Borges miente

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 — Entonces, ¿no es un matemático? 

— No precisamente. No de los puros. Es un aficionado, aunque nadie puede negar sus atributos. 

 — Tan callado y observador, cuasimilimétrico. Nunca hubiera sospechado que Guillermo pudiera engañarnos. No digamos nada, esperemos a que mañana llegue.  

 — Lo olvidaba… no es Guillermo Acevedo como se lo conoce. Su nombre es Jorge Luis Borges. Diseñó esta gran ficción que simuló su oficio. Es, en realidad, escritor. Borges miente. 

Cuando escribió “Examen de la Obra de Herbert Quain”, en 1941, cursaba la Licenciatura en Ciencias Matemáticas en la Universidad de Buenos Aires y el encanto por aquella disciplina lo obsesionó. Años después formaría parte como miembro vocacional del Centro de Matemáticos de la Universidad lo que lo dotaría de valiosa información reservada para pocos.   

Por entonces llevaba cada detalle a la máxima abstracción, nada escapaba de ser un potencial problema que pudiera ser resuelto a través de análisis matemáticos. Se sabía poco experimentado pero eso no impedía que inventara posibles causas a supuestos desenlaces que -intuía- pocos podían refutar. Fue, sumergido en su obsesión, que escribió aquel cuento. Cursaba Probabilidad y Estadística sin que ningún registro haya quedado de su paso más que una firma, a la que no pudo negarse, en una hoja de asistencia.  Tendrá el lector ahora que decidir si creerá o no en esto que denuncio; de lo contrario, deberá abandonar la lectura. 

Lo fascinaban los teoremas y era constante su ingenio para pergeñar múltiples escenarios que explicaran lo que sucedía; es así que llega a la escritura del cuento. Sabía que, a través de la ficción, podía volcar lo que aprendía, pero también y sobre todo lo que estaba decidido a inventar. No temía a la crítica literaria, se sabía bueno para esos asuntos, su principal temor radicaba en sostener frente a los miembros de la comunidad matemática porteña un saber formal del que carecía. No había afirmado estar diplomado y nadie lo había invitado a acreditar dicha condición. A todos le bastaban sus intervenciones, sus aportes, la mirada afilada, acaso filosófica y cuestionadora, acerca de axiomas que hasta la matemática misma había resuelto simplemente tenerlos por ciertos. 

No fue hasta que conoció la Teoría de los Problemas Inversos que su obsesión se convirtió en una tarea de hallazgos cotidianos, obligándose a encontrar posibles causas a todo lo que ocurría. Muchas de estas cuestiones las llevaba a las reuniones de la comunidad para debatirlas ya que todos coincidían en una premisa: la matemática estaba en todas partes.  

No es posible precisar el momento exacto en que el cuento comenzó a escribirse. Es posible, sin embargo, decir, que una tarde decide releer fragmentos de la Divina Comedia y, al sacar el libro de la biblioteca, cae otro de sus ejemplares en su traducción al inglés. Borges pudo atribuir a la caída una causa trivial, pero no lo hizo. Abrió el primer libro –aquel que pretendía leer- y pensó en todas las posibles, acaso infinitas probabilidades de que al sacarlo, cayera el otro libro. Así, fue atribuyendo causas a las causas ya creadas, ramificando el episodio de la caída en infinitas posibilidades que concluían en un único efecto: la caída de la Divina Comedia en su traducción al inglés.  

Lo cierto es –aquí, nuevamente, el lector deberá decidir si cree o no en mi denuncia- que Borges esa tarde no leyó la edición que había elegido; la caída del segundo libro ocupó todas sus horas y las que le sucedieron hasta que, llegada la noche, no satisfecho aún con sus múltiples elucubraciones, decidió escribir los fundamentos de April March, (el cuento del cuento) de “Examen de la Obra de Herbert Quain”. 

Primero escribió: 

 F(m)=d, donde m (causas) representaba el efecto (d). 

 Entonces, pensó:

 F(m1)=d, F(m2)=d, F(m3)=d,…, F(mn)=d donde una multiplicidad de causas (mn) generaban un único efecto (d). 

 Y finalmente se preguntó: ¿cuántas causas podrían haber generado la caída del libro que hicieran torcer su voluntad y terminara cayendo el ejemplar no elegido?

  Dedicó esa noche al pensamiento. Las causas se multiplicaban y todas explicaban un efecto único. Una de ellas era de índole accidental: tropezaba con uno de los pies de su biblioteca,  se tambaleaba sobre ella y el ejemplar caía. Otra sobrenatural: una noche vio cómo una luz arrastraba el libro del estante hasta que finalmente cayó al suelo. Otra psicológica: creyó haber leído en su lomo una inscripción en español pero al sacar el ejemplar comprobaba que era el otro. Como ramificaciones, unas eran premisas de otras,  de forma que existían así tantas causas como subcausas y todas arrojaban un único resultado: la caída del otro libro.

 Al siguiente día llevó sus notaciones a la reunión del comité que, por entonces, tenía sede en calle Güiraldes al 2100. Su libreta de enrolamiento, un cuaderno y un par de hojas sueltas, donde había escrito y tachado y vuelto a tachar su argumento deductivo sobre las causas y el efecto de la caída, era todo lo que llevaba consigo. Buscó torcer el cauce del discurso, logró con su retórica imponerse al orden del día y que uno a uno se concentraran en sus papeles sueltos y tachados. No se iría de allí sin asegurar la verdad de aquella proposición matemática. Sigiloso, se acercó a cada uno y fue mostrando sus recortes; no hubo aquella tarde quien haya opuesto objeción alguna. Algunos tomaban sus papeles y se los mostraban a otros, Borges seguía con la mirada el recorrido de sus notaciones, hasta perder la cuenta de las veces que habían pasado de mano en mano. Se retiró antes con la excusa de un compromiso que supo fingir. Ya lo tenía, todos habían afirmado la verdad de aquellos enunciados y le dieron, sin saberlo, el plan perfecto. 

Supo que tenía una trama, supo también que no la aplicaría a un cuento propio de forma directa, fue así que nace “Examen de la obra de Herbert Quain”. Para su desarrollo, pensó que la teoría debía estar contenida dentro de otra o, mejor aún, de una narrativa igual de ficticia que esta para lograr dentro del cuento el mismo efecto. Creó cuatro reseñas ficticias, de cuatro obras más ficticias aún, escritas también por un ficticio personaje. April March fue el producto de su obsesión, supo escribir: “Quizá un esquema ayude a comprender la estructura” y dibujó. Buscó en sus notas la única que contenía el esquema pero no la encontró. Las llevaba dentro de su libreta de enrolamiento, que tampoco encontraba. Sospechó haberlas perdido de regreso a casa. Tenía muy fresca la discusión de manera que pudo reproducirla a la perfección, incluso introdujo detalles que no se correspondían con su original. Poco se lamentó por la pérdida, tenía, en cambio, el producto final que lo había obsesionado durante meses. Aquella tarde solo escribió.  

—Alguien olvida su libreta— dijo el secretario antes de que todos abandonaran la sala. Los asistentes respondieron que no les pertenecía. La persona la abrió, era de un cuero rígido, aunque dañado por el tiempo, de color marrón. Leyó en voz alta un nombre que desconocía.  

— ¡Jorge Luis Borges!— gritó.  

Nadie acusó recibo. Cayeron, también, algunas notas al suelo. 

Lucía Cass

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Lucía Cass
Lucía Cass
es estudiante de la Licenciatura en Economía (UBA), también abogada por la UNMDP. Después de explorar durante años el vínculo entre Derecho y Literatura, encuentra en la matemática un nuevo territorio de fascinación y diálogo con la escritura. De esa búsqueda nace el cuento que aquí se publica. Formó parte del equipo de guiones de TEDx Mar del Plata (ediciones 2014 a 2016). En 2019 ganó el primer premio del concurso literario “Valijas con historias IV”, un año antes obtuvo el segundo premio en el mismo concurso. Ganó la convocatoria para integrar el Instituto peruano de Derecho y Literatura (2020-2022). En 2023 publicó No te mueras dos veces (Vinciguerra / Nuevo Cauce), su primer libro de cuentos. Orgullosamente marplatense y radicada en CABA desde 2025, su ciudad por elección.

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