1
Cuando un niño se pierde en la playa, la gente aplaude. Las palmas comienzan junto al niño, generalmente sentado sobre los hombros de algún adulto, y poco a poco se propagan en un radio cada vez mayor. El ritmo es lento, monótono, se confunde con el mar: invita a cerrar los ojos y a dormir. Estar alerta es imposible. Nadie va a la playa para estar alerta. Por eso no es extraño que la madre o el padre del niño tarden en reaccionar, incluso luego de haber estado, ellos también, aplaudiendo; porque, en la playa, todos hacen lo que todos hacen: tomar sol, mate, saltar olas, aplaudir. En algún momento, la madre o el padre comprenden que su hijo no está donde debería estar y dirigen su mirada hacia el epicentro de los aplausos.
2
Cuando ven a su hijo, un poco avergonzados, avanzan entre personas, sombrillas y palas de plástico hasta donde este se encuentra. Agradecen al adulto que lo llevó en andas, reciben algún reproche, toman al niño en brazos, lo besan y emprenden el camino de regreso. Es habitual que, a continuación, el reproche lo reciba el niño por no haber respetado las indicaciones dadas ni bien llegaron a la playa. Y el niño mira a su madre o padre, en silencio, con ojos nuevos, ojos que ninguno de ellos interpreta correctamente. Atribuyen al miedo de haberse perdido esa extraña, siniestra, expresión. La mirada en sí no tiene nada de malo, al contrario, es como si el niño encontrara todas las cosas nuevas, interesantes, como si estuviera descubriendo el mundo por primera vez. En realidad, está viendo todo por primera vez. Porque cuando un niño se pierde en la playa, el que es entregado a sus padres luego de los aplausos no es el mismo niño. Se trata de otro.
3
La secuencia es siempre la misma. El niño está solo en la orilla. Quizás está cavando un pozo para hacer una pileta. Quizás se acercó con un balde para recoger un poco de agua y regresar pronto junto a sus padres y hermanos. Entonces, mientras cava en la arena o carga el balde, escucha que lo llaman. Vuelve la cara hacia sus familiares pero están entretenidos en otra cosa: conversan, leen, juegan a la generala; no le están prestando atención. Nuevamente, oye su nombre. Esta vez mira hacia el mar. Las olas, la espuma, los bañistas. Y un rostro. O la mitad de un rostro. Ve la cabellera negra, la frente blanca, los ojos verdes emergidos. Esos ojos verdes lo llaman. El niño deja caer la pala o el balde y camina hacia esos ojos. Los pies, los tobillos, las rodillas, la cadera, el torso, la cabeza. El niño ha desaparecido.
4
Minutos después, dejando atrás unos ojos verdes que lo observan, aparece el niño. Poco a poco emerge del mar. La luz del sol le hiere los ojos pero la tolera: ya se acostumbrará. Se detiene frente a la pala o el balde y los recoge, no por un deseo propio —pues ignora qué puede hacer con ellos— sino porque así se lo han dictaminado. No se pone a jugar. No sabe qué es jugar. Y si lo supiera —lo sabrá, más adelante— no importaría: no hay tiempo para esas cosas. Levanta la vista y mira la multitud, va deteniéndose en los rostros, que en general pasan junto a él con indiferencia. Algunos, ancianos en su mayoría, lo miran y le sonríen, pero nada más. Hasta que, finalmente, alguien se acerca hasta él y le pregunta si está perdido. Tarda en responder. Su cerebro ha asimilado la sintaxis de esa lengua extraña, también su léxico, pero los músculos de su boca no están preparados todavía ni siquiera para una palabra tan simple. Sí, dice al fin, y los aplausos comienzan.
5
En menos de una semana, el niño hablará como cualquier otro de su edad, incluso mejor. Sus padres estarán más tranquilos, dejarán de lado los temores y la culpa por no haber sido más cuidadosos. Al verano siguiente, se sentirán mejor aun, al ver que su hijo no le teme a la playa, ni al mar: al contrario, parecerá revivir cada vez que se acerque al aire salitroso de la costa. Lo verán dibujar sirenas, tritones y otros monstruos marinos. También, edificios de estructuras imposibles y símbolos de un idioma ignoto. Estarán maravillados con su creatividad. Cualquier daño, pensarán, ha quedado reparado. Y, sin embargo, más seguido de lo que les gustará reconocer, notarán en su hijo un abandono en la mirada, una gelidez en el decir. Será desde entonces y, para siempre, un ser melancólico y solitario. Crecerá. Tendrá una profesión. Un trabajo acorde a sus capacidades extraordinarias. Formará una familia. Pero siempre llevará, hasta en el gesto más cotidiano —cepillarse los dientes, atarse lo cordones, detener el auto ante la luz roja del semáforo— la sombra de una ausencia.
6
Un día, mientras esté disfrutando el atardecer en la playa, con sus hijos reposando y sus nietos construyendo castillos de arena, sentirá otra vez —o por vez primera, en realidad— la voz que lo llama desde el mar. Quizás porque su misión esté finalmente cumplida o porque, por su avanzada edad, sea incapaz de seguir llevándola adelante. Solo él verá los ojos verdes que lo esperan y supondrá la sonrisa bajo el agua. Sin que nadie le preste atención, caminará hacia allí. Los pies, los tobillos, las rodillas, la cadera, el torso, la cabeza. Habrá desaparecido.
7
Más tarde aparecerá nuevamente en la orilla. Mirará maravillado la costa, los edificios que se recortan sobre el horizonte, el disco naranja muriendo detrás de ellos. Los pocos recuerdos que aún retendrá de su niñez se agolparán en su mente. No reconocerá a esa mujer, ni a ese hombre que lo tomarán por los hombros, que le dirán papá, que le preguntarán si está bien, ni entenderá ese espanto que brillará, como el sol moribundo, en esos ojos.
Francisco Costantini

