Cuando Adrián termina de pasar el trapo en la heladería, ve que Manrique sube por la escalera mecánica con el bolso gigante que trae todos los años. Los chicos de seguridad lo dejan pasar antes del horario de apertura, así puede prepararse. Manrique necesita tiempo. Apoyado en el secador, Adrián observa cómo el viejo se acerca, esquivando lo mejor que puede las partes mojadas para no arruinarle el trabajo ni caerse. Este año camina más lento y agachado que nunca. Cuando está cerca de Adrián, le sonríe; Adrián mira el bolso de Manrique, lo mira a él —los ojos claros, acuosos, la verruga en la punta de la nariz— y se dan un abrazo.
—Qué calor de mierda —dice Manrique—. Acá está lindo, con el aire. ¿Cómo andás? ¿Qué contás?
Adrián le responde que está bien, que le alegra verlo de nuevo. Le cuenta que la gerencia, en un gasto extraordinario, se animó a comprar unas luces, y que hasta va a haber unos renos colgados desde el piso de los cines. Manrique se ríe.
—Estoy salvado —dice. Después, señalando sin mucha precisión hacia la zona de los vestuarios del personal, agrega: —Me imagino que me habrás dejado limpio el camarín.
—Es un espejo —dice Adrián.
Manrique guiña el ojo, levanta el bolso y Adrián lo ve alejarse entre las mesas del patio de comidas. A las diez se abren los accesos y, aunque la primera hora suele ser tranquila, para esas fechas el movimiento arranca temprano. Los negocios encienden las luces de colores; casi todos decoraron con muérdagos, frases en inglés o nieve de telgopor. Manrique, sin mirar a las vidrieras ni a los empleados, atraviesa la galería y abre una puerta con el cartel de Emergencia que da al interior del edificio. Ahí toda la luminosidad se apaga y Manrique se queda parado frente a pasillos que se entremezclan en penumbras, sin recordar el camino.
Tuvo la misma incertidumbre la primera vez que cruzó esa puerta, siete años atrás. Lo contrató Moreno, el gerente de Recursos Humanos de aquella época. Manrique fue su asesor de seguros hasta que se jubiló. Una tarde, se cruzaron por la peatonal y, después de un rato de charla, Moreno le hizo la propuesta.
—¿Tan tirado me ves? —dijo Manrique.
—Te veo bárbaro —dijo Moreno—. Mirá, la verdad es que puedo poner a cualquiera, pero me gustaría darte una mano, Horacio. Es buena plata, son pocas horas, pocos días. Pensalo y me decís.
Aquella tarde, Manrique volvió a su departamento y se puso a ver televisión desde el sillón. Hombres de su edad gritaban frente a la policía en la puerta de un banco. A uno lo habían golpeado y una línea de sangre le bajaba por la frente. Apagó el televisor y cenó en la cocina un té con galletitas. Pensó que tal vez su hijo lo había llamado desde España mientras él estaba dando vueltas por el centro. ¿Qué hora era en España? Nunca se acordaba. Mañana lo llamaría desde el locutorio. Se acostó y tardó en dormirse. Al otro día llamó a su hijo varias veces y no pudo comunicarse. Ya debe estar en el restaurant, pensó. El chico del locutorio lo ayudó, por si había marcado mal, pero fue imposible hablar. Sentado en la banqueta de la cabina, Manrique buscó la tarjeta que le había dado Moreno y lo llamó.
—¿Qué pasa, viejito? ¿Estás perdido? —La voz de Adrián lo saca de los recuerdos.
—Es que cada vez está más oscuro acá. Cómo pijotean luces.
—Las guardan para vos. Vení, seguime que te llevo al vestuario.
Avanzan entre unas cajas y unas mangueras de incendio. En un rincón, bajo una luz amarillenta, se ve a un empleado de seguridad fumando, con la camisa desabrochada.
—Creí que no venías más —dice Adrián.
—¿Pensabas que había estirado la pata?
Adrián se ríe y le señala una puerta pintada de blanco.
—Es acá —dice—. Viejo, el fin de semana me toca tener a mi hijo. Lo voy a traer, así te ve.
Manrique, serio, lo apunta con el dedo y le dice: —Traelo y que me dé la carta. Yo te saludo y le digo que sos mi amigo. Que a la primera casa que voy a ir va a ser a la tuya. Una vez le dijeron eso a mi hijo en una galería y todavía me acuerdo la cara de sorpresa.
En el vestuario hay unos bancos largos de madera y dos armarios de chapa con objetos del personal. El ambiente es húmedo; huele a talco, a ropa mojada. Manrique pasa su pañuelo de tela por uno de los bancos y después apoya el bolso. Al tocar el interruptor, descubre que la lamparita sobre el espejo está quemada. Arrancamos bien, piensa. Va hasta el sector de las duchas, desenrosca una de las lamparitas y la coloca donde estaba la otra. Ahora sí: hay una luz pasable, suficiente para que empiece a sacarse la ropa —la camisa celeste, el pantalón de vestir, los zapatos— y se coloque los elementos que tiene en el bolso: la chaqueta roja, impecable, todavía con la fragancia a lavanda, el pantalón con el borde blanco, el gorro con el pompón. De una caja saca las botas lustradas; de un bolsillo interno, la barba y los lentes redondos de marcos dorados. Con lentitud, se coloca el traje y se examina en el espejo, acercándose lo más posible para detectar una arruga o alguna pelusita.
Para Manrique, lo más difícil siempre es el primer día: los diez minutos iniciales, cuando se arma la avalancha inaugural de chicos y él no está todavía metido en el papel, sino más bien incómodo, algo tenso, porque el traje no tiene la flexibilidad que le darán las horas de uso, y cada movimiento puede iniciar el desastre, exponer la mentira que tejen los adultos para sus hijos y de la cual, él, en ese momento, es el máximo representante.
En esos diez minutos eternos suele pensar que, en algún momento de su vida, tomó una decisión equivocada; que una larga cadena de acontecimientos, de errores y renuncias, lo ha llevado hasta ese subsuelo luminoso, a ese calor en la cara llena de pelo falso. Pero la indulgencia es un vértigo que sabe esquivar, y, a medida que pase la jornada, empezará a moverse con el impulso de la costumbre, sin especular con el pasado ni con el futuro, como un animal inofensivo, disfrutando de su destreza para prometer felicidad.
El guardia que estaba fumando entra al vestuario, ve a Manrique y levanta un pulgar.
—Ya abrimos —dice.
Manrique revisa su apariencia una vez más en el espejo; conforme, se acuerda de sacarse el reloj y el anillo, guarda todo dentro del bolso en el armario con candado, apaga la luz y sale del vestuario. Alguien acaba de dejar unos tachos de basura y Manrique debe pasar de costado para no mancharse el traje. En un recoveco, lo encuentra a Adrián, de espaldas a él. Está discutiendo con alguien por celular.
—Yo milagros no puedo hacer —dice Adrián—. ¿Vos te pensás que la tengo fácil?No quiere que Adrián lo vea; se apura a salir a la galería. Cuando abre la puerta, la luz lo enceguece. Una música de campanas y arpegios agudos surge de los parlantes. Manrique, aturdido, baja al subsuelo por la escalera mecánica. Las chicas de la juguetería lo ven y varias lo saludan con la mano, pero él, que apenas distingue sombras y contornos, no devuelve los saludos; camina hasta el escenario, sube con dificultad los tres escalones y se sienta en el sillón alto de madera y terciopelo rojo. A su derecha, el ojo negro de un reno lo mira fijo. Por el aumento en el volumen de la música, por las voces ansiosas que vienen de los locales, se da cuenta de que abrieron las puertas. Las imagina inmensas, de vidrio, empujadas por miles de manos. Por la escalera empieza a bajar un chico, de cuatro o cinco años, acompañado de su padre. Manrique no logra percibir los detalles —apenas las piernas, los cuerpos descendiendo—, pero, segundos después, le parece que el niño levanta el dedo y lo está señalando, mientras grita de felicidad y el padre le acaricia la cabeza. Es hora, piensa. Respira profundo y sonríe hacia las figuras que se acercan.
Mauro De Angelis

