El origen del fuego

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El verano es para los ricos. Así decía papá cada vez que la casa se llenaba de moscas o cuando aparecía una gallina muerta de panza al sol. Inflaba los pulmones, aguantaba el aire un rato y repetía eso, que el verano era para los ricos. La última vez que se lo escuché decir fue la noche que dejó a toda la cuadra sin luz. Un rato antes, se había puesto a arreglar los cables de un ventilador. Le daba vueltas con una cinta roja y con otra verde. Después acercó las patitas al enchufe y la explosión fue tan grande que Julia, mi hermana más chica, salió disparada a esconderse en el baño. Yo, que ya había cumplido los siete, la fui a buscar y le dije que no se asustara, que todo iba a estar bien. Mamá puteaba porque no encontraba velas en ningún cajón y también porque en cada paso que daba se llevaba puesto algo. 

Los vecinos se empezaron a juntar en la vereda para ver qué era lo que estaba pasando y como había luna llena, se podían ver las caras sin problemas. Doña Beba y el Moncho miraban con bronca para el lado de la casa del Pepi que por haber sido el último en engancharse, siempre que se cortaba la luz, pensaban que era por su culpa. Papá no salió a la calle. Se quedó adentro y espiaba a todos por la ventanita de la pieza. Yo aproveché el revuelo y la luna llena y me fui un rato al patio. Siempre me gustó jugar con esa luz blanca que te deja ver como si fuera de día. Lo primero que hice fue tratar de mejorar la puntería con la honda. A veces le tiraba a una latita que ponía arriba del paredón y a veces al tanque de agua del vecino. Al rato, me distraje con algo que se movía entre las ramas secas. 

A esa edad, yo conocía muy bien el ruido de los perros, los gatos y las ratas. Pero eso era otra cosa. Me acerqué en puntas de pie como hacen los detectives y lo primero que descubrí fue una mano chiquita, con los huesos bien marcados y las uñas largas, llenas de tierra. Pensé que sería Julia que me quería asustar, pero me tiré de panza al suelo y pude ver una cara que parecía de piedra. Los ojos negros estaban bien abiertos, tenía una cresta llena de puntas y le colgaba una papada arrugada. La cola era tan larga que no llegaba a ver dónde terminaba. 

Ese verano, mamá nos había dicho que Papá Noel iba a pasar un poco más tarde, y como lo que yo había pedido era un dragón, pensé que por fin mi regalo había llegado. Me agaché, corrí un poco las ramas y lo agarré con cuidado para que no se me fuera a escapar. Estaba frío y la piel era una cosa rara. Nunca había tocado algo así. Cuando volví adentro, me paré delante de mamá y me quedé quieto para mostrarle mi regalo. Ella habría pensado que tendría un gato o el cachorro del vecino porque cuando le dije que Papá Noel había cumplido, se acercó con una linternita. Ni bien logró enfocar, pegó un revoleo tan grande que tiró el plato que estaba secando. El ruido de los vidrios rotos asustó al dragón que se me escapó de los brazos y se metió abajo de la cama grande.

  • ¿De dónde sacaste ese bicho? ¡Por Dios!— mamá gritaba y se ponía una mano en el pecho para que no se le fuera a escapar el corazón.

Papá la miró serio y le hizo un gesto para que se calmara.

  • ¿Dónde encontraste eso hijo?- él parecía estar más tranquilo, pero igual, no dejaba de alumbrar abajo de la cama.

— Estaba entre las ramas. Es el dragón que pedí para navidad.

Papá le dijo a mamá algo por lo bajo y después me pidió que no le contara nada a Julia lo del regalo. Por lo menos hasta que a ella también encontrara el suyo. Yo dije que sí, pero la verdad era que no me podía imaginar cómo iba a explicar que un dragón había aparecido así, de la nada. Al rato, mamá me dijo que era la hora de irnos a dormir y que al otro día ya iba a poder jugar con mi nuevo animalito. Me subí a la cucheta, y desde ahí, me dormí escuchando el ruido de las garras raspando contra la tierra. 

Al otro día, no podía encontrar mi dragón por ningún lado. No estaba abajo de la cama, ni atrás de la heladera, ni en el baño. Mamá me tranquilizó enseguida y me contó que papá lo había llevado al galpón del fondo. También me dijo que estuvo preguntando y que había que darles de comer yuyos, frutas y verduras, pero ojo con darle carne porque les podía hacer muy mal. Yo pensé que con todo el pasto que teníamos en casa, no íbamos a tener ningún problema. Igual, todas las mañanas, antes de salir para la escuela, le dejaba un platito con higos, mandarinas y limones. Cuando volvía, lo primero que hacía era ir al galpón a verlo. Me acostaba en el suelo para que podamos vernos y le hablaba de todo un poco. De los goles que había hecho en el recreo, de los chicos que fumaban en la plaza o del quiosquero que siempre me miraba mal. 

De nombre le había puesto Chimuelo, como ese dragón de los dibujitos que no podía volar porque tenía la cola lastimada. Yo le hacía upa y le acariciaba la cresta, pensaba en lo grande que se iría a poner con el tiempo. ¿Tardaría mucho en aprender a volar? ¿y el fuego?  iba a tener que enseñarle que escupiera lejos de la casa.

Al principio, los chicos del barrio y los de la escuela se me reían en la cara. Nadie creía que era dueño de un dragón. Pero el día que los invité para que lo vieran, se quedaron con la boca abierta. De repente, todos los varones querían ser mis amigos y la mayoría de las chicas gustaban de mí. Poco a poco la bola se empezó a correr y a veces aparecía gente desconocida que preguntaba si nosotros éramos los dueños de la bestia.

Debe haber sido eso lo que a papá le dio la idea de mostrarlo. Decía que teníamos que empezar de a poco y que después, si todo andaba bien, podíamos poner otros animales raros para que la gente los viniera a ver, como un zoológico. Fue así que todos los días, a las seis de la tarde, se abrían las puertas del galpón. La mayoría de los que se acercaban eran chicos de la escuela que venían a sacarse la duda. La tarea que papá me había dado era muy fácil. Solo tenía que acompañar a los visitantes hasta el fondo y darles unos pedacitos de zanahoria para que ellos mismos lo pudieran alimentar. Cada tanto tenía que pedirles cien pesitos, doscientos, lo que tuvieran. No tenía que olvidarme de aclarar que era para comprar la comida y para pagar el veterinario. Doña Beba y el Moncho pasaban todas las semanas, siempre dejaban buena colaboración.

Pero con el paso de los días, me di cuenta que Chimuelo se había empezado a poner triste. Se escondía en un rincón y quedaba así durante horas, con la trompa tocando las chapas. No se daba vuelta ni para que le hiciera upa. Empecé a sospechar que no debería estar pasándola muy bien y que capaz, él también se había imaginado otra cosa. El problema era que papá estaba tan ilusionado con la idea del zoológico que no me animaba a decirle nada. 

Una tarde, un camión con el escudo de la municipalidad frenó en la puerta de casa. Un tipo vestido de marrón se bajó de un salto y preguntó si era cierto que nosotros teníamos un animal exótico en exhibición. Yo no entendí nada de lo que dijo, pero me di cuenta que hablaba de Chimuelo. Le dije que sí y salí corriendo a llamar a mamá.

El señor sacó un papel con una firma y un sello. Mamá puso el dedo sobre las letras y leyó despacio. Después fuimos hasta el galpón y vimos que Chimuelo estaba como loco. Iba de una punta a la otra, rascaba la tierra. Era la primera vez que lo veía moverse de esa manera. Pensé que el señor sería el veterinario porque lo agarró fácil, lo dio vuelta y le miró la panza, los ojos, la cola. Ya que había venido, aproveché y le pregunté cómo veía a mi dragón. Le dije que le dábamos mucha fruta y nunca carne. Pero el señor puso cara seria, dijo que ese animal era no era un dragón, que tenerla encerrada estaba prohibido y que se la tenía que llevar. Ahí me di cuenta que era un chanta que nos quería robar a Chimuelo para poner su propio zoológico. Salí corriendo hasta la calle para pedir ayuda pero no encontré a nadie. ¿Dónde estaba papá? Ni siquiera encontré algún vecino que nos pudiera ayudar. Volví hasta donde estaba el señor y como no me salía decir nada, le apreté fuerte la mano a mamá.

  • Espere un poco- dijo ella devolviéndole el papel- ¿no hay forma que se pueda olvidar de esta denuncia? si acá la tenemos bien cuidada. Está bajo techo y le damos de comer todos los días. Es del nene…
  • Está bien señora, yo la entiendo, pero ¿qué es lo que le da de comer? Estos animales tienen que tener una dieta especial. Hay que alimentarlos como corresponde, sino al tiempo terminan desnutridos o muertos— dijo mientras abría la puerta de una jaula y metía a Chimuelo adentro. 

Mamá bajó la mirada y no dijo más nada. El tipo pegó media vuelta y arrancó, se fue despacio esquivando los pozos. Yo me quedé mirando fijo al camión. Lo único que quería era ver una bola de fuego que lo incendiara todo.

Sebastián D´Ippólito

Sebastián D´Ippólito
Sebastián D´Ippólito
Nació en Mar del Plata en 1982. Es Doctor en Biología, Investigador del CONICET y docente en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Publicó crónicas periodísticas en el diario La Nación y en Revista Ajo. Ganó en dos oportunidades el concurso de cuentos “Valijas con Historias” organizado por la Municipalidad del partido de General Pueyrredón. Publicó en el diario La Capital de Mar del Plata y en la revista digital Línea de Crujía. Su cuento “El canto de los pájaros” fue finalista del concurso de relatos breves “Osvaldo Soriano” organizado por el Laboratorio de Ideas y Textos Inteligentes Narrativos (LITIN) y seleccionado para la edición digital de una antología. Su monólogo “Mi miedo no vale” fue llevado al teatro en la temporada 2022 bajo la dirección de Silvia De Urquía y Antonio Mónaco. En el mismo año, el cuento “Los movimientos del agua” fue seleccionado para integrar la antología de Narrativa breve, editado por Cepes ediciones. En 2023, el podcast “Un morral con historias” espacio de lecturas de la Biblioteca Central de la Universidad Nacional de Mar del Plata, seleccionó el cuento “La cola del alacrán” para ser leído en la plataforma Spotify.

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