El mismo río

spot_img
spot_img

Un mediodía de verano, como cualquier otro, atendí a un número desconocido esperando el tono cordial y robótico de una empleada de recursos humanos para coordinar una entrevista laboral. Por eso, me inquietó su voz llena de aire, inconfundible, incluso después de diez años de humo que la cargaron de asperezas. Soltó las palabras demasiado rápido, como si pronunciarlas le quemara aún más la garganta. Era la primera vez que se las arrancaba de la lengua, de un tirón, como se arrancan los chicos las costras de las rodillas: “tu padre tuvo un infarto, no le dio más el corazón”. Se oía, por debajo de la premura, un profundo afecto, que yo, hasta ese momento, había subestimado. Se disculpó, en caso de que lo grave y lo imprevisto hubiesen ahogado ese rumor del cariño, pero no era necesario. Cuando se trata de familia, una forma oblicua es suficiente para saber. 

Fui puro cuerpo, un calambre seguido de espasmos en el pecho por el ingreso desmesurado de aire a los pulmones, cansancio en las cuerdas vocales por el grito ahogado. Unos minutos después recuperé el pensamiento, pero traía adherida una desagradable película de irrealidad. Le comenté a mi madre de camino al Hospital Regional, donde lo declararon muerto, que sería imposible escribir un cuento sobre este día porque nadie iba a creer que esa misma mañana había acompañado a mi novio a hacerse un electrocardiograma mientras mi padre hacía tanto esfuerzo trabajando en una obra en construcción que le estallaba el corazón.

Mi padre: las delgadas líneas que trazó un golpe en el centro de un cristal, una

cartografía del desvío, una visión siempre transformada, un nombre siempre interpretado por otro, un signo al que regreso de manera incesante y cada vez me devuelve otra faceta. Su último rostro: el Evangelio que se leyó el día de su cumpleaños, el mismo año en que murió y que recupero con toda la verdad de la memoria.

– Señor, ¿cuántas veces debo perdonar a alguien?

– Setenta veces siete.

Ser hija ha sido eso: el ejercicio continuo del perdón.

A los catorce años, tuve que buscar una fotografía suya, de cuando aún era un niño, para un proyecto escolar de plástica. La descubrí amarillenta, con una mancha negra de humedad justo sobre su garganta. Intenté incorporar la idea del presagio, como una nube violeta detrás de su rostro, y continué por otras rutas genealógicas. A los veintitrés años lo escribo con el deseo de alcanzarlo, como se escribe a la noche abierta para que su sangre hecha de ausencia se convierta en agua y poder beberla.

Cuántas veces me habré adentrado en el mar, hundiendo los pies despacio, con la voz de mi madre en un susurro, detrás de la mente: “cuidado con las olas, son caprichosas”, y habré dejado mis ojos sobre el principio del mar, donde se vuelve acuarela con la luz del sol, y habré repetido la sentencia de Heráclito para, por fin, sentir su infinito peso. Ya no será jamás el agua esta que, en la hora más helada de diciembre, justo antes de amanecer, arrastre hacia lo hondo las cenizas de mi padre. Ya no existirá este padre mío y tampoco existirá esta hija (¿pero no es la escritura otra forma de darte vida? ¿no son estas palabras el rastro de mi deseo, de mi voluntad de ser tu hija para siempre?).

De todos modos, te has transformado, después de años de apurar tu desaparición, en la anhelada montaña de polvo. Yo cumplí ese último pedido. Decías que al muerto había que dejarlo tranquilo: sin siquiera mirarlo había que entregarlo al fuego. No ingresé a la sala velatoria y autoricé la cremación, como quien ofrenda la paz. La mujer que amabas eligió la playa donde dejarte, Varese, porque cuando eras un adolescente te gustaba mucho pasar el tiempo ahí. No lo sabía y eso me sorprendió. No debo olvidar que mi padre fue muchos otros hombres y no sólo este padre mío, el que vivió apurando su desaparición, total, qué más da. Contesté que me parecía bien porque no conozco otro lugar en el que hayas permanecido, ni en el que quisieras permanecer. De hecho, el día de tu muerte conocí tu casa.

Nunca había caminado a esa altura de la avenida Colón. La bruma en la mente se volvía más densa a cada cuadra, hacía mucho calor. Frente a la puerta, una multitud de diminutos insectos volaba en círculos sobre un charco.

Fue un largo extrañamiento desde que abrieron la puerta y me contaron que dentro me esperaba mi hermana, otra modulación desconocida de mi padre, la otra hija. Las cosas no debieron ser así, no era correcto que me viera por primera vez ahí. Si quisiéramos conversar cuando todo termine, cómo nos olvidaremos de estas náuseas, de que me invitaste a esparcir las cenizas y a tu cumpleaños número doce en la misma semana, del olor a pis del gato en la escalera porque desde que recibiste el llamado

el tiempo se detuvo

o intentamos detenerlo

quietas en una esquina

con la negación

de este nuevo mundo

sin nuestro padre.

Mi madre, en el gesto de ternura más intenso que he vivido, rompió el envase de Los Robles, en el instante en que las olas decidieron retirarse. Con lo que nos había costado tirar las cenizas, que se las robara el viento de la costa parecía el último gran chiste, el amague burlón de un hombre que siempre se había ingeniado una salida pícara para todo lo que la fortuna le había dispuesto. Esa media sonrisa que nos nació fue el primer remanso, pero cuando el mar comenzó a besarte supe que así, deshecho en la caricia sin límites del agua, la calma también te había alcanzado. La corriente dibujó un sendero hacia el océano con tus cenizas. En el mar, todo se pierde, y todo permanece. Mi padre, pensé, se ha vuelto un río.


Maité Molina

Maité Molina
Maité Molina
(Mar del Plata, 2002) cursa la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata, donde se desempeña como becaria de la asignatura Literatura y Cultura Españolas I (Siglo de Oro). Ha asistido a múltiples talleres de poesía coordinados por la profesora Evangelina Aguilera. Es autora de dos libros de poemas: La breve brisa que nos mece (Gogol, 2023) y Crónica del incendio (Halley Ediciones, 2025).

También te puede interesar

La muñeca

¡Carajo!  El grito,  la frenada brusca,  el portazo. El chofer...

Cuatro noches

El alojamiento que contratamos por una de esas plataformas...

La verdad sobre el Supremo Creador

Los Yuga-Dharma, primogénitos en el orden de los antiguos...

Los rescates

Lo que más queríamos era ir de vacaciones juntas,...
Publicación Anterior