, solamente nos visitaban con toda su fealdad, las pisoteábamos y tirábamos por el inodoro envueltas en una servilleta con todas sus vísceras blancuzcas hacia afuera, pero no anidaban en nuestro piso. Tal vez era el secreto de mi suegra el que funcionaba: nos traía ramas de laurel y flores de lavanda para los placares y algunos otros rincones donde podían haberse reproducido sin piedad de nuestra delicadeza de seres de ciudad ni temor de nuestro asco y venganza especistas.
Jimena había llegado a juntar alguno de esos cadáveres con un poco de papel y lo había saludado cuando Mario tocó el botón para dejar correr el agua.
- ¿A dónde va la caracha, papá? – le había preguntado.
- Cucaracha, Jime, y se va al mar con las otras que encontramos.
- ¿Va a ver a sus amigas cucarachas?
- Puede ser, pero el mar es muy grande.
Qué idea la de cuerpecitos diminutos y desarmados buscándose por el mar. Yo escuchaba desde la habitación e imaginaba el fondo del mar como una suerte de inframundo, de Más Allá, donde una cucaracha bien podía encontrar a otra que había sido masacrada por la misma suela de ojota que ella. ¿Qué se dirían si se chocaran entre las corrientes marítimas? ¿Se reconocerían aún despedazadas? ¿Llegarían a encontrarse con los cientos de cuerpos aún más pequeños de todas las hormigas que había liquidado a base de venenos y luego echado por la bacha de la cocina arrastrándolas con la rejilla amarillenta? Y la pregunta que me sacó una sonrisa: ¿me putearían?
Ahora me pregunto si Jimena también anda nadando por algún océano menos húmedo. Me gustaría no pensarlo, no tener grabado en el interior de mis párpados la imagen de su carita empapada de sudor, con una fiebre imbatible y los pulmones derrotados. ¿A quién se le ocurre comerse un murciélago? ¿A quién crear un virus mortal y esparcirlo por todo el globo? ¿A quién resignarse ante los deseos ajenos de paternidad y poner su propio cuerpo para gestar una criatura frágil y susceptible de la mismísima muerte? Es verdad, yo no quería embarazarme, no quería traer otra vida a un mundo tan hostil y demente, cada día más cercano a hervir o arder. Cedí y me sentí vencida el primer trimestre. Los cambios de mi cuerpo me generaron menos dismorfia de la que esperaba y el parto fue menos traumático de lo que me había preparado a enfrentar. Me enamoré de Jimena, así de cliché. No “desde el día uno”, como dicen muchas al subir a alguna red social su foto del test de embarazo con dos líneas o un símbolo de más. Me enamoré cuando salió de mí, cuando me recuperé a mí misma.
Algo similar me pasa con la cocina. Mientras está invadida la esquivo para no verla atacada y para no tener que hacerme cargo. A los días me pregunto quién va a hacerlo si no soy yo, porque a Mario parece no llegarle nunca la notificación del asedio que nos acecha desde el corazón mismo de nuestro hogar. Suspiro, agarro la bolsa de tela, y salgo para la química a comprar otra jeringa más. Vuelvo y muelo el café tostado que guardo especialmente para cuando me quiero recompensar. Antes de sentarme a disfrutarlo, guantes de látex listos, destapo mi arma letal y coloco una gota cada dos o tres centímetros. Son minas llamativas, no estallan al pisarlas, sino al llevarlas al nido, o al menos a unos pasos de donde se consumió. Llovizna de cadáveres alrededor de mis platos sucios. Mojo la rejilla, hace su trabajo y la enjuago para dejarlos ir junto con las migas que ansiaban capturar. Lo disfruto, soy una vegetariana traidora y cruel, pero es solo porque recupero mi lugar favorito, mis actividades favoritas.
Cuando nació Jimena me tuve que reconquistar como a la mesada. El puerperio no me deprimió, sino que hizo que volviera a mirarme al espejo como si me encontrara con una viejísima amiga, o mejor aún, con un viejísimo amor. Extrañaba tanto no ser una piñata con dolor de cintura y el café que igual evité por unos meses más. El aumento de peso no me preocupaba más que por la cuestión práctica de tener que ir a comprarme ropa que fuera adecuada para ese nuevo cuerpo. Todo lo hice con las risitas de Jimena de fondo, en cochecito o a upa, llevándose todos los halagos del vecindario porque no se la escuchaba llorar jamás. No lloró, ni siquiera, cuando moría. En la clínica sorprendía su mudez ante el malestar, el silencio con el que se dejaba revisar, mirando todo con los ojos bien abiertos, incluso cuando los párpados se le hinchaban afiebrados. Mi suegra decía que iba a ser de piedra como yo, que cuando saliera de los tratamientos intensivos iba a tener una vida de guerrera por adelante.
La única guerrera que salió de aquel ataque de coronavirus fui yo. Mario lloró en el mínimo funeral que nos permitieron hacer. Esa es una de las imágenes que me quedaron entre lo nebuloso de los días que siguieron a la muerte de Jimena. No me acuerdo de ninguna de las personas que nos atendieron en la funeraria, ni de las que pudieron acercarse a dar su pésame, ni del cortejo fúnebre, ni del entierro, ni del grito desgarrador que dicen que di. Solo me acuerdo de tener los ojos muy abiertos, de sentir los párpados afiebrados y no poder cerrarlos más que para humedecer mis córneas de vez en cuando.
Esa primavera aparecieron las hormigas. Ellas tenían mucho más derecho al título de “guerreras” que yo. Se las notaba decididas a hacer mi vida imposible y así lo hicieron durante más de dos años. De alguna forma, me dieron una razón para vivir o, al menos, para pelear. No podía ganar la lucha con la vida por haberme arrebatado a lo más perfecto que supe hacer, pero sí podía ganarles a ellas. Al fin y al cabo, me avalaban mi cuerpo, que debía ser treinta mil veces más pesado que el suyo, y la ciencia, que ponía en mis manos la sustancia indicada para acabarlas. El mecanismo es macabro, lo admito. Las atrae como un premio a su esfuerzo por explorar y saquear mis alacenas y mi mesada, para luego dejarlas secas e infectar su nido, si llegan antes de morir. Y mientras sus comandantes contaban las bajas y los escuadrones perdidos, yo preparaba un café y escuchaba a Mario leer en voz alta el pronóstico para la semana, o hablar de los rumores de infidelidades en su trabajo, o cómo avanzaba la artrosis de su mamá, o de cualquier otra cosa que no fuera la muerte de nuestra hija, como si nunca hubiéramos tenido una. Al principio sus evasiones me irritaban tanto como las invasiones. Con el pasar de los meses todo se amalgamó en una rutina que yo transitaba una y otra vez sin propósito.
Imposible saber si el último movimiento de mis enemigas había sido premeditado, una suerte de misión suicida, una inmolación, o una casualidad. Escurrí los cadáveres de la rejilla notando que eran menos que otras veces. Se estarán aplacando, pensé. ¿Cuántas hormigas puede haber que lleguen insistentemente a una casa en un primer piso en cada estación del año? Creí estar terminando con ellas y me distraje con el sonido de la pava que llegaba al hervor. No me parecía que ameritara una taza de mi café filtrado, así que me puse a batir el instantáneo y, una vez listo, fui a sentarme cerca de Mario a escuchar lo inocuo que tuviera para llenar el silencio de nuestra relación. Estaba evitando el consumo de azúcar, por lo que el sabor dulzón del primer sorbo me despistó, pero no fue suficiente para alarmarme. El discurso de hoy era sobre el estado del bache de la esquina de casa, yo asentía indiferente entrecerrando los ojos. Para cuando empezaba su idea de juntar firmas para llevar a la Municipalidad yo terminaba mi bebida y veía, en el fondo oscuro de la taza, mi destino sellado en forma de pequeños cuerpecitos que no habían flotado a tiempo. Dejé a Mario hablando solo y corrí hasta la pava para levantar la tapa y entender el sabor acaramelado: decenas de hormigas estaban ahí, habían hervido envenenadas, contaminando así mi café. Decidí no decir nada, la guerra la habían ganado las himenópteras, al fin se terminaba la repetición de las batallas, los cafés, los monólogos de Mario.
No recuerdo qué pasó desde entonces hasta que morí. Estoy segura de que seguí sin llorar hasta el final, preguntándome únicamente si encontraría a Jimena en aquel océano lleno de cucarachas aplastadas y hormigas intoxicadas.
Guadalupe Carvani

