Azotacalles

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Hay gente distraída: pierden las llaves, los anteojos, los guantes, los paraguas; se olvidan de dar cuerda a los relojes, de mirar si hay cartas en el buzón, de cerrar las puertas, eso, de cerrar las puertas. Alguien dejó la puerta abierta, entornada, no del todo cerrada. Entraba la luz del sol y la nena se acercó a mirar. Se arrimó, se arrimó, torció la cabecita para que los ojos le quedaran al filo de la hoja, y miró y lo que miró le gustó. La calle, ese lugar prohibido en el que sólo podía estar de la mano de mamá o de Agustina o en el auto de papá. Qué bueno, la calle. Puso su mano chiquita cerca del picaporte y tiró y la puerta se abrió. Qué bueno las canillas que largan agua las luces que se prenden las puertas que se abren. Nadie le había dicho nunca que no debía salir sola a la calle aunque sí le habían dicho que en la calle no debía soltar la mano de quien fuera, Agustina, mamá, la tía Queta pero no, no le habían dicho nunca, no le había dicho nadie nunca que no debía salir sola a la calle. Dio un paso y puso un pie en el sol y después el otro. El sol estaba tibio y eso también era bueno, qué bueno. Así que dio otro paso y llegó al filo del umbral. Que no era muy alto, el umbral, de modo que bajó un pie y después el otro y el sol seguía siendo tibio y bueno. Le dieron ganas de aplaudir pero cuando dio la primera palmada se dio cuenta de que tenía las manos libres, de que no estaba dándole la mano a nadie y un poco se asustó. Estiró un brazo y se agarró de la reja del balcón, que era el balcón del escritorio de papá. Así se estaba bien, qué bueno, al sol y agarradita del balcón. Entonces, recién entonces miró la calle. Miró hacia adelante, muy muy adelante, allá lejos. Allá lejos, muy lejos, no acá cerca, pero allá lejos, las cosas se veían un poco borrosas: había una luz blanca y alrededor otras luces, o sombras, algo más gris, y la nena se preguntó qué sería eso y soltó la reja del balcón. En eso que se soltó y siguió mirando el blanco allá lejos ya no tuvo miedo y le pareció, no estaba muy segura pero le pareció que podía ir a ver qué era eso blanco porque podía ser que fuera otro sol pero que en vez de estar lejos en el cielo estuviera acá cerca en la calle. Nadie le había hablado nunca de otro sol pero a veces Tuta le contaba cuentos y eran muy raros, con gente que podía volar o Romualdo el rey de los enanitos que aparecía en la mesa al lado de la azucarera o el baile en el palacio al que iba la reina mala con zapatos dorados adornados con margaritas de rubíes y esmeraldas, esas cosas, de modo que por qué no iba a haber otro sol ahí cerca, no muy cerca pero en la calle en la que ella estaba, en la que estaba su casa pero más allá. Por qué no. Ella no podía decir o decirse «todo es posible», pero sin decir esas palabras, sin que se le ocurrieran, sabía que la cosa era así, que el mundo es así, un lugar en el que todo es posible, un lugar en el que hay reinas malas, y buenas también, en el que las nenas no pueden tocar el costurero de Blanca porque está lleno de agujas pero pueden dibujar con tiza de colores en las baldosas del patio y esperar a que vengan las hadas a bailar allí aunque claro que ella no las había visto nunca pero Tuta decía que sí, que venían y entonces seguro que venían de noche cuando todos duermen y bailan y con el baile se borran los dibujos con tizas de colores y ella quería quedarse despierta pero no aguantaba y se dormía. A todo esto sus pies seguían estando en el sol pero no era el mismo sol porque se habían movido, sus pies, y ya casi llegaban a la esquina con ella encima. Y, claro, cómo iban a ir sus pies solos, sin ella, qué gracia, eso sí que no se puede. Allá lejos todavía estaba el sol blanco, ella sabía que era un sol que brillaba, y las cosas que lo rodeaban que casi eran más misteriosas que el sol y ella quería ir a verlas pero claro que no podía, eso sí se lo habían dicho, que no podía bajar a la calle no no y no mucho cuidadito porque pasan autos y carros y bicicletas y cuando seas grande vas a poder andar en bicicleta en el parque pero ahora ni se te ocurra. Pero no pasan, dijo, casi lo dijo fuerte, no pasan, ni autos ni carros ni bicicletas. Se sentó en el cordón de la vereda, total, eso no era cruzar la calle sola, no no no mucho cuidadito. No era. Se sentó con el culito en la vereda y los pies en la calle. No era pero era casi como que era. Cruzar la calle es peligroso una nena no debe cruzar sola la calle tiene que cruzar con papá o mamá o alguien grande porque los grandes saben cuándo se puede cruzar. ¿Cuándo?, qué gracia, ella también sabe, la nena, sabe que hay que cruzar cuando no viene nada ni nadie, sabe. ¿Ve? Ahora no viene nadie, se pone de pie y camina y cruza y llega a la otra vereda y levanta un pie, el otro queda en la calle así que lo levanta también y está en la otra vereda, enfrente y más cerca del sol blanco que estaba tan lejos pero ahora no tanto un poco menos lejos no digamos que cerca pero casi de a poco acercándose a ella o mejor dicho ella acercándose al sol, qué bueno. Mira a su alrededor a ver si hay balcones con rejas que deben ser de otros escritorios de otros papás pero no hay y lo que hay es un portón que no tiene de dónde agarrarse todo de fierro pero después hay una reja alrededor de un jardín y más allá ventanas y puertas y una vidriera. Va con la reja, ella, la nena, no es que la reja se mueva con ella sino que es que la nena va de un larguero en un larguero, la reja otra vez uno y otro y otro y uno y uno y llega y se terminó así que ya no se puede agarrar de nada y prueba a ver si puede caminar sin agarrarse porque las ventanas están muy altas pero cuando llega a la vidriera es distinto porque aunque no se puede agarrar, sí puede apoyarse y está frío porque el vidrio siempre es frío a menos que adentro tenga leche tibia o caldo pero difícil porque esas cosas se ponen en jarras o en platos así que se apoya con una sola manito y deja la otra libre y mira para adentro. En donde no hay balcones, claro, porque ya no es en la calle en la vereda pero allí adentro sí que es como en un cuento y hay cosas de todos colores así que la nena se suelta separa la manito del vidrio y camina para adentro. Adentro alguien le pregunta ¿nena, en dónde está tu mamá? y ella con este dedito y casi con toda la mano señala hacia atrás no dice nada porque ya le han explicado que nunca nunca hay que hablar con extraños y de todas maneras el que preguntó miró el dedito y ya se fue así que ella sigue y todo está lleno de cosas mucho más que una casa, su casa o cualquier otra casa. No toca nada: nunca toques algo que no es tuyo. Pasea; la nena no conoce el significado de la palabra pasear pero pasea, pasea por sobre todas las palabras y todas las letras, pasea y pasa y ve y no toca y da vueltas y tantas da que llega a la puerta por la que había entrado junto al vidrio frío y allí han puesto un banco dos bancos como de plaza junto a las vidrieras uno enfrente del otro y ella está cansada de modo que se sienta en el de su lado sin pedir permiso y cierra un poco un poquito nomás los ojitos y ya no ve pero oye. Es muy chiquita dice alguien, andá boludo no ves que está sola dice otro alguien, esperate a ver qué pasa mirá si viene alguien y se da cuenta, otra voz es la que dice eso y ella descansa y piensa en la puerta abierta de su casa y en el sol blanco de la calle allá lejos todo junto. También piensa en todo junto porque las cosas que se piensan pueden ir así todas juntas aunque parezca que ya no hay lugar, mañana y hacia allá el sol y el balcón del escritorio de papá y Tuta y el sol calentito y los pies en la calle y la puerta abierta y los que se le abren son los ojos, se le abren solos del susto porque hay ruido y gritos y además hay una sirena y mucha gente mucha gente mucha gente que parece dar vueltas a su alrededor y otra mucha gente está agarrando a dos tres no cuatro y una dos mujeres que lloran y todos gritan y alguien la toma de la mano y le dice despacito venga conmigo mijita, no sabemos por qué está sola, quién la ha dejado aquí, quién, nosotros, ¿ve? esa señora es policía, es muy buena y yo también soy policía y nos llamaron porque la vieron sola a usted y con la señora policía la vamos a llevar a su casa ¿usted sabe dónde es su casa?, y ella se pone a llorar. Dámela dice alguien dámela que yo tengo una como esta de cuatro o cinco años dámela ya vamos a encontrar a alguien que seguro que la está buscando y otro alguien la agarra y la acuna y le dice no te preocupes ya la vamos a encontrar a tu mamá; vamos a hablar con el comisario dice otra voz, cuidado que ya pusieron las vallas, los agarraron, los agarraron iban para la cuatro por cuatro allá a estos tipos hay que meterlos en cana para siempre cadena perpetua hay que darles. Hay tanto ruido, tanto pero tanto que la nena ahora tiene miedo; ya no hay sol dice, ya no hay sol y llora. Pero sí que hay dice la mujer que la tiene en brazos, sí hay, apoyá la cabecita acá, yo te sostengo ya la vamos a encontrar a tu mamá. 

Y la nena se duerme. Aunque parezca increíble, se duerme. 

Mucho, mucho tiempo después está en su casa metida en la bañadera llena, bueno, casi llena, un poco llena de agua tibia y Blanca le puso las sales de lavanda de la mamá y todo huele a campo, ¿te gusta? y la nena se ríe. 

La oye antes de dormirse, es la voz de todas las horas de todos los días esa voz que dice se va a olvidar, vas a ver, con suerte se va a olvidar, si ni siquiera se dio cuenta, ya vas a ver. Eso espero, oye, eso espero y es la voz de papá. ¿Y el sol lejano, en dónde está?, aaah eso es algo que nadie pregunta. Un poco más lejos, piensa. 

Y el sueño la envuelve, blando y tibio, casi como el sol.

 

Angélica Gorodischer

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