Emilse y el mar

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La familia iba a viajar en coche y el personal de servicio lo haría en tren. Esas fueron las directivas del patrón, las que, por supuesto, serían acatadas sin chistar.

Ella, Emilse, estaba nerviosa. Era la primera vez que salía de la casa y del barrio en los que estaba hacía ya largos cinco años, cuando con su madre llegaron de las Termas a Buenos Aires, recomendadas por la Madre Superiora del Convento de las Adoratrices, para trabajar en la casa de los Pérez Lovallol.

La familia pasaba todos los veranos en Mar del Plata, donde tenían un chalet, pero a ella nunca la habían llevado, porque aún era muy joven y “no iba a hacer más que dar gasto”. Entonces Rosa, su mamá, partía a la costa y la dejaba llena de advertencias y recomendaciones en el sofocante verano porteño. Se quedaban tres largos meses, en los que Emilse se aburría muchísimo y Rosa cocinaba  enormes paellas para la familia de vacaciones, hambrientos por el aire de mar y la vida en la playa.

Pero este verano ella, por fin, conocería el mar. Se le venían a la mente las bellas palabras de Alfonsina Storni, su escritora amada, a la que husmeaba cuando podía disimular un libro bajo el delantal y llevárselo a la pieza, para leerlo en las noches, antes de caer vencida por el cansancio.

¡Oh! ¡Pobres golondrinas que se van a buscar 

como los emigrantes, a las tierras extrañas, 

la migaja de pan!

Y así eran ellos, los cinco que viajaron en el tren, en clase turista, buscando la migaja de pan. El chofer, Demetrio, serio y circunspecto; Rosa, regordeta e impecable; dos chicas del Chaco que no sabían leer ni escribir y cumplían funciones de mucama; y ella, con sus dieciocho años repletos de sueños de colores, de poesía, mar y golondrinas.

Los vagones venían atiborrados. La mayoría era de las provincias: morochos y morochas trabajadores que aprovechaban la temporada para servir en hoteles, restaurantes y casas de familia. Ellos no tenían vacaciones, eso era para los ricos.

Algunas nodrizas se conocían de las plazas y charlaban alegremente como viejas amigas. Grupos de varones se unían enfrentando los asientos de respaldo movible y jugaban ruidosas partidas de truco, que estallaban en alegres risotadas cada cierto tiempo. El ruido del acero chirriante de los vagones sobre las vías, obligaba a levantar la voz a los viajeros. 

Emilse miraba todo con ojos ávidos, apenas sonriendo, tímida y cohibida por la algarabía del ambiente. Rosa repartió trozos de tortilla fría y después una mandarina para cada uno. El clima  festivo se aquietó un poco después del almuerzo, cuando los ronquidos de siesta hicieron de contrapunto al rítmico golpeteo del tren sobre las vías. Llegó entumecida, creyendo que vería ahí nomás el mar, pero no, parece que la estación estaba lejos de la costa.

En un colectivo, llevaron a muchos al Hotel Barreiro, lugar en el que pararían mozos, cocineras y mucamas. El hotel tenía una ubicación estratégica: cerca de los grandes chalets, pero no tan cerca como para que las cosas se confundieran.

Emilse puso sus dos delantales en el pequeño ropero que compartía con su madre, se hizo de nuevo el estirado rodete disciplinando su pelo fuerte y oscuro, y salió corriendo; iba a aprovechar las horas hasta que llegaran los patrones, iba a conocer el mar.

Con tan solo divisarlo, el corazón le saltó de emoción. 

Primero sintió el olor a mar, tan distinto a la fragancia pretendida por los artículos de limpieza. Yodo, sal y libertad inundaron sus pulmones. Y luego una gigantesca masa plateada que se agitaba tempestuosa levantando una bruma de ensueño.

El ruido de las olas chocando contra las piedras de la escollera la terminó de embriagar y casi perdió el equilibrio ante tanta voluptuosidad.

Mírame aquí, pequeña, miserable, 

Todo dolor me vence, todo sueño; 

Mar, dame, dame el inefable empeño 

De tornarme soberbia, inalcanzable.

 

Se sacó los zapatos cerrados y las rosadas medias, sintiendo la fría arena bajo sus pies. El verano tarda en llegar a Mar del Plata y el largo invierno se resiste a partir, haciéndolo tarde,  empujado por la impaciencia de los turistas.

A ella no le importaban los bronceados ni las mallas, esas eran cosas para los patrones. A ella le importaba el mar, ese mar colosal que también era suyo.

El viento austral la azotó impiadoso, y una lágrima se confundió con el salitre en su mejilla.

Se supo hermanada con Alfonsina, y con todos los que encuentran en la costa un horizonte amplio y lejano, pero que se ve, que existe, que está. Se supo una más del Universo, valiosa y frágil ante la inmensidad del Todo.

En esas vacaciones ajenas, que para ella eran trabajo y más trabajo, Emilse había encontrado su lugar en el mundo.

Fragmentos de Las Golondrinas y Frente al Mar, de Alfonsina Storni.

 

 

Enriqueta Barrio

Enriqueta Barrio
Enriqueta Barrio
Nació en Mar del Plata, el 2 de diciembre de 1968. Estudió Derecho y Letras. En radio Vorterix Mar del Plata conduce Noches de Barrio. El diario La Capital de Mar del Plata publica semanalmente sus relatos en la columna Historias de Barrio.

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