China tiene la culpa

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Fue para Navidad. O año nuevo. Casi le parte la cabeza a mi primo. Pensamos que era la luna. No sé por qué pensamos que era la luna. Pero estábamos seguros. Sonaba lógico. Quizás porque estábamos borrachos. Primero insultamos. Pero después nos dimos cuenta de algo trascendental: si era la luna, todo se terminaba ahí mismo. La noche de Navidad, o de año nuevo, se terminaba el mundo. Entonces me acerqué. Y les dije a todos que se quedaran tranquilos. No era la luna. Era un pedazo de chapa. De un avión. No, de un satélite. O algo así. Nos alegramos. El mundo no se iba a terminar. A la media hora cayó el primer pedazo grande y se prendió fuego la casa. A las tres horas casi toda la ciudad estaba en llamas. Los noticieros anunciaban que el más grande de los satélites, uno ruso, caería diez kilómetros adentro del mar. Lo que no predijeron fue la ola que formaría. Dos días después pudimos bajar de las montañas. Pero todavía seguían cayendo pedazos de satélites. Dicen que la peor parte ocurrió muy lejos de aquí. En China. Pero no podemos saberlo. Ya no hay radio ni televisión ni Internet. Solo son rumores que corren de boca en boca. Y China está muy lejos como para que el rumor haya viajado por medio de la palabra en apenas dos días. Para colmo, los golpes contra la tierra provocaron movimientos absurdos: erupciones de tierra. En cualquier parte, donde no hay cemento, la tierra explota hacia el cielo y se desparrama. Así descubrimos que los muertos no se pudren bajo tierra. Eso era antes, antes de la contaminación. Ahora se conservan intactos. Será por los químicos en el agua o porque la tierra ya no puede seguir reciclando cuerpos. Sea como sea, las primeras erupciones ocurrieron después de la vigilia de los reyes magos. Nuestros hijos salieron a las plazas y jardines a buscar pasto, y vieron las explosiones de tierra: gusanos, hormigas como lluvia, mierda y bolsas de plástico. Pero la peor parte fue en los cementerios. Muertos vomitados por la tierra, brotan en el césped de los cementerios pero no como en las películas de zombis. No. Los muertos están bien muertos. El problema es la cantidad de ellos. Cientos de miles de millones. Muertos en guerras, de enfermedades, de viejos. La tierra ya no puede contenerlos. Y los agroquímicos se encargaron de preservarlos como si estuvieran vivos: parecen maniquís usados para las ciudades donde los yanquis hacían sus pruebas nucleares. Pero esta vez, el mal no viene del norte de América. Viene de otra parte. ¿Y quién está del otro lado de la tierra? Los chinos. También están los australianos, pero conozco varios y sé que son buena gente: aprendieron a no joder al mundo cuando los jodieron a ellos con la plaga del conejo. No. Es culpa de los chinos. Hay que decirles que dejen de enterrar a sus miles de millones de muertos. Hay que decirles que sus parientes, del otro lado del mundo, están haciendo presión y desenterrando a los nuestros. Los golpes de los satélites del otro lado parecen haber desencadenado el proceso, fueron el mazazo. La onda expansiva alrededor de la piedra que cayó en el agua. Lo peor de todo es, que contradiciendo a la extensa historia de la humanidad, el problema no sé resolverá con el civilizado desarrollo de una guerra.

Sebastián Chilano
Sebastián Chilano
Nació en 1976. Vive en Mar del Plata. Es escritor y médico clínico. Su última novela, Los preparados, fue publicada en diciembre del 2020 por Editorial Obloshka.

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