Hace veinte años un conocido me prestó una casa que quedaba sobre la avenida Espora, en Burzaco. Era una propiedad horizontal. Se entraba por un pasillo que desembocaba en una puerta de chapa. Encima de la mirilla había una letra E. Pero en rigor, el departamento era el 2. El lugar era chico: cuarto, cocina y baño; pero los ambientes eran espaciosos y bien aireados. Todos daban a un patio en el que sobrevivía un laurel. Trabaja un par de horas como preceptor en una escuela de Capital.
En Burzaco vivían tres grandes amigos. Los viernes nos reuníamos en mi bunker de Espora. Nos habíamos aficionado a escuchar un programa que pasaban por una radio local, FM suburbana. Lo conducía un personaje al que le decían el tano Enzo. Era un de esos anarcos que lo son sin saberlo. Alquilaba el espacio y no aceptaba anunciantes. La gente (nosotros entre ellos) pasaba por la radio y dejaba plata. Por lo tanto, el programa tenía una duración variable que dependía de los aportes que recibía, pero también de la voluntad del conductor. Había veces en las que el tipo se plantaba. Decía: Hoy estoy cansado. Corto a la una y media. En el barrio, esa contundencia fue ganando espacio. Se la relacionaba con la franqueza. Hubo momentos en que todos escuchaban al tano Enzo. Una vez estuvo en el aire hasta las ocho y media de la mañana.
El tano aseguraba que él no hacía un programa; lo suyo era un espacio en el éter, una exhalación, un canal abierto. La cosa estaba armada así: unas pocas músicas (algo de los Redondos, algún tema raro de Floyd, un tanguito de Pugliese) y el micrófono abierto a cualquier llamada. Voces que contaban historias simples e insólitas: un tipo que se había cortado un dedo con una sierra; una mujer que tenía treinta y siete gatos; un viejo que decía que los juegos de azar los había inventado el diablo. El tano escuchaba pero también participaba. Tenía una enorme destreza para manejar el rumbo de la charla.
Una noche Enzo empezó el programa con voz grave. Tenía hemorroides. Avisó a la audiencia que si no le pasaba la molestia se iba para su casa. A los cinco minutos un oyente le llevó un Xiloproct en pomada. El tano mandó un tema de Manal y se fue del aire. Cuando volvió era otro. Habló con un pibe de José Mármol. Decía tener una deuda con su tío. Nunca entendí si era de plata o de honor. Enzo se puso a deshilvanar un ovillo infinito. Lo que más nos pesa no tiene peso, decía el tano jugando con las palabras. Contó que la gravedad del mundo no afecta solo a las cosas; también al decir y a las miradas. Por eso él, igual que Ítalo Calvino, valoraba la levedad, que no era un remanso pero que daba aire. Sin despreciar el peso terrestre, hizo una apología de lo leve. Su discurso fue confuso. Por momentos se le escapó el sentido; pero igual sus palabras nunca perdieron potencia. Eran auténticas.