Nada nos sale bien, dice mi hermano más grande. O capaz es el del medio el que lo dice. Mamá traga saliva como si fuera un durazno entero. Lo digo yo. Da igual, todos lo pensamos. Es verdad, nada, repite uno de mis hermanos mirando la mesa que quedó trabada en el vano de la puerta. Levemente inclinada. Ni adentro ni afuera. Ni vertical ni horizontal. Tres metros de madera lustrada. Patas y apoyapié de hierro negro. Un metro y medio afuera, apenas hacia arriba, apenas caída hacia la izquierda; uno y medio adentro, apenas hacia abajo. Mamá se arremanga el vestido blanco y se sienta. Deja caer la cabeza sobre el pecho y se agarra la nuca. Me da miedo que quiera sacarse la cabeza. Me da miedo que pueda. Falta una hora para que lleguen los invitados.
La idea de destender la mesa que ya estaba tendida para sacarla al patio fue de… De. De alguien. No hay que buscar culpables, dice mamá. De alguno de nosotros. Somos cinco. En un rato llega el resto. No sé exactamente quiénes vendrán pero vamos a ser diecinueve. Los regalos los compra mamá. Lo sé desde siempre, papá no soporta gastar plata en regalos y que otro se lleve el crédito. No soporta que pensemos que Papá Noel es mejor que él. De mi platita, dice, de mi platita salen esos regalos, como mínimo me dan las gracias… un dineral tirado en regalos.
No sabe qué nos regala. Nunca. Este año tampoco.
¡Gracias, pa!, vamos a decir cuando abramos los paquetes y actuemos una alegría exagerada. Pero todo eso está en duda. Porque este año está pasando otra cosa. Pasa que se atoró la mesa, culpa del travesaño y la bisagra. Pasa que estábamos con mis hermanos viendo en la tele las mismas películas de siempre —que son para chicos y que seguimos mirando aunque estemos en el secundario—, donde el final es navideño y feliz, y nieva porque están en Nueva York, y ya empezábamos a sentir la bajón de haber nacido en el hemisferio equivocado; entonces mamá salió de la cocina pisando fuerte con los talones, diciendo que nos íbamos a cocinar vivos, y nosotros miramos, para ver si era ella sola o había un batallón siguiéndola, pero era ella sola, y ya sabemos que cuando mamá hace temblar el piso algo va a pasar. No sabemos qué. Pero nunca es bueno. Mamá nos clava una mirada de rayos láser y repite, dije que nos vamos a cocinar, carajo. Nos paramos los tres —un reflejo de supervivencia—, y sin apagar la tele empezamos a destender la mesa tendida. Papá sale de la cocina y se suma con desgano. Los cinco trabajamos a la par. Algo que sale bien. Sacamos copas, vasos, cubiertos, platos. Los vamos apoyando en cualquier lado. Deberíamos haber tenido una fábrica de algo. Nos sale mejor trabajar que ser familia. Sin duda, callados somos mejores.
Pasa, también, que no tenemos aire acondicionado y, ya se dijo, no vivimos en Nueva York.
La discusión llevaba tres días viva. Llevaba años.
¿Mesa afuera, mesa adentro?, preguntó mamá el martes ni bien entró a casa. Hola, ¿no?, dijo papá. Y mamá, ¿adentro o afuera?, no me boludees.
Faltaban tres días, y los resultados fueron, más o menos, así:
El martes, veintiocho grados, se define mesa adentro. A la noche pedimos una pizza para festejar que la decisión está tomada por unanimidad. Aunque sabemos, todos, que nada que vaya a suceder dentro de tres días puede sostenerse. Las cosas cambian. Como el clima, que cambia. Eso es lo lindo de la Navidad en Nueva York, es adentro o adentro. Punto.
El miércoles pareciera que va a cerrar sin modificaciones pero a último momento un pronóstico marca picos de treinta y cinco grados o más y pegamos el volantazo: gana mesa afuera. Nosotros, desde hace algunos años, también votamos. Mesa afuera cuatro a uno. Mamá es la única que vota adentro. No pedimos pizza ni festejamos.
El jueves es pura emoción climática. Se nubla. Sol. Nube. Nublado. Apenas. Viento del norte. Sol. Unas gotas. Pocas.
Tendimos la mesa adentro.
La mesa está empacada como una mula, un hueso en la garganta. El reloj gira, le da igual que sea, o no, Navidad. Mamá, sentada, con el vestido arremangado, se quiere desenroscar la cabeza. Es probable que, si no lo logra, llore. Papá dice, desde el patio, te dije. Mamá, ¿qué me dijiste? Nosotros, mudos. El único que quedó del otro lado de la puerta fue papá, que sostenía una de las cabeceras de la mesa cuando se encajó entre el marco y la bisagra. Mis hermanos sostenían la otra punta. Papá había indicado que la rotasen, no dijo izquierda o derecha, no dijo arriba o abajo. Los movimientos fueron torpes y nadie calculó que el travesaño del apoyapié, que le habían agregado como refuerzo, iba a ser una trampa. El mayor va a la cocina. No lo vemos pero escuchamos el ruido de cosas que golpean contra el piso. El ruido no es seco. No es vidrioso. Tampoco son duraznos. Mamá se para. Da unos pasos hacia atrás, toma carrera como un toro embravecido y se lanza sobre la mesa, pero más empuja y más la traba. Papá nos mira desde el patio. Mamá le grita tirate cuerpo a tierra y volvé, no te hagás el exiliado, pelotudo. Mi hermano mayor, que salió de la cocina con un balde, dice que si enjabonamos la mesa, debería resbalar.
Silencio. El exiliado niega con la cabeza. Después dice que no se piensa arrastrar con la camisa blanca ni que se lo pida Jesús.
¿Lo del jabón es un dato científico? No sabemos.
¿Alguien tiene otra idea? No.
Detergente. Jabón blanco, también jabón de manos. Traemos uno. Otro. Cuatro jabones. Un litro de detergente. Vuelve la fábrica. Papá no. Ahora es papá el que se sienta en una reposera y se tapa los ojos. O se los quiere sacar. Mamá cuelga el vestido en el perchero, no quiere enjabonarlo. Nosotros tres nos quedamos con la ropa puesta. Hacemos espuma como para bañar a una cebra y dejarla toda blanca. O toda negra, no sé cómo es la base de la cebra. Empujamos la mesa enjabonada. Queremos reírnos. No más o menos, queremos reírnos mucho pero tenemos miedo de que mamá nos meta un revés de mano abierta con anillo, en la boca. Estamos empapados, frescos. La mesa se mueve unos centímetros, mamá sonríe, dice a la cuenta de tres todos juntos, a la una, a las dos y a las… tres. ¡Como renos!, grita el del medio.
El ruido es imperceptible entre tanta espuma. La mesa se raja por el centro de la madera. El ruido es imperceptible salvo porque todos lo escuchamos.
Tres metros de rajadura. No se rompió. Solo se rajó, apenas se rajó, pero alcanza para que los cuatro nos quedemos inmóviles. Estatuas de espuma.
Papá se levanta de la reposera y reaparece con los ojos. La rompieron, dice. La rompieron. Habla en plural pero le apunta a mamá.
Mamá, mojada, cubierta de espuma, en bombacha y corpiño, se agarra la cabeza. Ahora sí, capaz pueda sacársela. Está enjabonada y con la cabeza entre las manos cuando caen las primeras gotas y suena el timbre. Pienso si habrán venido los catorce juntos. Si hay que poner los platos otra vez, si vamos a comer los dieciocho adentro, inclinados, apretados en nuestra mitad de mesa rajada, mientras papá come solo, del otro lado, en el exilio, como un rey, porque la Navidad no se suspende. Por nada. Un rey mojado. Un par de gotas gordas van lavando la mesa del lado del patio. Acá adentro, la espuma dura más, se la come el aire, el calor. Me quedo quieta mirando la tele, está por terminar la película. Miro parada. No quiero mojar el sillón. Quiero quedarme con la espuma pegada al cuerpo como si fuese nieve. Blanca, pomposa al principio y después, de a poco, desaparece en el aire. Como los renos que ahora vuelan en la pantalla, que se achican por el cielo hasta la duda, sin que podamos realmente saber si existieron, o fueron, ellos también, pura espuma, pura nieve.
Alisa Lein

