Iván

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De un momento a otro puede cambiarte la vida. Como aquella noche en que entendí cuánto de tóxica y retorcida se había vuelto mi relación con determinados hombres: los que se llaman Iván. Tres Ivanes entramaron todas las posibilidades de imaginar el amor.

Al primero lo conocí en un bar de la ribera, una madrugada de verano; no teníamos veinte años aún cuando nos vimos recostados en la persiana baja, después de que todos se fueran. Malabarié un cigarrillo cerca de su mano —que en mi mente significaba estar arrimando mi boca a su fuego—, y en ese momento descubrí cómo la desolación iba a colarse en todas las horas que sobrevendrían: Iván me prendió el pucho y se retiró sobre sus pasos, casi sin mirarme. Seguí consumiendo nicotina, mezclada con la abstinencia de unos labios perdidos. Creo que nunca le dije cómo me llamaba, ni dónde vivía ni de qué lado de la cama me gustaba más dormir.

Iván, el primero, desencadenó una resistencia frente a la I, tan altiva, aguda, fálica, cínica, puesta a la cabeza de todos los modelos amatorios con los que me condené al recelo. Un segundo Iván llegó a fisurar esa muralla. En una clase de tango me marcó un pívot en el que casi termino arrastrada al suelo, si no fuera por una mano firme que me ascendía hacia una voz aún más alta diciendo que todo iba a estar bien.

un rayo misterioso—

¿Cómo te llamás?

Iván, ¿y vos?

luciérnaga curiosa—

Laura

Laura de La Boca

¿Qué?

Siento que tenés apellido de barrio.

Su vitalidad para la palabra venía a hacer nido en mi pelo y a desenredarme cualquier sentencia construida en un pasado que no quería repetir. Llegaron los días en que Iván pasaría por casa unas horas antes de cada clase, haríamos el amor, dormiríamos la siesta, nos bañaríamos juntos y nos iríamos juntos a la milonga. Casi no bailábamos con nadie más, luego volvíamos sobre la misma rutina de sábanas. Pronto nos encontrábamos en cualquier parte del barrio, tomábamos mates en el río, nos besábamos a la vista de todos. Adoptamos un perrito de la calle. Él aparecía en el hueco de mi cintura en una librería. Yo le deletreaba los trazos de un cuadro al oído.

Era silencio —un silencio estruendoso de ecos envolventes en pasillos desolados— lo que conjuraba a este Iván, que mucho tiempo antes había desaparecido en los brazos de otra mujer, mientras yo lo retenía e inventaba en los brazos de todos los hombres que no quería mirar a los ojos, para no romper el conjuro. Iván volvía a ser mi capricho disociativo más cruel. Me infligía con él una soltería protectora, reía con su voz almizclada, lo sabía a mis espaldas llegando a cualquier lugar donde ya había acabado dos copas.

Iván no tenía rostro. Era la creación desarticulada de cualquier realidad, bastante bien controlada, una manipulación de todo lo que deseaba desear sin el riesgo que significa tenerlo conmigo, ni tenerme para él. Era un éxtasis de pasiones compartidas, con los rasgos de un chico que no se iba después de prenderme un cigarrillo o de haberme sostenido en una pista.

Era lo que yo estaba siendo con su presencia. Iván me sacaba de mí.

Nunca fue tan rápido caer del cielo al duelo.

Pronto aprendí a descartar el mínimo contacto con cualquier ser que llevara su nombre, me resultaba insoportable pensar en un alterego, arruinando el guión que le había predestinado. Sentía vergüenza de mí misma al verme escuchando a un Iván mientras pensaba en otro. En lugar de eso, insistí en los hombres-nombres que aún no habían calado. Insistí, sí, esa es la palabra. Pretendí con un hambre obsceno a cualquier otro que pudiera desarticularme. Me quedé en las zonas de peligro a inspeccionar por dónde descoser sus banderas rojas, me obligaba a elegir sus elecciones, me rutinaba con sus horarios. Insistía en controlar todos los procesos que no podía saber cómo iban a estallar. Salía con dos o tres tipos a la vez para no perder tiempo. Diseñaba interrogatorios que los volvieran infalibles o descartables. Necesitaba encontrar pronto a quien me arrancara el antojo obtuso de su nombre. Hacía con ellos y conmigo lo mismo que le hago a mis plantas: siempre las riego de más, hasta matarlas. Siempre presiono el corazón de más, hasta saber que hay algo ahí adentro.

Vos estás mambeada, después te voy a mandar un ritual para desamarrarte. Seguís practicando esas esferas de energía, ¿no?

¿De qué hablas?

No te hagas la tonta, sé lo que hacés cuando nadie te ve. A mí no me podés mentir.

No digas nada, por favor.

¿A quién le voy a decir, pava? Pero cuidate las manos, mirate esas marcas, no son normales.

Me despidió con un beso mientras frenaba el 9. Me quedé tildada sobre la nube de humo que arrastraba hasta perderse en la Vuelta de Rocha, con la voz de Don Fermín sonando en la esquina:

¡Niebla del Riachuelo!

Amarrado al recuerdo,

yo sigo esperando…

El cielo se alzaba entero sobre los puentes desabrumados. Aún me sobraban horas y no tenía ganas de ir a ninguna parte. En realidad, no sabía explicar muy bien qué es lo que estaba queriendo hacer. Pasé a buscar una Quilmes por el kiosco y doblé en la vía. Los dedos me cosquilleaban. Cómo se dio cuenta, qué bruja hija de puta. La amo. Me entra una llamada de número desconocido que rechazo. Abro la lata –cuánta paz en ese clic–, me mando dos tragos, pasa un pibe en bici y detrás de él queda un grito ahogado. Podría ser tu madre, pendejo. Y la sola idea de los años que cargo ya me atora la garganta.

El teléfono insiste y calla. Llega un mensaje:

Ritual de desamarre: Escribí en un papel tu nombre y el nombre de la persona de la que querés liberarte. Rompelo en pedacitos y prendelos fuego en un recipiente de metal. Guardá las cenizas y buscá una imagen con la que simbolices la frialdad. Llevalas a ambas a un lugar que te transmita pasión, elegí un momento tranquilo en el que puedas quedarte a hacer el ritual. Cuando hayas llegado, buscá un lugar a solas, si tiene elementos naturales (tierra, agua) mucho mejor. Escribí en la mano izquierda tu nombre y en la mano derecha el nombre de la otra persona. Luego, vas a besar tu símbolo de la frialdad y a frotarte las manos con las cenizas. Visualizá una esfera de energía entre tus manos y, dentro de ella, cómo se calcina el vínculo. Es posible que se desaten señales durante o después de realizar el ritual. Es importante que no lo abandones hasta estar segura de que cumpliste con el objetivo.

Qué carajos, amiga.

El celular vuelve a sonar:

Amiga qué me mandast…

Vení, rápido.

—No es ella—

Qué… Quién sos.

Iván. Vení.

Corté del pánico, me temblaba hasta el alma. Terminé la lata de una y me tiré en el piso, aplastada por la luz del cielo. Tiene que ser una joda, sí, seguro que es un preso en Devoto que me quiere cagar. Me levanté del piso mareada, volví a leer el ritual y no entendía por dónde empezar. Fue cuando la vi. Enfrente, al fondo de la vía. Inmensa y oscura. La que no tiembla: late.

-un lugar que te transmita pasión-

Tengo que hacerlo.

En dos boletos de colectivo viejos escribí Iván y Laura. Los prendí fuego dentro de la lata

vacía de cerveza. Los restos de alcohol hicieron una llama violeta, rara y hermosa. Y encaré a La Bombonera.

A esa hora terminaban las visitas al museo, entré como una turista más y me escabullí al pasillo de cruce con el estadio. Pasé por el mural del Diego a pedirle luz y perdón de antemano. Me escondí abajo de las gradas, hasta que no escuché más que el silencio. Ya en el pasto, de rodillas hice la cosa más asquerosa de mi vida: busqué en internet una foto del escudo de River y lo besé. Me tiré las cenizas en las manos y empecé la magia.

Yo no sé si fue la cerveza, el pánico que arrastraba en mis piernas o el desamor atascado por años, pero automáticamente no podía dejar de llorar a los gritos. Las manos me quemaban como nunca antes. Tenía miedo de que me encontraran así, tan espantada y excitada a la vez. La luz crecía más y más hasta empujarme contra el pasto, con los brazos y las piernas abiertos de cara al cielo, agitada, empapada, la energía era una estrella y mi cuerpo una masa contorsionada aplastada por ella. Y yo veía a esa estrella devorar todo a su paso. Veía a La Bombonera dorada, veía a Iván agitando en la hinchada. Veía a Iván baleado por la policía. Veía a Iván chapando con otra. Veía a Iván pidiéndome fuego. Veía a Iván acurrucado contra una columna del club, con miedo a hablarme.

Iván.

¡Flaca! ¡Salí de ahí!

Iván.

¿Qué mierda estás haciendo?

Vos te pensás que podés desaparecer y reaparecer cuando querés.

Morite Iván.

Morite.

Muchos días después, cuando desperté en el Argerich, supe que un guardia de seguridad me había sacado del derrumbe, peleándose con una loca que le arañaba la cara a puteadas. En la radio hablaban de un cráter abierto en el medio de la Bombonera.

Cambiame la radio, ¿podés? –le pedí a la enfermera. Y movió el dial.

¡Niebla del Riachuelo!

De ese amor, para siempre

me vas alejando.

Nunca más volvió.

Nunca más la vi.

Nunca más su voz nombró mi nombre junto a mí…

Nunca más.

Paula Gambino

Paula Gambino
Paula Gambino
Mar del Plata, 1988. Profesora de Historia, docente en escuelas secundarias y en la Facultad de Humanidades (UNMDP). Cursa estudios de posgrado sobre narrativa autobiográfica y autoetnográfica en educación. Participa en talleres de escritura creativa y lecturas abiertas de poesía. Ya no se acuerda desde cuándo escribe ni por qué. En 2026 publicó su primer poemario “Es preciso desatar un incendio” (Editorial Halley), además de circular fanzines autogestivos. Desde su proyecto Poética del Caos explora los cruces entre collage, escritura, política y pedagogías.

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