Ahora estamos bien. Mucho mejor que antes. Te dije eso sin mirarte, mientras intentaba abrir el cuadradito del queso untable. La tapa de plástico estaba suelta en una de las puntas, pero igual yo no la podía despegar. Era claro que en esos días no serviría para nada. A veces es necesario tener las uñas apenas largas. Para sacarme la cera del oído por ejemplo, para pellizcar la cinta scotch, para hacerme doler sin que nadie se diera cuenta.
¿Me vas a ayudar con la ducha? Te pregunté y revoleé el cuadradito de queso contra la puerta. Hay que esperar a que la enfermera traiga el nylon para cubrir la vía, pero sí hija, como no te voy a ayudar, decías y ya le estabas pasando un trapito húmedo a la madera para sacar la mancha. Me di cuenta que te cambió la chispa, que te pusiste un poco triste. Tal vez, como teníamos que estar.
Acá no nos jode nadie, dijiste entre un bostezo. Sí, la verdad que valió la pena gastarme esa plata. Una fortuna, pero al final, si no es para esto, ¿para qué ahorra una toda la vida?
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La habitación común que me habían dado al principio era un verdadero infierno. Desde el pasillo se escuchaban las puteadas de mi compañera de pieza. Vos eso no lo sabías porque al principio no te dejaron entrar. Tiene que esperar acá hasta que la acomoden y después pasa señora, aclaró el de seguridad levantando el brazo como una barrera. Vos no tuviste más remedio que aflojar tus huesos del fierro la camilla. ¿Adónde me llevan?, pensaba, me acaban de sacar del quirófano, díganme que ahora viene algo mejor. Esperamos un rato afuera, hasta que las enfermeras lograron calmar a la loca de mi compañera. Se ve que le enchufaron algo fuerte porque enseguida se apagó. Dale ahora, dale, apuró el camillero y entre tres me pasaron a la cama. Estar con ella era un calvario. La medicación que le ponían duraba como mucho una hora. Ni bien se despertaba arrancaba el baile. Que los iba a matar gritaba, que era policía y que no se los cruzara en la calle porque cada vez que viera los iba a hacer re cagar. Entre todo ese aire de fuego, vos decías cualquier pavada para que yo no me asustara. Lo peor ya pasó, repetías cada cinco minutos. No te preocupes que a esta loquita se la llevan en cualquier momento, murmurabas por lo bajo y te hundías en la reposera para que no se te viera más que el flequillo.
Por lo que sintonicé, la mujer se había destrozado la pierna en un accidente con la moto. Pero el problema no lo tenía en la pierna, el problema era que le faltaba la cocaína, el paco y no sé qué otras drogas más. Los voy a reventar a todos, uno por uno, amenazaba con el dedo tembloroso. Y nadie se animaba a sacar el cuchillo que tenía clavado en la manzana. ¿En esta clínica no existe el plástico? Te pregunté cuando el enfermero pasaba cerca. ¿Y si averiguamos cuánto sale la habitación individual? Me respondiste abriendo los ojos bien grandes, de espaldas a la loca.
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Esto es otra cosa, acá estamos bárbaro, decías. Las dos solas, una cama para vos, una cama para mí, aire frio, aire con calor. Tele grande, canales con series. ¿Querés que veamos una?, la que vos quieras, imagino que mínimo, un par de días vamos a estar.
Lo único malo eran las rutinas de las enfermeras. A cada rato venían a cambiarme el suero, a poner otro antibiótico, a vaciar el drenaje. No les importaba si eran las dos o tres de la mañana. Sin golpear la puerta, se mandaban, prendían la luz y hacían y deshacían. Igual vos ni te enterabas. Roncabas de lo lindo y babeabas toda la almohada. No te mencioné nada para que no te diera vergüenza, pero me parece que las enfermeras se tentaban con tus ruidos. A la mañana, las chicas de la limpieza nos pedían por favor si podíamos salir un ratito así higienizaban la habitación y el baño. Sí, claro, adelante, adelante, decías y salías con pecho de pingüino, agrandada de tener quien te limpie los rincones. Mientras esperábamos a que terminaran de hacer las camas, nos acercábamos al hueco de la escalera para ver si se escuchaban los gritos de la loca. Ahora que la sufran otros, nosotras esa ya la pasamos.
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Estamos al pelo. Sí, igual no sé para cuántos días más tendremos, dije apagando el televisor y dejando caer el control remoto. Bueno, tranquila, no creo que mucho más, respondiste y te pusiste a buscar las pilas abajo de la cama. La infección estaba disminuyendo, no tenía fiebre y apenas me dolía la manguerita por donde salía ese líquido a veces rosa, a veces anaranjado. Todo indicaba que faltaba poco, pero igual, el núcleo del odio seguía adentro. Tengo que controlar este enojo, pensaba. Me enfurecía saber que habían sacado una parte de mi cuerpo así, estando inconsciente. Entendía que era lo correcto, que era lo que tenían que hacer, pero me hubiera gustado saberlo de antemano, que me avisen, que me pregunten. Tengo que calmarme, repetía. Vos estabas bien y no iba a ser yo quien te pusiera triste.
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Tomá mate. Cada vez que nos dejaban el plato de comida, vos olías el humito y decías cosas así. Tomá mate, mirá vos, quién te viera y quién te ve. Muy diferente al zapallo aguachento y a la gelatina que te dan en los hospitales. No señor. Acá eran milanesas gordas con papas al horno, pechugas rellenas con jamón y un día hasta nos trajeron brochet de carne con verduras. El desayuno venía con el diario, queso untable, tostadas con mermelada, dulce de leche. ¿Café o té? ¿Algo que quieran cambiar del menú? Preguntaba la nutricionista. Y todo muy puntual. La cena era a las ocho, como mucho se atrasaban diez minutos. Un rato antes de comer, te gustaba meterte en la ducha. Dejabas que saliera abundante vapor, tanteabas la temperatura con el empeine y entrabas, te quedabas un buen tiempo. Vos creerías que yo no me daba cuenta, pero se escuchaba que cantabas como una loba.
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Todo bárbaro. Al cuarto día, la médica me volvió a revisar y aseguró que finalmente la operación había sido todo un éxito. Solo por precaución, iban a dejarme un día más. Qué bien, qué alegría, dijiste y ni bien cerró la puerta te pusiste a meter cosas en el bolso. Me pareció que llorabas. Esa tarde miramos los capítulos que nos faltaban de la serie, jugamos a la escoba y tejimos un rato en silencio. A la mañana siguiente, la doctora me sacó el drenaje, me dio algunas indicaciones y con una sonrisa nos informó que ya podíamos volver a casa, a nuestra vida normal. Bueno, muchas gracias por todo, en serio, de verdad, le dijiste antes de darle un beso y un abrazo. Agarraste los dos bolsos porque yo no podía hacer fuerza y echaste un vistazo a la habitación para asegurarte de que no nos fuéramos a dejar nada. ¿Esos diarios viejos se podrán llevar? me preguntaste en un susurro.
Sebastián D´Ippólito