El día del bagre

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   Elegir pesquero no resultó tan complicado. Era mucho más sencillo, por ejemplo, que decidir un hijo. Y aunque jamás había leído a un tipo que tuviera la estrafalaria idea de llamarse Corso (de hecho, nunca pareció interesarle más que un par de artículos por número de la Aire & Sol), sabía perfectamente que a fin de cuentas este mundo no era del todo malo para nacer, siempre y cuando uno estuviese dispuesto a seguir el ritmo de «todo el año es carnaval». Eso sí: nada de disfrazarse como pájaro de Hiroshima o apretar el pomo por dónde no se debe.

   Graznó la palometa y el abadejo tiró más de la cuenta. “Sangre de mi sangre”, se dijo. Una ola imperceptible movió el balde. “Algo hay que dejar”. Soltó la caña y pensó en su Barbra Streissand. Recordó la nariz de gancho y los ojos de ratón despertándole la ternura antes que aparecieran en escena las caderas anchas y la piel de heroína de las cinco de la tarde. “Ojos de ratón”, le confió al pejerrey que todavía boqueaba en el piso húmedo. El ojo del pez le devolvió la mirada. Cinco años parecen demasiado para una pareja solitaria. Algo tenía que hacerse.

   Ese verano la luz raspaba las piedras y hacía estallar con pequeños chillidos las tardes quietas y las noches de cuarto menguante. Hizo que María (“mi Bárbara”, le decía con el dulzor de un vino sin que ella entendiese del todo) guardara las pildoritas verdes en el fondo del cajón donde dormían las fotos de un ayer amarillento y el algodón que cobijaba dos perlas, único tesoro heredado de la abuela. Alternó lunas en el bote y estrellas en la cama. Cuando volvía al río, podía llegar a sentir cómo la tanza se estiraba más de lo corriente. Notaba que la espera no dependía únicamente de la suerte de una escama. Como tantas veces, tampoco esta  lo defraudó. Una tarde, al regresar del frigorífico, se encontró con un vaso de grapamiel sobre la mesa enclenque del austero comedor. Adentro, flotaba un laurel. No hicieron falta palabras. Ella miraba los reflejos dorados del líquido con una sonrisa acuosa. Cuando él la abrazó, sintió su piel más tibia que lo habitual. “Le voy a enseñar a tirar la plomada sin armar galletas”, le dijo en un susurro. 

   Aquel invierno, “Ojos de ratón” comió tangerinas hasta el hartazgo. Las noches de insomnio, le contaba a su vientre la obstinación de una lluvia finita decidida a no terminar, sin saberse en verdad cuándo había comenzado. No la molestaba, siempre que la arrullara con su música monocorde sobre el techo de zinc en la cocina, mientras vigilaba la llama azul de la hornalla vacía. En cambio, atribuía las náuseas de esos primeros meses al gris acerado que lo inundaba todo. Casi no salía. En parte porque no hacía falta, pero también porque la alteraba ese movimiento quieto, sordo, que atronaba en el exterior. Un miedo más contagioso que la lluvia. Hasta los perros famélicos que se daban cita para compartir las sobras de la fonda de la esquina, ahora parecían deambular confundidos, buscando esconderse de sus sombras. Vio los huesos de uno de ellos desvanecerse junto al torbellino de cigarros en el fondo del inodoro. Fue entonces cuando se propuso dejar el vicio.

   Un humo oscuro ascendía con las noticias del mediodía. Hombres de cejas pobladas y labia proverbial aseguraban que todo habría de acabar en diez o quince años. Más valía que no. No quería que su semilla viera el horror. O peor aún: que lo viera sin ella. Recordó inquieta el gran paro del ’67 en el IMSA, contando hormigas para calmar la ansiedad hasta el regreso de quien pocos días antes se había convertido en su esposo. Él retornaba invariablemente con el cigarro a medio terminar, alargando una mano hacia algo que adivinaba amigo, el cansancio pegado a la piel y las palabras de siempre: “No pasa nada”. Nunca pasaba nada, aunque en secreto se habían prometido todo. Entonces, cuando escuchaba golpear la puerta con tela de avispa y ella tenía la convicción de que el olor que se apoderaba de cada uno de los cuartos era definitivamente el de su hombre, aplastaba la última hormiga. “Cincuenta y tres”, se decía satisfecha.

   Ahora era distinto. La inquietud flotaba en el aire, en las hojas grises de los álamos, en el silencio de los verduleros, en la espera. El río prometía algo más que un remedio para perdedores. Los guijarros acechaban en cada rincón de la casa y, en ocasiones, los vasos temblaban sin razón en sus anaqueles. Hasta las hormigas habían abandonado su ruta natural, aunque siempre una cucaracha se mostraba para desafiar el equilibrio. No era lo mismo. “Estos bichos no se pueden contar”, pensaba ella mientras volvía los ojos a las agujas. Dos puntos, uno para arriba, y la mano otra vez a la colina que crecía en su cuerpo. Entonces, con aquella sonrisa acuosa, “Ojos de ratón” se levantaba con pesantez, recorría a pasos cortos la distancia que la separaba de la frutera de porcelana con arabescos en añil y, antes de dar un mordisco a la décima tangerina del día, volvía a repetirse que ahora era distinto.  

   El grito hizo que las plomadas volaran por el aire. Una, incluso, le rozó peligrosamente la sien. Se preparaba para la pesca del bagre cuando escuchó el alarido de su mujer. No tenía la menor idea acerca de qué hacer en ese preciso momento y lo mejor que se le ocurrió fue poner a hervir agua, aunque no tenía ningún sentido ya que no era él quien la iba a asistir, ni siquiera planearon que el acontecimiento ocurriese en la casa. Como el dolor insistía, casi amordaza a la incipiente madre con tal de que se callara. ¿Podía ser la hora del parto? ¿Justo el día del bagre? Estaba desconcertado, ya que siempre imaginó las cosas por completo diferente, como si hubiese un horario preestablecido, consentido entre ambos previamente. A la hora señalada, se sentarían en el silloncito del living con el bolso preparado, y aguardarían hasta que ella diese la orden: “Ahora”. Pero “ahora” era ahora, un domingo a las cuatro de la mañana, cuando él se preparaba para pescar algún buen bagre. ¡Mujeres…! Tal vez entendió que en el bagre había un mensaje cifrado, una señal de lo que iba a llegar. Por lo general no son peces demasiado apreciados, pero él les tenía cariño. Los trataba como a un igual: nada de escamas brillantes o ampulosidades de esas con las que después los giles se retratan – y sabía de más de uno que ni siquiera había tirado la caña. El bagre, se dijo, era un bicho noble, que la pelea como todos y que sólo aspira a que lo dejen en paz. Hasta podía imaginar alguno con un pucho en la boca ancha y carnosa y jugando al tute en el boliche. Pero no, hoy bagres no hay.

   Un nuevo grito lo sacó de sus cavilaciones. Se tomó unos segundos para ordenar las ideas. Primero llamó a Luis para avisarle que se suspendía la pesca para otra oportunidad. Después pensó aprovechar el agua caliente para cebarse unos mates y le hizo llegar la propuesta a su mujer. El silencio y la mirada de dolor e incomprensión lo hicieron desistir. Aturdido, empujó a María hacia la camioneta y la ayudó a subir con cierta dificultad. Recordó que había olvidado el bolso celeste con la ropa aún más celeste en su interior. Volvió a la casa por él. “Ojos de ratón” no dejaba de gemir. El motor estaba frío y costó hacerlo arrancar. “Ya va a pasar, vas a ver”, le repetía a “su” Bárbara, buscando un tono tranquilizador, tal vez más para sí mismo que para ella. Como no pasaba, prendió la radio para no escucharla. No escuchar. Y arrancó.

   “La prueba tripulada soviética Soyuz 12 descendió hace dos horas con paracaídas sobre las estepas de Kazakistán, completando un vuelo espacial de dos días. Informó la agencia TASS que los tripulantes Vasily Lazarev y Oleg Marakov fueron…”.

   Apagó la radio. Lo último que podía importarle en esos momentos eran dos rusos que anduvieron por el espacio. “¿Y qué?”, se dijo. “Yo me quedé sin bagres…” Sin embargo, a partir de esa noticia no pudo eliminar de su mente la palabra “estepa”. Veía una inmensidad verde, con caballos por todas partes y hombres rudos montando en pelo. Instintivamente repitió “todo va a pasar”. Miró a su mujer y sintió los esfuerzos descomunales e inútiles para reprimir el dolor. La acarició con la palma de su mano derecha, roja y transpirada por la fuerza con que se aferraba al volante, y volvió a decirle: “Ya casi llegamos, un poco más y llegamos; vas a ver, vas a ver qué lindo va a venir Walter Julio”. 

Ella no pudo menos que sonreír primero y luego lanzar una amplia carcajada entre hipos, gemidos y sollozos. En ese preciso instante, en esa carcajada ridícula, él comprendió la verdadera dimensión de su amor.

   Casi no se dio cuenta cuando vio desaparecer la camilla detrás de una puerta idéntica a todas las demás de esa construcción cuadrada y baja que servía de maternidad. “Espere”, le dijeron. Repitió el ritual de los cigarrillos, la ruta de diez metros mirando alternativamente la punta de sus zapatillas gastadas, el reloj circular en la pared y las luces sobre las puertas gemelas que indicaban el sexo del recién nacido. De pronto sintió que algo había salido de sus carriles normales. No podía dar una justificación que explicara el cambio, pero era así. La puerta por donde llevaron a María se abría cada vez con mayor velocidad, entraban y salían nuevos hombres y mujeres uniformados de verde que hacían un esfuerzo por no encontrar su mirada cada vez que lo cruzaban. A lo sumo, una leve inclinación de cabeza. 

   Los nervios iniciales fueron dejando paso a otro tipo de sensación, tan inesperada como inédita. En primer término, arrojó el cigarrillo recién encendido y se prometió no volver a tocar otro hasta tener alguna certeza de lo que realmente ocurría. Esta decisión, si bien no alcanzó a calmar el creciente desasosiego en su interior, al menos le dio algo de seguridad tanto en sí mismo como en el curso de los acontecimientos. Respiró profundo. “Todo va ir bien”, se dijo, como si fuera una suerte de mantra mágico. Un médico joven, de cabello corto y fino bigote, fue el último en introducirse al recinto. Cuando lo vio salir con el gesto adusto, pudo adivinar lo que tenía para decirle. Tal vez no las palabras exactas, pero tampoco importaba: un mensaje atávico que lo estaba esperando desde que vino al mundo. Mientras el médico hablaba, se vio a sí mismo, escuchándolo. La imagen le pareció cómica. Entre las palabras que llegaban cortadas, pudo distinguir algo similar a un “muy poco frecuente” y un “lo siento mucho”, esto último más claro. Él le tendió la mano sin saber por qué mientras pensaba que nada de esa escena resultaba cierto, nada, que estaba en el bote, en algún punto del río, esperando por un bagre gordo y sucio que no llegaría. El calor de la mano del médico joven lo devolvió al presente. “¿Se siente bien?” fue lo último que escuchó antes de salir a la calle. Necesitaba aire. Llovía y el agua en la cara le hizo bien. Caminó y caminó, hasta que a la quinta o sexta grapa apurada de un trago en un bar miserable del que no tenía memoria, quedó paralizado por una idea llegada desde un punto oscuro. “Me olvidé de algo”, se dijo. “Debo volver.” Y volvió.

   Lo vieron retornar como un fantasma, completamente empapado, con los ojos rojos y un osito de peluche azul Francia. Sentía los huesos como estacas. Haciendo un esfuerzo sobrenatural, se inclinó sobre la cuna. Aquella criatura diminuta y morada, con la boca de un batracio, le pareció lo más feo que había visto nunca. Se interrogó sin suerte a qué pescado le recordaba. Entonces, su anular rozó la minúscula garra que se agitaba sin concierto. Al contacto, sintió que lo recorría una corriente fría que conectaba con el fuego violento de sus entrañas. Tomó la manito y le dijo: “Ahora somos nosotros, compañero. Así es la historia”.

   Se dio media vuelta y desapareció en la lluvia que ocultaba sus lágrimas aguardentosas. Quienes lo cruzaban, veían con temor a ese fantasma flaco, hecho de agua, que emitía unos bufidos animales y abrazaba con fuerza un osito de peluche azul Francia contra su pecho transparente.

   “Si no se apuran, nunca más, eh”. El viejo lanzó una imprecación y escupió, impaciente, contra una piedra. A los jóvenes les resultaba increíble la velocidad de su paso. Todos apelaron a su última cuota de aliento, reacomodaron los petates y, como pudieron, aceleraron la marcha. Sabían que el hombre hablaba en serio y que más valía no hacerlo enojar. Yo también estaba al tanto de lo que significaba para él llegar antes que los demás. Lo había acompañado toda mi vida, lo suficiente para entender que nada tenía más importancia. “Miren que si no se nos va a complicar para conseguir pesquero, eh”, dijo papá guiñándome un ojo, mientras encendía el décimo cigarrillo del amanecer.

¿Sos vos? 

¿Y quién si no?

Qué tal, cómo anduvo la jornada…

Lo de siempre, mucha corvina, algo de merluza, pejerrey, pez espada… 

¿Y bagre nada, che?

Sabés muy bien que el último salió el día en que yo nací…

Es cierto, es cierto… Pero el mejor bagre que jamás alguien haya conocido.

Gracias, muy amable.

De nada: simple justicia. No te enojés, Ojitos… Y haceme un favor, ¿querés? Traé una grapita, dos copas y sentáte a mi lado.

Con todo gusto, papá, pero no lo olvides: mi nombre es Bárbara.

Bárbara, claro, cómo voy a olvidarlo… ¿Y Ojitos?

Vos me lo contaste: duerme el sueño de las tangerinas.

Un hermoso sueño, hija, el más hermoso…                 

Christian Kupchik

Christian Kupchik
Christian Kupchik
Poeta, narrador, traductor, Christian Kupchik nació en la navidad de 1953, en Buenos Aires. Entre otras ciudades, vivió en Barcelona, Estocolmo y Montevideo. Trabajó como periodista cultural para diversos medios y vertió al castellano obras del sueco y del noruego, desde clásicos (Ibsen, Swedenborg) hasta autores más recientes como Hjalmar Söderberg. También tradujo del inglés y del francés, entre otros a su admirado Paul Morand. Entre sus siete libros de poesía publicados, encontramos En la Mesopotamia, Lumière y, el más reciente, Los colores de la vigilia (2017). Entre sus relatos, “Fuera de lugar”, “Pranzalanz” y “Todos estos años de gente”, donde reunió muchas de las entrevistas a grandes autores que realizó a lo largo de los años. Trotamundos impenitente y bibliófilo consumado, también se dedicó a la literatura de viajes, ámbito en el que se especializó, como prueban las memorables antologías anotadas El camino de las damas, En busca de Cathay y Las huellas del río. Al momento de su muerte, en 2023, dirigía el sello Leteo, donde dejó su reconocible marca como editor.

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