Por aquel entonces todavía brillaba el sol y apenas me dolía un diente. Al comienzo, solo uno. Conseguía localizar el dolor orientando tres dedos (índice, pulgar y medio unidos por sus extremos) hasta aquel punto latente. Inspiraba con profundidad. Al hacerlo, algunos rayos emergían desde la punta de los dedos, atravesaban la piel de los maxilares y la carne de las encías hasta llegar al punto exacto. Luego de algunos minutos, espiraba. Podía sentir los músculos soltarse, piernas y brazos se distendían, y mi cabeza se enfundaba en un halo de tibieza.
Ahora está oscuro, y los dientes, como confabulados por un legendario secreto, duelen todos a la vez. Un enorme animal herido se pasea, sangrante y gimiendo, dentro de mi boca. Inútil llevar continuamente las manos a la cara. Inspirar. Espirar.
Nada sucede.
Antes –aún antes–, fueron los piojos. Casi instintivamente lograba percibir algunos movimientos entre mis cabellos. Pero en aquel entonces vagaban tantos pensamientos nuevos e incontrolables que no alcanzaba a distinguirlos de aquellos otros desplazamientos externos, enigmáticos. Así llegó el día en que alguien depositó su mano temblorosa en mi cabeza y pude sentir de pronto súbitas corridas y atropellos. Un volcán a punto de erupción.
Todavía, aunque cada vez en forma más débil, el sol presentaba testimonio ante un cielo que ennegrecía lenta pero inexorablemente. Ese mismo alguien extrajo entonces a la luz, jugueteando entre las uñas, aquella cosa redonda, blanca y pequeña que se contorneaba con la furia de un funambulista ciego bajo el calor. A partir de allí aprendí a separar esa ebullición animal de la otra, la que provenía de oscuros rincones de la mente. En ocasiones, los diminutos invasores descendían, triunfantes y ajenos, por el cuello en procura de superficies capilares, en particular en el pecho, los brazos o, más intimidantes, el sexo. Cuando no me dolían los dientes y había sol, me divertía apresándolos yo también entre las uñas. Luego de mirarlos de forma fija e indiferente, al cabo de un momento los arrojaba a un oxidado tarro de duraznos que guardaba aguas viejas. Los que tenían mayor suerte, eran llevados por el viento. Los demás, se reproducían salvajemente sin que nada pudiese hacerse por detenerlos.
Un poco antes, no sé, quizá durante o después –en realidad no importa demasiado–, un día, en fin, aparecieron las bolas. Primero se dejaron ver entre los dedos de las manos, diminutas y rosadas. Producían cierta picazón y si se las presionaba con fuerza liberaban un líquido espeso y abundante que no cesaba de correr. Desde aquellas bases iniciales, en medio de las falanges, fueron escalando con calma y perseverancia por los brazos hasta llegar al pescuezo, en donde se bifurcaron en dos caminos: un grupo siguió su ascenso hacia el rostro, en tanto que el otro descendió por las piernas, alcanzó los tobillos y se detuvo en la planta de los pies ante la imposibilidad de brotar en la tierra. A medida que se producía el avance, crecían con más y más fuerza, picaban con mayor intensidad. Mis uñas, ya considerables, laceraban la frágil piel rosada que las protegía hasta reducir las bolas a heridas húmedas y liláceas, como si de lagunas lunares se tratase. En un principio, el sol conseguía secarlas y cicatrizarlas. Ahora que no está, ya nada las detiene.
Es preciso hablar también de los otros. Y de la casa. Me encontraba tan absorto don lo que acontecía en mi propio cuerpo que ya nada de lo que me rodeaba me parecía suficientemente real.
La casa, los otros. Cuando advertí que también ellos existían –y eran muchos, doce, trece conmigo–, mi cuerpo ya estaba totalmente tomado. Temí que me expulsaran. Carecíamos de luz eléctrica, el sol se había marchado hacía algún tiempo, los días eran cortos y oscuros. Dormíamos mucho, y al encender esas velas largas que acostumbrábamos robar de las iglesias, la llama no era suficiente para reconocernos. Hacía mucho tiempo que no nos mirábamos.
Apenas una semana atrás, a causa del frío, nos vimos obligados a quemar los muebles de la planta superior. Las llamas, enormes, duraron algunas horas. Creo que movido por la esperanza de que la luz y el calor pudiesen amortiguar el dolor y secar las heridas, me aproximé lentamente al fuego. Extendí las manos y, no sin temor, noté otros doce pares junto a las mías. Sí, aquellos doce pares de manos también se encontraban surcadas por ese paisaje infernal, húmedo y lila. Todos volvimos el rostro al mismo tiempo. Nadie gritó. Me hubiese gustado poder mirarlos al fondo de los ojos y encontrar en ellos indicios de compasión, tolerancia, quizá amistad, quien sabe, amor. En verdad, no sé si estaré ciego. Las heridas en torno a mis ojos, cejas y pestañas, hierven de piojos.
Debido a los dientes, el rostro se hinchó tanto que mis órganos visuales quedaron reducidos a dos líneas casi invisibles. Supongo que los ojos de ellos también estaban así. Supongo que también sus pensamientos se asemejaban a los míos, porque en cuanto la última madera estalló en el fuego, y éste se consumió al rato condenándonos nuevamente al frío y la oscuridad, fuimos aproximándonos con precaución unos a otros hasta dormirnos así, confundidos, revueltos. Creí escuchar algunos gemidos. Pensé si era verdad que aún sufríamos.
La noche siguiente quemamos todos los muebles de la planta intermedia. Las noches posteriores hicimos lo propio con el único piso que se mantenía a salvo. Como el frío no cesó, alimentamos el fuego con los empapelados, los marcos de las puertas y las puertas mismas, los objetos del baño, la cocina, los tapetes, cuadros y ventanas. Llegó un punto en que necesitamos quemar también los libros y hasta nuestras propias ropas. Pude notar una convulsión en mi interior en el momento en que quemé aquella cinta azul. Me la había obsequiado la muchacha de la playa, hace siglos, como quien le entrega a un oso un panal. Mi mano se estremeció al lanzarla al fuego, negándose a aceptar que, después de todo, no era más que un insignificante trozo de tela azul. Sin embargo, sentí deseos de gritar y, de un modo automático, intenté asir la mano más próxima. Esta reculó con pánico hacia la penumbra, espantada por lo que seguramente presintió como el más repugnante de los reptiles. Entonces aseguré mi mano y me quedé así, sintiendo la lluvia espesa que brotaba de sus cráteres violetas.
Hoy es el día que ya no tenemos nada más por quemar. Encontramos algunas cartas antiguas, amarillentas y quebradizas, escondidas bajo un zócalo. Alguna vez, pienso, habrán sido portadoras de felicidad o penuria, habrán revelado la consistencia del misterio, la fugacidad del recuerdo. La implacabilidad del olvido les hace cumplir con su ominoso destino: son ellas las que ahora arden.
Miramos las llamas con dureza, pensando que cada una puede ser la última. Hace sólo un momento que me atravesó una idea como un puñal lanzado desde otra dimensión. Quizá se trata de la misma idea que nos atravesó a todos: al llegar el tiempo de esa llama agonizante, uno de los trece deberá ofrecerse al fuego.
Al pensar en ello, he de reconocer, mi primera sensación fue el miedo. Pero al cabo de un instante sobrevino cierto placer: los piojos morirían quemados, las bolas reventarían con el calor, el fuego cicatrizaría todas las heridas. Los dientes ya no volverían a causar dolor. No nos hablaremos, no nos miraremos a los ojos. Simplemente uno de nosotros realizará el primer movimiento, se entregará a las llamas y será la última contribución en este mundo, el gesto postrero que permitirá, al menos por algunas horas, entibiar a los otros doce.
Cuando el primer postulante quede reducido a cenizas, o aún antes, lo seguirá otro, y luego otro más. Un ritual. Como en aquellas rondas infantiles que formábamos cuando niños, en las que ingresábamos, nos deteníamos rígidos en el centro para decir un bonito poema, saludar al final, y salir, salir, salir del calor de las miradas para ver al otro ocupar el centro. Y luego, verlo salir. Pero ya no somos niños, y olvidamos todos los poemas. Todos los cantos.
Las cartas se siguen quemando. Intenté pensar en Dios, aún cuando sé que murió hace mucho tiempo. Tal vez desapareció con el sol. Dios también es sensible al frío. Quizá el sol y Dios puedan volver de repente, en el momento exacto en que la última llama se deshace y alguien esboza el primer gesto. Pero no volvieron. Sería lindo, y las cosas lindas ya no suceden.
Apreté mi frente con los tres dedos unidos. Entonces traté de pensar que ya no estaba aquí. Y me dije: estuve allí, hace algún tiempo. Como si ya hubiese pasado. Pero no pasó, todavía estoy aquí.
Tal vez dentro de poco llore o grite; quizá salga corriendo a la oscuridad. Nuestros cuerpos están muy próximos. Cambiamos piojos y bolas. Si nos besásemos, podríamos intercambiar también las grandes bestias sangrantes que se pasean por nuestras bocas. Tal vez no llore ni salga corriendo. Tal vez, apenas aparte este recuerdo de brazos y piernas que enredan mis movimientos, haga el primer intento en dirección al fuego.
Ya falta poco y lo sé.
Christian Kupchik
