Final de historia

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Llego a casa. Es mediodía. Es la hora del almuerzo, pero no tengo hambre. Mi teléfono suena y me                                        recuerda las mismas cosas que hablé hoy por la mañana con mi psiquiatra: mi ex mujer y mi agente  literario. Claudia, la madre de mi hijo, me reclama la cuota alimentaria; me retrasé un par de  semanas, bueno, casi un mes. Y Óscar, mi agente literario, insiste en que le envíe la novela que  tengo demorada. Claudia y Óscar son buenas personas, sólo cumplen roles. Pero dichos roles son contradictorios con mi vida. Y con mi sueño. Ya van más de tres semanas en que prácticamente no duermo. Todo atrasa mis obligaciones, que cada vez parecen más lejanas, más imposibles, por lo menos así lo siento. Pienso en lo que no puedo realizar una y otra vez, de día y de noche. Lo hablé con mi psiquiatra y me aumentó la medicación, son tres pastillas que debo tomar dos veces al día. 

No quiero imaginar los efectos secundarios, y más aún si las mezclo con alcohol. Quisiera un trago.

Camino por la casa, paso por las distintas habitaciones: mi dormitorio, el comedor, la pequeña cocina y la oscura biblioteca, mi lugar de trabajo. Pero quiero mirarme, saber de mí, así  que me detengo frente a un espejo que tengo al lado de mi escritorio. Me gustan los espejos. Una  vez escribí un cuento sobre uno en el cual, si te mirabas, de inmediato te transformabas en una  estatua de piedra. Los críticos lo despedazaron: según ellos el cuento era demasiado obvio, casi un plagio de clásicos de la literatura. Me defendí diciendo que no entendían la metáfora, pero ni siquiera me respondieron. 

Ahora no me transformo en piedra pero noto mis ojeras, las cuales parecen una tela de araña que envuelve a mis párpados. Me gusta esa imagen, la agregaré a la novela que escribo para Óscar: una tela de araña que va a envolviendo a un personaje. Miro a mi costado y noto justo un arácnido que ha cazado una mosca. El insecto intenta el escape. Mueve sus álas como ventilador. Pero la trampa es tan exacta que sigue allí. La araña avanza a paso seguro. Se acerca, prepara su veneno y se lo clava. La mosca se mueve, pero gradualmente se paraliza. El bocado está listo. La araña se regocija, ya siente en la boca el sabor de su presa. Cuando me doy vuelta para al fin sentarme a escribir la dichosa novela, noto los ojos de la araña calvados en mí. El arácnido me miró, me observó, supo de mi presencia, de mi curiosidad. Es imposible, así que refrego mis ojos y voy hacia el ordenador.

No puedo estar mucho sentado ya que Claudia insiste con el reclamo. Le contesto que ni bien entregue la novela, tendré un adelanto y lo daré el dinero correpondiente para que compre lo necesario para nuestro hijo. No me responde. Así que me levanto y camino. La gente cree que es sencillo el oficio del escritor, piesan que se te ocurren ideas un tanto locas, extravagantes, te sientas a escribir y listo, tenés tu novela, tu libro o lo que sea. Pero no, hay tantas cosas que te bloquean: los conflictos con otras personas, noticias políticas, económicas, necesidades fisiológicas como el hambre y la sed, o tener que ir al baño, o los recuerdos de los traumas de tu vida, o el ruido de la calle, o el sueño, o que no podés dormir, o lo que sea. El escritor es un rebelde, siempre intenta ir más allá de la vida cotidiana, pero no siempre puede. No hay nada más fácil que bloquearse, quedarse sin ideas, que no surja una sola palabra. Podés imaginar miles de historias en tu cabeza, pero de ahí a pasarlas al papel hay un gran trecho. ¿Todas estas reflexiones serán también formas de postergar la novela que debo escribir?

Una vez gané un premio con una historia de fantasmas, llamada “La aparición”. El argumento era simple: a un tipo se le moría la novia, y luego aparecía un fantasma que lo perseguía. Cuando al fin descubría de quién era el espectro (de su novia, por supuesto), ya era demasiado tarde y el personaje, de tanta paranoia, se suicidaba. Ese relato lo escribí en un día. Estaba inspirado. Pero no suele ser así. Insisto, todo el tiempo algo te interrumpe, siempre hay preocupaciones, reclamos o lo que sea. Y eso te pone nervioso, por eso fui a un psiquiatra, para sacarme las preocupaciones de encima. Y, también, por el insomnio. Aunque el insomnio tiene que ver con lo mismo. Quiero escribir y no puedo, entonces mis nervios aumentan y ya no duermo. Es algo químico de neuronas y hormonas y cosas que me explicó el doctor, pero hasta ahora no he podido regularlo. Tendría que buscarme otro trabajo, pero lo único que sé hacer es escribir. En fin, tengo sed.

Voy a tomar agua. Llevo el vaso hasta mi boca, cuando de repente ingresa un viento fuerte por la ventana que genera un intenso chillido, y las cortinas se sacuden. Pensé que las ventanas estaban cerradas, pero se ve que no. Del susto tiré el vaso y estalló el vidrio contra el suelo. 

Me olvido de la ventana y el vidrio del vaso roto, ya que recibo un mensaje. Óscar me consulta cómo voy. Le miento con supuestos avances. Le prometo un adelanto para mañana. Quizá hoy no tome mis medicinas psiquiátricas, así por la noche en vez de dormir me quedo escribiendo. 

Por las noches, unos cuantos años atrás, escribí una novela policial, que titulé Muerte adelantada. Era la hisotria de una serie de asesinatos a ancianas. Alguien entraba a los hogares de mujeres adultas y les metían un tiro. No había robos, no había nada: sólo una vieja muerta. Luego de muchas idas y vueltas al fin se descubría al asesino: un enfermero de un hogar geriátrico con serios trastornos mentales que había sido maltratado de niño por su abuela. Muchas veces los objetos me han servido para escribir, a modo de inspiración. En aquel momento, me compré una Magnum 45. Nunca disaparé un sólo tiro, pero siempre la tuve cargada. Quería experimentar cómo era manejar una pistola para darle mayor verosimilitud al policial. Lo logré, ya que recibió muy buenas críticas. Aunque fue, también, la gota que rebalzó el vaso en mi matrimonio. Sebastián, mi hijo, apenas tenía dos años. Un día, Claudia encontró el arma en mi escritorio. Hizo un escándalo, gritó, lloró, me echó de la casa. Me vino bien: la paternidad nunca fue lo mío. Me sirvió para encerrarme en un nuevo hogar lleno de libros y mandarle una mensualidad para que ella se ocupara de nuestro hijo. Acepto que no soy un buen padre. Lo mejor para Sebastián fue que yo me alejara. 

Hoy a mi hijo lo veo cada tanto en alguna plaza y nos llevamos bastante bien. Él sabe que tiene un padre así, que es mejor que no tenerlo como me pasó a mí. En cambio a la Mágnum sí la veo todos los días. Está en la biblioteca, rodeada de libros, esperando una cita con su destino.

Me puse a pensar tantas cosas que no me di cuenta que la ventana quedó abierta y de nuevo el viento sacudió las cortinas, y otra vez un chillido, quizá más fuerte que el anterior, interrumpió el silencio de mi hogar. Pero esta vez la cortina no sólo se agitó, sino que al mismo tiempo dibujó una silueta humana que parecía moverse, o bailar al compás de una música inexistente, una danza de ritmo aterrador, cuyo único sonido era el chillar producto del viento ingresando a mi casa. ¡Por Dios, las cosas que imagino! Qué mente perturbada la mía. Tendría que haber tomado mis medicinas. A lo mejor no sólo me permitirían dormir, sino también evitar alucinaciones y delirios. 

Aseguro la ventana para que ya no se abra. Me gustan las historias de fantasmas. Me ilusiona, aunque también me aterra, la idea de una continuidad de la vida más allá de los inciertos límites humanos. ¿Y si no son sólo creaciones literarias, sino que los fantasmas existen realmente? 

Existen tantas cosas que no conocemos, la ciencia no lo explica todo, lo que ayer era una verdad irrefutbale hoy es un absurdo.

En definitiva, miro la cortina, la acaricio. El personaje de “La aparición” creía en el amor, en la eternidad, pero tenía miedo y no pudo aceptar la verdad de una presencia espectral. Yo no creo en nada de eso. Así que me retracto, los fantasmas no existen y punto, no debo darle tantas vueltas al tema. De repente, la luz de la biblioteca, donde espera el ordenador encendido, titila, en breve se quemará y tendré que cambiarla. Voy hasta allí pero me freno. Recuerdo algo: En el cuento “La aparición”, la luz titilando era una señal, la primera manifestación del fantasma. Inspiro y exhalo, cierro los ojos. Necesito mis medicinas, o un trago.

Descorcho el vino que la editorial me regaló en la publicación de mi última novela. No necesito copa, bebo de la misma botella. Trago rápido, sin saborear. De reojo observo cómo la luz de la biblioteca sigue titilando. En esa habitación también está la Mágnum. 

A veces pienso por qué escribo lo que escribo. Así como el enfermero de Muerte adelantada, mi abuela también fue violenta conmigo. Yo estaba a cargo de ella, y mucho no le gustaba criarme. 

Así que cuando cometía errores o travesuras de niño, por más mínimo e insignificante que fuera, la golpiza era terrible. Le doy más tragos a la botella y recuerdo su mano arrugada estrellándose en mi cara, la hebilla de su cinturón rebotando en mi espalda. Inspiro, exhalo. Qué difícil, a veces, encontrar aire que respirar. ¿Será el fantasma de mi abuela el que me visita cada vez que intento una novela, un cuento o lo que sea?

Camino por mi casa. La luz de la biblioteca ya no titila. La botella de vino quedó sobre la mesa, pero mis miedos siguen aquí. No sé qué hora es. Quizá de noche, quizá de día. A lo mejor vuelva a la biblioteca y trabaje con el libro, no quiero una demanda por incumplimiento de contrato y necesito ese dinero para mi niño. En la novela que estoy escribiendo, relato una noche, una sola noche, donde desde el infierno comienzan a subir a la Tierra distintos demonios y bestias que asotarán a la humanidad. Un viejo sacerdote es quien invoca, leyendo antiguos pergaminos, a las bestias del infierno. Pero, una vez arrepentido, será el mismo sacerdote quien luchará contra dichas monstruosidades. Aún no llegué a esa parte, pero en mi cabeza ya diseñé la historia. ¿Acaso ya he invocado a los demonios de mi propia vida y aún no los enfrento? ¿Será que el infierno se convirtió en mi cotidianidad?

Entro a la biblioteca. Miro los libros, ordenados de modo caprichoso, por gusto nomás o porque quedaron ahí de pura casualidad. La computadora sigue encendida, la mosca inmovilizada —la supongo muerta— en la tela de araña, y el foco iluminando como si nunca hubiese titilado. Y la Mágnum, cargada y escondida entre los libros. Pero lo que me paraliza y acelera el pulso y la respiración es que, pese a que la ventana está cerrada, la cortina se mueve. No hay aire, no hay viento, no hay nada que justifique dicha acción, pero la cortina se mueve. Sí, lo recuerdo, en “La aparición” también pasaba algo de eso. Estiro mi mano, pero no me animo a tocar ese pedazo de tela que, silencioso, se sacude de la nada. Cierro los ojos por un instante. Cuando los abro, la cortina está quieta, como si no hubiese pasado nada. Estoy nervioso, sin dormir, y además tomé vino. No tendría qué hacerlo, pero me tragaré unas cuantas pastillas de las recetadas por mi psiquiatra: quizá eso me ayude a relajarme.

Dejo el blíster de medicación sobre la mesa, al lado de la botella de vino vacía que sirvió para empujar las pastillas hacia mi estómago. Miro la hora. ¿Cómo pasó tan rápido, ya es cerca de medianoche? Y yo que no escribí aún ni una sola línea de la novela. Apago el teléfono y la pantalla se convierte en un espejo oscuro. Me toco el rostro, mis dedos se mueven sobre mi cara. ¿Y ahora qué? Un sudor frío baja por mi espalda ya que siento una piedra que crece en mi piel. ¿Qué está pasando aquí?

Me lavo la cara con el agua desde el grifo de la cocina. Racionalizo: estoy nervioso, sin dormir, tengo muchos problemas como el dinero que aún no pasé para mi hijo, o como la presión de Óscar, o el miedo ante una posible demanda por incumplimiento de contrato, o los recuerdos de las golpizas de mi abuela. Quiero caminar, moverme, pero cuando lo hago una astilla del vaso roto que quedó en el piso se clava en mi pié. Y sangra. Y la sangre sale roja, sin pedir permiso. Me siento en un silla y con los dedos me arranco el pedazo de vidrio y llevo sangre a mi lengua. ¿Me estaré convirtiendo en el vampiro de un cuento inédito mío? En ese relato, el vampiro no toma cualquier sangre, sino la propia. Bebe tanto hasta que se desangra y se seca, transformándose en un cadáver. 

Un vampiro que se asesina a sí mismo. Trago mi propia sangre y pienso si acaso no estoy bebiendo mi propia vida.

Camino, mejor dicho, rengueo. Me duele la pierna donde me calvé el vidrio, lo cual es bueno ya que así me olvido de otros dolores. Quizá al fin siga escribiendo la novela. Voy caminando por el pasillo por el cual ingreso a la biblioteca y me detengo ya que de repente la luz se prende y se apaga, una y otra vez, sin cesar. Y un silbido de viento surge de la nada y sacude las ventanas. Y ahora los sonidos acompañan a una risa que no sé de dónde proviene. Pero es una carcajada que se ríe de mí, que se burla, que me aterra.

Basta. Corro, rengueando pero corro. Quiero escapar. Pero no siempre se puede huir del destino. La puerta no se abre, las ventanas tampoco. Golpeo la entrada con mis puños, le doy con toda la fuerza posible, pero no se mueve. Miro mis manos: sangran. Sangre que de inmediato llevo a mi boca y, en mi paladar, se transforman en un gusto amargo y metálico. Lloro, lloro fuerte, pero no por los puños ensangrentados, sino porque no hay escape posible, ni de esta casa, ni de mi vida.

Tengo el teléfono en mi bolsillo. Podría llamar al novecientos once, pedir ayuda. ¿Pero qué diría? Me internarían en un loquero de por vida, y eso no es una solución, así que ni lo agarro. 

Inhalo, exhalo. Tengo que pensar. ¿Qué demonios pasa acá? Demonios, sí, no hay demonio más poderoso que el que invocamos a la hora de escribir y no sé por qué algo de eso está pasando aquí; lo siento, no estoy pensando de una forma clara, me duele la cabeza.

De pronto, la carcajada siniestra desaparece. Agitado, me acerco hacia la ventana, voy apoyándome en la pared, a paso lento pero firme. Ahora la cortina está quieta. Avanzo hacia la biblioteca, la luz está prendida, sin ninguna alteración. Pienso en mi hijo, cuál será su destino, ¿leerá alguna vez mis libros? ¿Le gustarán? ¿Qué opinará de la perturbada mente de su padre? 

¿Imaginará, acaso, que en plena noche de demencia, su sólo recuerdo me ha dado algo de paz?

Agazapado, ingreso a la biblioteca. Observo la computadora. Aún sigue encendida. Es cuestión de acceder al procesador de textos y escribir lo que estoy viviendo esta noche y quizá pueda dejarle a mi hijo como herencia los derechos de autor de una obra que aterrará a cualquiera que se le anime. Así que doy nuevos pasos cuando de pronto la puerta se cierra detrás de mí, y una cortina se agita otra vez, y la carcajada es más fuerte, y la luz se enciende y se apaga con más velocidad. Fantasma, ¿qué querés de mí?, grito. Y la única respuesta es la risa loca, el agitar de las cortinas y la intermitente luz que altera a mis pupilas. Repito la pregunta, la respuesta es la misma, así que me apoyo contra un escritorio. Lloro de vuelta, no quiero esto, no quiero que pase así, quiero escribir, nada más que escribir, quiero que mi psiquiatra me medique y detenga esta locura, esta pesadilla no puede ser cierta.

Envuelto en llantos y gritando sonidos sin significado, doy pasos ciegos, me choco con cosas, supongo que muebles, caen libros al piso. Muerdo mis labios para sentir algo distinto, para que el dolor reemplace al miedo; y las pupilas gustativas enseguida detectan el ácido sabor de mi sangre, como le pasaba al vampiro en mi cuento inédito.

Llego hasta el escritorio, apoyo mis dos manos y miro fijo el ordenador. Observo la hora: ya es medianoche, el horario en que en la novela el viejo sacerdote provoca la llegada de los demonios.

Hasta que de reojo, en mi costado, presiento algo distinto. Giro y me pongo frente al espejo, y ahí lo noto. Piedra, una rocosa piedra, está recubriendo mi rostro, al igual que sucedía en aquel cuento que los críticos literarios detestaron. Pero esta es mi cara y mi piel se endurece, son mis poros los que se van tapando. La luz titila y la risa se hace más aguda, más aterradora. Ya no sé qué es real, ni qué producto de mi alterada mente. Mi respiración se agita cuando la araña que tenía atrapada a la mosca, salta a mi mano y me muerde, y, así como en mi cara avanza la piedra, ahora mi brazo se comienza a cubrir de la tela, tal cual lo quería agregar en la novela que quedará inconclusa.

Lo siento hijo, pero al igual que el personaje de la historia de fantasmas, yo no aguanto más. 

Así que me dirijo hacia la biblioteca. Tiro unos cuantos libros hasta que encuentro a la Mágnum. 

Cierro los ojos y veo la sonrisa de Sebastián, de mi hijo, cuando jugamos en la plaza, sin ningún tipo de compromiso ni obligación más que de ser felices. Con las cortinas agitadas, la risa aguda y aterradora y las lucen que van y vienen, llevo el arma a mi sien. Demos un buen final, a mi triste historia.         

Pablo Castro

Pablo Castro
Pablo Castro
Es psicoanalista. Escribe en el portal Psum. Coordina talleres literarios, tanto en instituciones como de manera particular. Co conduce el podcast Low Cost Radio. En 2017 publicó un libro de cuentos titulado Carne de Aleph (Peces de ciudad ediciones) y en 2018 la novela El flaco que quería ser Perón (Editorial Hinvisible

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