En otro tiempo, las vacaciones tenían un aroma distinto. Un aroma que no es el de viajes y descanso en hoteles o playas de hoy; por el contrario, aquel olor tenía que ver sólo con descansar, casi, en lo mismo de todos los días. Así, aquel olor de las vacaciones, de la niñez en mi pequeño pueblo, era uno olor a espera y a ocio. A pura imaginación y, más o menos, insisto, haciendo lo mismo del resto del año, sobrellevábamos ese capricho del almanaque sin escuela.
En diciembre terminaban las clases y comenzábamos con ese lapso de recreo que cambiaba sólo, con respecto al resto del año, en lo tarde que volvíamos a casa. De hecho, la mayoría de las noches, nuestros padres se paraban en la vereda de nuestros respectivos domicilios y, mirando hacia la esquina, gritaban nuestros nombres haciéndonos saber que ya era bastante tarde para esa aventura que era jugar con otros mientras íbamos creciendo. En ese ayer, para muchos de nosotros, la expectativa de las vacaciones no era el viaje.
Solo lo que se olvida muere y vale. Por eso, este intento de salvar aquellos días para así salvarme también. Ya sé que no hay retorno, pero solo el tiempo es lo que llega y nos lleva. Mas ese mismo tiempo es el que oficia de mejor aliado del olvido. Por eso algunas cosas ya las he borrado. En algunas circunstancias con conocimiento de causa; en otras, solo se fueron. Como dice alguien por ahí, olvidar algunas cosas también es tener buena memoria.
Y así, entre siestas y juegos, entre noches y sueños, cada uno de aquellos días de vacaciones podían significar algo distinto para uno. Recuerdo, por ejemplo, los picados en el baldío y la libertad que uno sentía al correr de acá para allá atrás de la número 5 con otros tantos de un lado y del otro, que de tantos no sabías quiénes eran de tu equipo. Algunas noches eso se mudaba a la esquina. La calle de mi casa solo tenía cordón cuneta, así que nos trasladábamos hasta el asfalto más cercano para seguir el partido bajo la luz blanca, hasta que de a poco cada uno iba yéndose a su casa. Cuando ya no quedaban suficientes para el picado, lo dábamos por terminado. Juntábamos los buzos que daban forma a los arcos y nos sentábamos en el cordón de la vereda a esperar que pase un rato más. Ahí, con la pelota debajo de alguno oficiando de banquito y un par de botellas con agua, estirábamos la espera ayudándonos a crecer.
De esta manera muchos vivíamos las vacaciones en aquel tiempo y en aquel pueblo; así, sin el apuro por volver a casa, ni el peso del madrugón al otro día.
Las siestas de aquellos días eran también distintas. Si no tocaba algo de trabajo en el campo, me gustaba acompañar esas horas de la mano del viejo Fortunato. Más que de la mano, de su voz. Él siempre tenía algo para hacer en su galpón y yo, sentado a su lado, esperaba alguna de sus historias con gigantes, con dioses, con soldados romanos y barcos, con nieve y con otros planetas. Era como mirar la tele, como disfrutar de aquellas tardes de Sábados de Súper Acción, pero todo los días. Él miraba el piso fijamente y comenzaba con su relato en forma pausada, daba descripciones del escenario, luego de los personajes y entonaba la voz cuando estos hablaban. Yo lo miraba y entraba en él para perderme.
Hoy no recuerdo cuánto duraba el relato de cada una de esas historias. Pero sí tengo bien en claro todo lo que hacían por mí. Siempre creí que las inventaba, hasta que pasado cierto tiempo, lástima que él ya no estaba para contárselo, descubrí que sus personajes ya tenían nombre. En sus historias, en aquellas tardes compartidas con el viejo Fortunato, aparecían Odiseo, Julio César, los Stevenson, El Tony, Mark, Nippur y Gilgamesh, el Corto Maltés, los Verne y los Jack London entre otros. Con el tiempo también me dio por pensar que ese fue mi primer acercamiento a la literatura. En forma oral, el Viejo, compartía conmigo esas maravillosas historias que me pusieron mis primeras alas.
Pero no quiero sentirme estancado en ese tiempo. Tiempo donde solo importaban nuestras urgencias: disfrutar, ser felices, sentirse libres y tratar de crecer para llegar a este hoy, donde queremos volver a los que fuimos.
También en aquellas vacaciones, muchas tardes de calor eran para el arroyo. Salíamos en grupo por la calle paralela a la vía y así llegábamos a ese remanso muy cansados, transpirados y llenos de tierra. Siempre había muchos más ahí, era la pileta pública del pueblo. Recuerdo muy bien, porque alguna vez fui yo uno de esos, las caras de aquellos que, escapados de sus madres que por miedo les tenían prohibido ir a nadar allí, nos pedían con sus miradas que no los delatáramos. Uno, en su niñez y falta de responsabilidad, no entendía ese temor de sus padres, hasta que pasó lo que nadie hubiese imaginado. Tuvo que correr mucho tiempo hasta que pude volver a ese lugar.
Otra actividad por la cual esperaba esas fechas, tenía que ver con la pesca y su soledad. Pasar la noche por ahí, a orilla del arroyo o del canal, era un inmenso placer. Llevaba, recuerdo, una pequeña radio, la que suavemente me acompañaba en la noche hasta que decidía que mejor era el silencio. Nada se comparaba a él. Me convidaba tranquilidad y me ayudaba a conocerme, a preguntarme y a intentar responderme. Miraba hacia arriba y ni todas esas estrellas que iluminaban podían opacarlo. Las estrellas eran el ayer; ese silencio era inmemorial también. Solo yo era el presente. Aquel presente que hoy añoro. Aquel presente fugaz.
De más chico, las vacaciones eran para jugar en espacios en los que no se podía durante el año. Un monte cercano, unas enormes arboledas de mostacillas que tarde tras tarde se convertían en distintos escenarios. Un día eran barcos piratas; otro, naves espaciales o enormes fuertes que había que defender. Tiempos y juegos que hoy están lejos y muy cerca de mí, dado que de vez en cuando, aquel niño que fui viene a mi encuentro. La mayoría de las veces es con reclamos por lo que le prometí que sería y haría, y sin embargo no hice. Tiene razón en cobrarme. La melancolía, que es la encargada de hacerlo, me pide que no distraiga a la memoria y así evite que el olvido se haga presente en todo aquello.
¿Y para qué?, podrá decir usted, lector. Quizás para demostrarle a ese niño que fui y que me visita cada tanto, que aún tengo algo de él y que todavía tengo parte de lo que él soñaba en mis tripas.
Paradójicamente, en estas vacaciones, mientras escribo esto, me parece que está bien el viaje al pasado. Vale un buen viaje así, al menos para romper la rutina. Esa bendita rutina que ha corrompido hasta el propio tiempo de vacacionar. Tal es así que, ahora, es todo muy distinto. El sentido de la palabra vacaciones tiene mucho más olor a viaje que antes. Hoy se vacaciona en la playa, en las montañas, en el exterior. Ayer vacacionábamos, una inmensa mayoría de aquellos que crecimos en pueblos chicos, en la vereda, en el baldío, con más libertad. No había perspectivas de viajes, no al menos como hoy lo pensamos.
El apropiarse de lo simple aumenta con el paso del tiempo. Dejamos atrás este día a día y más queremos asimilar aquella infancia y su contexto, “la irremplazable magia de la irremplazable niñez” al decir de Sábato. Y entonces aparece todo. Cosas como las que he recuperado en las líneas anteriores. Cosas simples, modestas, que nos ayudan a defendernos con el recuerdo.
En fin, el ánimo decae y un suspiro se me escapa. Vida gastada ya. Las sensaciones de aquello tan real son las que me trajeron hasta acá. Pero tengo miedo de que duren lo que dura este escrito. Vírgenes de tropezones en la vida, la ignorancia, la libertad, la amistad y con la vigencia de lo lúdico a flor del alma, pasábamos nuestros mejores años. Épocas donde teníamos tiempo para la imaginación. Para visitar jugueterías que encontrábamos en cualquier lado. Para poder llevar adelante esas vidas que, quizás, nunca alcanzaríamos, pero que disfruto recuperándolas porque me gusta volver cada tanto a ese lugar de donde vengo y así tratar de comprender cómo llegué a este detalle que soy actualmente.
Estoy hecho de fragmentos de existencia, buscando la eternidad. Por eso hoy rescato ciertas risas de ayer. También algunas siestas, algunos silencios y hasta algunos abrazos. Aquel que fui no quiere dejar escapar nada, pero es inevitable. El paso del tiempo hoy deja su aroma a nostalgia. Pero resisto, busco algo más, no quiero que aquello termine como aquel final de película, siendo lágrimas que se pierden en la lluvia.