Mokuzen o cómo estar dentro del silencio

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Mokuzen o cómo estar dentro del silencio

“Necesito silencio, estar sola y salir y disponer de una hora para pensar en lo que le ha sucedido a mi mundo, lo que ha hecho a mi mundo la muerte.”

Virginia Woolf.

Hay silencios que viven en mí y otros que no me pertenecen. 
Son silencios colectivos, raíces calladas que conectan el adentro y el afuera.

El silencio de mis siestas. El silencio de mis madrugadas. Pausas suaves donde el tiempo se disuelve, se diluye. 

Abandoné mi casa de la infancia (¿o fue ella quien me abandonó), pero su silencio todavía me llama. Me habla.
Pero es un llamado oscuro que me persigue, sombra fiel que a veces contagia todo el resto. 

Cada tanto, los silencios se enredan, se superponen, chocan entre sí. Y es entonces cuando aparece el murmullo del silencio de otros, abriendo la instancia de olvidarse del propio por un rato. Abriendo la instancia de descansar un rato de uno mismo. 

Porque el silencio propio espera.  Los de ayer, los de hoy. Siempre nos espera y nos alcanza.

Mi madre era siempre la que rompía el silencio en mi casa de la infancia. Pero no lo rompía con palabras. Eran sus ruidos de cocina los que llenaban mis mañanas: el choque de platos, el roce de vasos y cubiertos, ollas y sartenes. 

Luego era el turno de la radio. Voces inconfundibles como un coro constante del ruido mañanero. 

Por ellas, la casa recobraba vida. Y nosotros también. 

Hoy, esas rupturas instaladas al borde de mi silencio gritan para no dejar atrás esos ecos.

Mi padre, en cambio, habitaba el silencio. En su espacio de vida, su silencio fue su personalidad. Fue respuesta.

En lugar de hablar, él silbaba. 

Siempre pensé que su silbido era un silencio hablado, palabras escondidas en cada nota sostenida.

Él silbaba. Estando solo o conmigo.  Siempre silbaba.

Hoy, sus silencios son míos, sobre todo el último. Fui la última voz que escuchó y también fui quien escuchó su última palabra. 

Nuestra última conversación acabó a través de miradas. De gestos. De silencios. 

Luego de un fuerte dolor, vino un permiso sin palabras, una renuncia suave. 

Le respondí con un leve asentir y en silencio susurré: “Andá, viejo, te esperan. Gracias”.

Un aura silenciosa nos cubría. Todos los demás de la sala estaban lejos, muy lejos. Él cerró los ojos, quizá sea esa la forma silenciosa del mirar, y apretó mi mano. Yo apreté la suya, rocé su frente y salí.

***

Mi mundo: el de ayer, el de hoy, el que soñé y el que habito, nació de aquel silencio primigenio.
Busco en él; me busco en él. 

En ese silencio descubrí el valor de la pregunta, porque cada pregunta nace del asombro,
el mismo asombro que empujó a la filosofía en el comienzo. 

Preguntando y cuestionándome llegué a desvelarme en el silencio.

Un silencio innombrable. Un silencio que no acepta carácter transitivo. 

***

Cuando tuve que despedirme de mi casa de la infancia, supe que cada paso sería una nueva búsqueda. Supe también que ya no volvería con la misma urgencia de antes, que solo volvería en noches elegidas, arrastrada por la promesa incierta de otros horizontes.

Solo y en silencio recorrí cada rincón, deteniéndome en los murmullos breves, antes de que se escaparan para siempre. Llené mis ojos de esos lugares, regalándome un instante para recuperar algo de lo que se había quedado atrás.

Creo que intenté decir algo. Lo intenté o pensé en decirlo. Creo que solo dije silencio. 

Desesperadamente quise retenerlo todo, como quien es consciente de que el tiempo insiste en borrarlo.

Pero ya hay más distancia en el tiempo de mi vida que el que viví bajo ese techo. La casa ya no me espera, y yo ya no le pertenezco. Ella guarda mis secretos, mis rabias calladas, mis lágrimas secretas. Quizás estamos hechos de todo aquello que dejamos en el lugar donde crecimos: fragmentos de inocencia, ecos latentes, olvidos.

Valen más las despedidas silenciosas. Todo ella vuelve en silencio. 

Y ese silencio a la espera de una palabra mía. Pero nada digo. Un suspiro. Los suspiros también son silenciosos. 

Un silencio que agoniza, uno que se abandona sin terminar, un silencio sordo que exorciza el recuerdo. Un silencio que duele, que te recuerda a lo que nunca volverás. 

Cuenta Juan Rulfo que, al volver por enésima vez a su casa en México, fue a visitar a su madre y descubrió que ella estaba de viaje. Se enteró de su partida por una carta que recibió, y en su respuesta puede leerse: “No sabes cuán triste encontré tu casa. Toda sola y fría como un ataúd frío. Hasta el perico está triste como nunca. Y es que nos haces falta, mucha falta junto con la cosita esa que te llevaste. El penco dice que este de aquí es mucho silencio”. 

Mucho silencio dice Juan Rulfo. ¿Cuánto es mucho silencio? ¿Es un silencio demasiado vacío o es ese silencio lleno, que no te deja pensar, que te habla y hasta te grita?

La poeta Sara Buho quizás respondería que, “El silencio nunca me ha molestado, siempre sentí que en parte estoy hecha de lo que todos callamos. De partículas de palabras no verbalizadas. De tiritas de palabras que no sirven. Pero el silencio es también una trampa: la incertidumbre de lo que no se dice te posee, te atrapa. El silencio, cuando te acompaña, es un virus que poco a poco te acaba descomponiendo hasta que ya no puedes más”. 

Ambos silencios, el de Rulfo y el de Búho, conversan sin cruzarse. Y yo, que los observo desde este tiempo prestado, descubro que, si no hubiera guardado algunos silencios del pasado, no sabría cómo mirar los de hoy sin temblor.

El silencio que uno hereda no siempre viene en forma de ausencia. No me animaría a acercarme a mis propios silencios si los del pasado aún acompañaran mis días y mis noches.  Me sostengo en esa calma que quedó cuando ellos se fueron. Y ahí, justo ahí, encuentro el eco de lo que hoy me anima. 

***

Ya he dicho que mi padre era un hombre callado. Comía en silencio, caminaba en silencio, trabajaba en silencio. Lo acompañaba el silencio como a otros los acompaña una sombra. 

En su lugar, él silbaba.

Bajo mi inocencia de chico, me preguntaba qué había ahí, en ese mundo mudo que él habitaba con tanta naturalidad. ¿Qué esconde el que calla? ¿Es el silencio un vacío o un desborde? ¿Se calla porque no hay nada que decir o porque hay demasiado?

Hoy, cuando entro en mis propios silencios, me descubro otra vez con él, pedaleando uno detrás del otro. Él adelante, yo a unos metros detrás, compartiendo ese silencio denso, envolvente y observándolo.  ¿En qué pensaba? ¿En quién pensaba? Ahora que tengo su misma edad en aquel momento, ¿serán las mismas preguntas, los mismos fantasmas que hoy me visitan, los que habitaban sus silencios?

Aunque también pienso, con la cautela de quien ha aprendido que la memoria no siempre dice la verdad, que tal vez ese silencio no fue suyo, sino mío. Quizás es exagerado por mis recuerdos. Entonces, tal vez queda solo la angustia muda de un chico que hoy, ya adulto, estabiliza el recuerdo al ritmo de la muerte.

***

Si mi padre era el silencio, mi madre fue la voz de mi infancia. Siempre hay una voz, porque el silencio no es lo contrario al sonido. En la naturaleza, no existe un lugar ni un tiempo donde nada se oiga. Por más lejanas que sean, una voz, un grito, un susurro, siempre resuena. En los bosques los pájaros, en las montañas el viento, en el desierto, la nada. Judith Schalansky escribió: “Intenté imaginar un mundo sin pájaros, pero sería lo mismo que imaginar el horror, el silencio total, el fin del mundo”.

En su Pensamientos, Pascal reflexionaba sobre el silencio absoluto y decía: “El silencio eterno de esos espacios infinitos me aterra”. Habla de un asombro que se mezcla con el espanto, como al contemplar un cielo nocturno. Habla de admiración y belleza, de asombro y espanto. 

El silencio todo, en su complejidad, aterra, asombra, enloquece, pero también provoca admiración.

En latín, la palabra silencio tiene dos acepciones: tacere, que se refiere a la interrupción o ausencia de palabras, y silere, que denota tranquilidad, una calma sin ruidos. El primero aplica a los seres humanos, el segundo, también a la naturaleza.

Pero los griegos también conocieron el silencio. Para ellos, la palabra silencio se desdoblaba en siôpân, que significaba quedarse callado, y sigân, que implicaba algo más profundo, casi como «estar en el silencio». Esta última opción se representaba como «bañarse en el silencio».

Bañarse en el silencio. Ahogarse en él.

En la Grecia antigua, la palabra era un don y el debate un arte, pero eso no hacía que el silencio dejara de ser también un espacio sagrado. Una quietud profunda que no buscaba escapar del logos, sino sumergirse en otro tipo de conocimiento, uno que solo el espíritu puede comprender.

Despojarse del ruido del mundo cotidiano, de la prisa y lo urgente, para entrar en lo pleno. Un acto casi de purificación, de limpieza del oído interno para escuchar la melodía más sutil: la del pensamiento sin interferencias, la del recuerdo sin distorsión. Se trataba de reconocer que, más allá de las palabras que nos definen en el mundo exterior, existe un lenguaje del alma, susurrado en la inmovilidad.

“…Callaremos las palabras con las que enhebramos los pedazos de la vida; cuando llegue la noche y se nos devuelva el silencio oiremos al fin el latido”, nos dice el poeta Hugo Mujica.

Mientras mis propios silencios de infancia se despliegan ante mí, acepto la quietud implícita de esos ecos que se revelan. Silencios donde reside una fuerza transformadora, un espejo donde aún no sé si me reconozco, en los que lo efímero se desvanece y lo eterno se asoma. 

Sin tiempo, sin palabras, volví a ellos estando juntos. A ese último y silencioso instante. Como prometiéndose algo, un par de manos blancas de uñas arregladas sostenían y dejaban ir a esas otras manos morenas de dedos gordos. Yo, desde lejos, los observaba despedirse con ojos de adulto, pero algo en mi pecho era puro asombro infantil. Era un solo estar juntos, sin tiempo, donde solo eran. Pero ese silencio se escuchaba más que todos los gritos contenidos en mi historia. 

Y en esa contemplación, lo que antes era solo nostalgia, hoy, con el paso del tiempo, también insinúa una promesa de un encuentro: con algo o alguien que nos espera si nos atrevemos a callar. Ya sabemos por la vida misma que la última palabra siempre es del silencio.

Bernabé Tolosa

Bernabé Tolosa
Bernabé Tolosa
Es periodista, profesor de lengua y literatura y de filosofía. Dio clases en nivel secundario y terciario. Actualmente es docente en la Universidad Nacional de Mar del Plata en la Tecnicatura Universitaria en Comunicación Audiovisual. Escribe en el diario digital O223.com.ar

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