Los movimientos son lentos, parsimoniosos, repetitivos. Rara vez presentan algún matiz. Hay veces que pienso que están todos quietos y que el único movimiento es producido por el agua, que la única inercia posible proviene de los piletones. Pero eso es imposible. Entonces, me concentro en sus cuerpos, consigo detenerme un rato en la sincronía de sus lomos oscuros, las aletas prominentes, la inexpresividad de sus rostros. No tengo idea la cantidad de horas que me paso observándolos sin hacer otra cosa más que esa. Pero sin duda son muchas horas, casi todas las que abarca un día.
Aunque hace ya algún tiempo, bastante, no sé cuánto, que dejé de distinguirlos. No sé si es porque el agua se volvió más oscura de lo normal o que el cardumen ha aumentado de ejemplares de manera desproporcionada sin darme cuenta. Pero antes les ponía nombres, sabía quién era Jennifer, Felicitas, Lucas. Nombres así me gustaba ponerles. Nombres que al pronunciarlos significaran un distanciamiento instantáneo. Porque tampoco era cuestión de encariñarse. Pero como me pasaba tantas horas al día observándolos, alguna relación tenía que inventarme con ellos.
Incluso llegué a conocer detalles mínimos de sus comportamientos. Sabía qué cadencia tenían los movimientos de Jennifer, cómo eran las muecas de Lucas cuando comía. Ahora no sé donde están, si se murieron o si siguen ahí, entre el oscuro sendero de los piletones, perdidos entre toda la población, cada vez más numerosa y apretada.
Sobre el tiempo que hace que estoy aquí, al menos hoy sí que puedo ser bastante certero. Justo ayer me informaron que se acaba de cumplir mi ciclo. Hoy llega mi reemplazo después de diez años rodeado de piletones y de peces que se mueven dentro. Hoy es mi último día.
Ahora no soy un esturión. Faltaría más.
Vine para unas vacaciones geológicas y gastronómicas, comer empanadas, tomar vino, probar buen aceite y ver paisajes de tonos rojizos y ocres. Y terminé acá, no sé cómo, pero ya pasaron diez años. Unas vacaciones riojanas que ya estaban terminando, después de haber visto las maravillas minerales del Famatina, de comer las aceitunas más ricas del país, de deslumbrarme con los paredones de Talampaya pensé que sería divertido entrar un momento a Anillaco. No estaba pautado, pero vi el cartel en la ruta, de camino a la capital. Y no me pude contener.
Ese nombre nos sonaba tanto a todos los argentinos porque un sirio muy famoso lo popularizó desde su cargo jerárquico de presidente de la nación. En realidad era hijo de sirios y cómo había nacido aquí, se ve que quiso hacer lo posible para ser profeta en su tierra. Y su tierra ahora lo recordaba con un pequeño museo dedicado a sus dos periodos presidenciales, con fotos de él subido una Ferrari, jugando al fútbol con Maradona, sus looks con patillas y sin patillas, material original de las publicidades de campaña y una escultura a tamaño real que lleva un saco y unos zapatos originales, donados por el propio homenajeado que no llegó a ver en vida este museo aunque abrió en 2019, antes de que se muera en 2021.
Dicen que estaba muy viejito, que no se podía mover mucho. Y que hacía bastante que no volvía a Anillaco y a la Rosadita, su quinta de verano en la que buscó replicar la estética de la Casa Rosada, ahora cerrada a las visitas públicas, con todas sus ventanas tapiadas y unos centímetros más de cemento a las paredes para preservar la intimidad vaya a saber de qué. Muy cerca de ahí, están los piletones que acabé custodiando todos estos años, dentro de los cuales nadan y nadan y nadan ahora miles de esturiones de todos los tamaños para producir caviar de exportación, un negocio que también trajo el expresidente de la nación.
El caviar no lo extraigo yo, vienen unas personas y se lo llevan. No sé a dónde. Antes mataban al animal, lo abrían en dos con el cuchillo muy afilado y extraían la masa negra. En unas cajas metían el caviar, en otras los peces muertos. Ahora el procedimiento es más ameno: se coloca al pez con la espalda apoyada en la falda del humano especialista y este le da suave masajes en la panza y, por un agujero, van saliendo el caviar como un chorro. Después de extraerlo todo, se los vuelve a dejar en los piletones. Y siguen su vida como si nada.
Eso es lo que acaba de explicar el aumento desproporcionado de los ejemplares. Durante un tiempo mantuve la cuenta de los que había y como no había demasiada diferencia entre los nacimientos y las muertes nunca me perdía. Pero desde que extraen el caviar sin matar al animal me pasa lo mismo que a Silvia Prieto, el personaje que interpreta Rosario Bléfari en la película de Rejtman, que renuncia al bar en el que trabaja porque ya no puede contar más la cantidad de cafés que lleva servidos. Yo intenté lo mismo, pero la gente que viene a extraer el caviar no me escucha, apenas si intercambia alguna palabra conmigo. Podría jurar que el tipo a quien le dije que renunciaba se rio en silencio detrás de la máscara que llevaba.
A veces hablan entre ellos, en voz baja, y a veces consigo escuchar. Una vez dijeron que solo hay dos criaderos de caviar en Sudamérica, uno está en aquí, en Anillaco y el otro en Uruguay. Lo que yo hago, entonces, sucede de manera inédita en la parte sur del continente americano: los alimento, mido la temperatura del agua y del oxígeno cada una hora, los vuelvo a alimentar y los observo. Así, todos los días, los piletones largos, en hilera, uno al lado del otro, los peces que van y vienen, el reflejo del sol en el agua, el efecto espejo.
Los esturiones pueden vivir hasta 100 años en el medio natural pero parece ser que ya no hay ninguno en medios naturales, todos los esturiones del mundo viven en criaderos y ninguno vive más de diez años. Los que yo cuido son del Mar Caspio, de la especie Beluga, el más caro del mundo: un kilo de huevas a 12.000 dólares. Los machos y las hembras no se distinguen a simple vista, hay que hacerles ecografías para ver sus órganos internos. El caviar se extrae de las hembras, los machos solo para la procreación y para carne.
No tengo idea de cómo se comerá el caviar, con qué lo preparan. Y jamás me comería la carne de ningún esturión, no podría. Pero el caviar me da curiosidad, aunque me lo tienen prohibido, me lo dejaron claro desde el primer día y las personas que vienen siempre me revisan, por las dudas. Cada vez que vienen, que es casi todos los días, se toman un tiempo para mirarme por dentro y por fuera. A veces me pinchan con una aguja y ahí pueden comprobar que jamás he tocado una sola hueva negra. Dicen que en una sola bolita de caviar se pueden encontrar cientos de matices de sabor diferentes y que tienen valor tanto proteínico como afrodisiaco.
Pero hoy es mi último día, después de diez años. Por la mañana hice lo de siempre, echarles puñados de esos cangrejos minúsculos que les encantan. En un rato les toca la comida de la tarde, el alimento procesado que huele tan mal. Así han ido creciendo, todos estos años, de los pocos centímetros que tienen cuando están en el laboratorio, a donde no puedo entrar pero los veo desde una ventana, hasta los 5 o 6 metros de largo que deben alcanzar en los piletones.
No sé cómo me veré ahora porque no recuerdo cual fue la última vez que me miré en un espejo. El agua de los piletones ya dejó hace mucho de reflejar mi rostro. No me dijeron cuál sería mi recambio y no me importa. Lo traerán mañana, yo no lo veré. Después de darles de comer a los peces ya me puedo ir. No sé cómo voy a recordar esta década, si es que recordaré algo. Sé que lo que viene será mejor, de eso estoy seguro. Y que en el futuro esto no se repetirá nunca más. Solo espero poder probar el caviar, alguna vez.
Laureano Debat

