Entre hombres

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Claro, ahora las vecinas me señalan por la calle, haciéndose las disimuladas, cuando vuelvo del trabajo a la pensión; se codean, me miran de reojo, como diciendo ahí va el infeliz ese. Son las chusmas de siempre, que no entienden nada de nada. Mujeres. Pero yo camino con la cabeza derecha. Bien en alto. 

En el club, entre hombres, nadie se burla. Al contrario, todos me respetan y cuando voy a la tarde a tomar algo, me saludan como a un héroe. No me siento un héroe, todos hubieran hecho lo mismo, de haber estado en la misma situación que yo. Ellos sí entienden. Desde que lo supieron, no quieren cobrarme la cuota y me están por nombrar socio honorario. No sé cómo se enteraron pero, bueno, acá en Cañuelas somos pocos y a la larga todo se sabe. 

Es verdad que cuando estoy en la pensión me siento solo y extraño a Sandra y a los chicos. A Sandra, a pesar de todo, la extraño mucho. A los chicos, bueno, ni hablar. Se me parte el corazón pero ellos también van a entender a su padre con el tiempo. 

Con Morelli, sí, la cuestión es bien distinta. Ése algún día me las va a pagar. Ya nos vamos a encontrar y ahí la cosa se va poner brava. Le voy a meter todas las piñas que me estoy guardando.

 Justo con Morelli. Con mi ídolo, con el tipo que nos está llevando a la gloria, la zurda de oro, el Tanque. Capaz que fue todo por mi culpa, por hablar siempre de él y pegar su foto en la heladera, esa foto cuando hizo el gol con el pecho y el arquero de Comunicaciones le dio un codazo y le voló tres dientes. Yo estaba en la tribuna ese sábado. Cómo gritamos con mis hijos, qué alegría. Estuvimos los tres afónicos una semana. 

Sí, capaz que por nombrarlo a cada rato y pedir que se ilumine, por esas cosas empezó todo. Encima vive a diez cuadras, es joven y tiene pelo largo, músculos. La puta casualidad, aparte, de que Morelli sea plomero-gasista, los días que no juega. La putísima casualidad de que haya venido a casa a arreglar el calefón y los nenes y yo orgullosos de tenerlo ahí, agachado con las pinzas, todo engrasado, aunque para nosotros no fuera grasa o aceite del calefón eso que le colgaba sino el barro de la cancha, el barro pegado a la cara después de una jugada maestra, de un gol sacrificado, inolvidable. 

Hay dos o tres plomeros en el pueblo, todos con más experiencia que Morelli, tipos que dedicaron su vida a eso, pero los hinchas lo llamábamos a él para que se ganara unos mangos y no anduviera preocupado por la plata. Esa vez, cuando vino a ver el calefón, faltaban cinco fechas para que terminara el campeonato. Íbamos segundos a un punto. Después de que Morelli terminó de hacer el laburo, lo invité a comer con nosotros. Sandra había hecho unos tallarines con tuco que le salen bárbaros.

 Fue una linda cena. Por Morelli pusimos el mantel blanco que siempre usamos en navidad y sacamos unas copas finas del aparador. Los nenes lo miraban ahí, en la punta de la mesa y estaban enloquecidos. Su papá era amigo del Tanque. Iban a estar orgullosos de mí, iban a decirlo en la escuela. El Tanque se comió dos platos bien llenos, con un vasito de vino. Por las dudas le puse bastante soda. No fuera cosa de despertarle un vicio. 

Faltaban dos fechas cuando vino a arreglar la cocina. Sandra me dijo que perdía gas por un cañito. Es un peligro, dijo. Miré el caño, no vi nada raro pero enseguida llamé al Tanque. Eran pavadas que podría haber arreglado yo, pero la verdad es que me gustaba tenerlo en casa. Le hablaba de lo bien que había jugado, recordábamos partidos bravos de visitante, peleas tremendas con otras hinchadas. Me animé a darle algunos consejos tácticos, ya que estábamos en la definición del campeonato, al borde de la consagración. Sé de fútbol, lo digo con humildad, jugué mucho para el club hasta que me jodí la rodilla y tuve que largar. Morelli, sentado en la banqueta de la cocina, escuchaba mis consejos y me daba la razón. Ese día le cebé unos mates y le pedí que se cuidara, que no se fuera a lesionar justo ahora. 

Es como que hay que creer en el destino. Trabajo en una empresa de construcciones, manejando una excavadora. No teníamos casi nada de trabajo pero justo esa semana tuvimos que ir a hacer un laburo cerca, en Vicente Casares. Un laburo largo, bastante complicado. Justo esa semana. Lo empezamos un miércoles. Yo quería volver, sí o sí, el sábado a la mañana, porque la final era el sábado a la tarde. Éramos locales y las entradas se agotaron enseguida. El pueblo estaba enloquecido: no se hablaba de otra cosa en los bares, en las esquinas. 

Laburé como un animal catorce horas por día, sin parar un minuto, y volví a Cañuelas el viernes a la noche, en un colectivo que enganché en la ruta, de pura suerte. Estaba feliz porque había hecho el trabajo a tiempo. 

Cuando llegué a casa estaba todo oscuro. El perro andaba inquieto. Los chicos no estaban en sus camas. Estarán en lo de mi suegra, pensé. Muchas veces se quedan a dormir con ella. Escuché unos ruidos. Fui hasta mi pieza y prendí la luz. 

En la cama, mi mujer estaba acostada con un hombre. Se me cayó el casco al piso y empecé a gritar. Sandra también gritaba. Los mato, grité. Me estaba por tirar de cabeza, enceguecido, dispuesto a cualquier cosa, cuando me di cuenta de que el tipo era Morelli. Estaba desnudo pero tenía puesta las medias blancas del club, las que tienen el escudito con la copa y los laureles bordados en verde. La melena, toda mojada, le tapaba la mitad de la cara. 

Temblando, mirándole las medias del Cañuelas Fútbol Club con una puntada en el corazón, mirando ese escudo por el que mi viejo y mis abuelos lloraron y sufrieron tanto, mirando esa copa verde llena de laureles que es mi vida y que va a ser la de mis hijos, le grité que qué hacía acostado con mi mujer, le grité que tendría que estar concentrando para el partido de mañana. Le grité: es una final, hijo de puta. 

No sé cómo no me morí. Me quedé mudo, sentado en una sillita. Morelli se vistió volando y se fue sin decir ni una palabra. Cuando salió, me puse a llorar. Sandra lloraba y me pedía perdón. No me toqués, le dije. Me quedé toda la noche despierto en el sofá del comedor. A la mañana, metí dos o tres cosas en un bolso y me vine a esta pensión. 

No tuve ánimo para ir a la cancha. Esa tarde, escuché por la radio el partido. Tuve que acercarme a la ventana y estirar la antenita, porque no enganchaba bien la transmisión. Fue un partido jodido, muy trabado y estuve con el corazón en la boca. Pero ganamos. Ganamos con un gol del Tanque. Cuando sonó el pitazo final me paré y grité como un loco, hasta quedar de rodillas en el piso. Era el único hombre que estaba en la pensión. El único del pueblo que no había ido a la cancha. Por primera vez en mi vida, faltaba. La dueña de la pensión y la hija tomaban mate en el patio y al oírme gritar se miraron entre ellas, haciendo caras.

 Dicen mis amigos del club que Morelli hizo el gol del triunfo faltando un minuto, con un zurdazo increíble, después de pasarse a dos defensores y comerse unas patadas terribles. Me lo imagino. Lo vi tantas veces. Ahora parece que lo compran de la capital, aunque la comisión directiva lo quiere retener todo lo posible. Tenemos un año bravo. Otro ascenso, una campaña muy jodida. 

Sé que Sandra pasa seguido por la puerta de la pensión y quiere que vuelva a casa. El otro día me crucé a mi cuñada y me pidió que recapacite. Hacelo por los chicos, aunque sea, me dijo. No le contesté nada. Voy a volver, pero primero tienen que pasar unos días. Unos cuantos días.

Mauro De Angelis

Mauro De Angelis
Mauro De Angelis
Nació el 8 de agosto de 1976, en Capital Federal. Desde los diez años vive en Mar del Plata, donde asistió a los míticos talleres literarios de Daniel Boggio. Obtuvo el 1º lugar en el Premio Municipal de Literatura Osvaldo Soriano 2011, en la categoría Poesía, con su libro Tierra leve; en 2009, en el mismo certamen, rubro Cuento, logró el 2º lugar. En 2013 su relato «Guapo» fue seleccionado en el Premio Itaú de Cuento Digital e incluido en la antología Mate. Un cuento suyo fue seleccionado por Pablo Capanna para integrar Más acá. Antología del género fantástico argentino (Letra Sudaca Ediciones, 2015). Ganó el Premio Alfonsina en Creación Literaria. En 2016, editó el libro de cuentos Vía Crucis (Letra Sudaca Ediciones) Ha escrito las novelas (inéditas) Tríptico de la feria, El artista de las esferas, Wilson, y, junto a Sebastián Chilano, El Lémur.

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