Se escribe, dicen, con una mano arrancada a la infancia.
María Negroni
I. Nací el 29 de enero de 1971 en Mar del Plata, en un edificio al que llaman “máquina de escribir”. Y pasé en Mar del Plata todas las vacaciones de verano de mi infancia. Nací ahí porque mi mamá, que ya tenía tres hijos y veraneaba desde diciembre hasta marzo en la ciudad “feliz”, no tenía ganas de volver a la capital a tener otro parto. Me gusta recordar que soy marplatense, pero una marplatense en tránsito, itinerante, discontinua. Y así como hay amores de verano, intensos justamente por lo efímeros, soy marplatense de verano. Infancia y Mar del Plata, para mí, se escriben juntas. ¿Fue la felicidad de mi infancia o fue la felicidad de mi infancia en Mar del Plata? ¿Cómo saberlo? Me gusta que sean así de inseparables. Del mismo modo en que resultan inseparables las escenas del fin de los veraneos en Mar del Plata y la del fin del matrimonio de mis padres. Y el fin de la infancia. Dejar de veranear en Mar del Plata coincide, entonces, con el malestar de la separación. Mar del Plata cifra así, para mí, la felicidad más absoluta y su culminación. Pero no es una culminación que haga de Mar del Plata un mal recuerdo, sino todo lo contrario: hubo felicidad absoluta, esa felicidad terminó y por eso se puede volver a ella cada vez que se la desee. ¿O acaso no es así la felicidad absoluta: una imagen congelada en el tiempo, intocada, a la que siempre se puede volver? ¿O acaso no es así la felicidad absoluta: la que está destinada a culminar?
II. Sabemos por el psicoanálisis y también por Walter Benjamin, que los recuerdos son siempre deformaciones. Que no hay experiencia en el cuerpo que no se inscriba en ese desvío, por ese desvío. Que la memoria está hecha de olvidos, que el olvido no es su contrario. Y también lo sabemos por esto que dice Georges Perec: “El recuerdo nos engaña con mayor frecuencia que el olvido”.
Mar del Plata es mi memoria. Pero también, y sobre todo, mi relación con lo esporádico y lo discontinuo. Porque lo que sucedía en Mar del Plata no se continuaba después. Tuve, durante la infancia, una especie de doble vida: la que ocurría de diciembre a marzo y la que sucedía, en mi lugar de residencia, de marzo hasta el siguiente diciembre. Mar del Plata se constituyó, así, en una especie de isla. Sin embargo, por eso mismo, la intensidad de las vivencias en ese paréntesis fueron incomparables con las del resto del año. Ahora lo pienso así: había que atravesar todo el año “lectivo” para así por fin volver a Mar del Plata, para que Mar del Plata volviera y trajera consigo toda esa vida sin igual. Lo que pasaba en Mar del Plata no pasaba de ninguna manera durante el año. Esa felicidad, la de los meses de verano, no se comparaba con nada. No podía sino ocurrir de esa forma: transitoria y discontinuamente. Ahora que escribo este texto se me ocurre que es por eso que los recuerdos más vívidos que tengo son los de los meses en Mar del Plata.
III. Mar del Plata fue mi educación sentimental y, sobre todo, mi educación musical. Ahí descubrí a Sui Géneris, y también Peperina y Yendo de la cama al living, de Charly García; los cantaba sin saber lo que significaban ciertas palabras. Bailé Abba por primera vez en las fiestas de mi cumpleaños en el living de mi casa con amigos de verano. Bailé lentos con los brazos extendidos, garantizando así la distancia entre los cuerpos. Los amigos de verano se quedaban en el verano, igual que los amores. No había, durante el año, trato con ellos. No sabía nada de sus vidas fuera de Mar del Plata. La doble vida se reforzaba también en esa manera de la amistad.
III. Cuando Martín Kohan escribió Me acuerdo, dijo: “fui notando que tiene que ver menos con un ejercicio de memoria personal, que con un ejercicio de escritura que hace que los recuerdos aparezcan como si le hubiesen sucedido a otro: están objetivados por el efecto de la enumeración, del inventario, del puro listado». Y también: “Hacer una colección de recuerdos, pero no ponerse a recordar (…). Todo está hecho de olvido”, dijo el autor. Y entonces me acordé de lo que Harald Weinrich ubica en Proust: “una poética del recuerdo surgida de las profundidades del olvido”.
Acá, la lista de mis recuerdos marplatenses:
Mi primera menstruación en el tren yendo a Mar del Plata.
Las medialunas calentitas de la Boston que traía mi papá cuando llegaba de Bs As los viernes de enero.
Boulevard Marítimo.
Las canillas de agua salada del baño de mis padres.
Cuarto veintisiete. Tercer cuerpo.
Las sillas BKF en la planta baja del edificio.
Las venecitas de colores del balcón terraza.
Los espejos del ascensor. Verme, por primera vez, de espalda.
El teléfono rosa de la mesa de luz de mi mamá.
La preparación para ir a la playa.
El fastidio de mi mamá por esperarnos para ir a la playa, en la frase “¿podemos ir saliendo?”.
El canasto de mimbre en el que mi mamá llevaba la comida a la playa.
Mi abuela Mamama.
Las galletitas que hacía mi abuela para llevar a la playa.
El largo viaje hasta la playa.
El calor dentro del Taunus gris de mi mamá.
El circo.
El Pato.
Mi papá diciendo “chanchegamos” cuando llegábamos.
El balneario Mariano.
El señor Mariano y sus hijos.
La casilla donde funcionaba la administración del Balneario Mariano.
La carpa 120 del balneario Mariano.
El techo verde de la carpa naranja.
La precaria cortina de la carpa.
Los campeonatos de truco de mis padres.
Los campeonatos de truco de los niños.
La alegría en mi panza al ver que la bandera del mar estaba celeste.
Las miles de horas en el mar.
La vez que me tuvieron que sacar del mar porque no podía volver. Mi narcisismo herido. Mi negativa a salir con el bañero. El enojo del bañero.
El kiosko al lado de los vestuarios.
La ducha en los vestuarios, antes de volver a casa.
El shampoo Agree.
La salvia Inecto para el pelo.
La parafina para el pelo.
El perfume de la crema que usaba Amelia, mi niñera.
Pasar tiempo con Amelia.
La voz un poco ronca de Amelia.
Las carnicerías y verdulerías de la calle Güemes.
Esperar en el auto a que mi mamá volviera de hacer los mandados en la calle Güemes.
La calle Alem.
La galería Naranja.
La subida hasta la calle Alem.
La raba con la que me atraganté en un restaurante.
Los adultos distraídos sin advertir que me estaba atragantando con una raba.
Jugar a la canasta.
El show de Raffaella Carrá.
El nombre Viento en Popa.
El nombre Videla.
La discusión de mis padres por el precio de la carpa.
Mi miedo a que no vayamos a Mar del Plata por el precio de la carpa.
La pregunta ¿Qué es la democracia?
IV. Fueron muy pocas las veces en las que visité Mar del Plata fuera del verano. Muy pocas: dos o tres. Las recuerdo todas. Pero, sin dudas, la que no se borra es aquella en la que, en algún día de julio de 2009, fuimos con toda mi familia a esparcir en el mar las cenizas de mi papá. Elegimos Mar del Plata por lo que Mar del Plata significa para todos nosotros. Mar del Plata fue testigo entonces de la frágil unión familiar. Si alguna vez estuvimos unidos, eso pasó en Mar del Plata. De hecho, la única foto de toda la familia junta fue tomada en el balcón terraza del Terraza Palace.
Cuestión que fuimos todos a esparcir las cenizas y, como era invierno y había mucho viento, muchos de nosotros recordamos la escena temida de El Gran Lebowski en la que las cenizas de su amigo, a causa del viento, van hacia su cara. No fue así en nuestro caso, pero la escena vivida fue, casi exactamente, como se narró en otra ficción: la novela Piquito de Oro, de Gustavo Ferreyra (Seix Barral). Empiezo a leerla al poco tiempo de volver de Mar del Plata. La novela comienza con el protagonista pretendiendo esparcir las cenizas de ambos padres en Mar del Plata. La primera línea de la novela es la pregunta acerca de qué se hace con las urnas una vez esparcidas las cenizas. Todo ese comienzo es desopilante. Leo: “¡Qué fracaso el mío! Sobre todo con papá. Creo que buena parte de él quedó sobre las piedras de la escollera. Qué porquería de viento. Soplaba de aquí y de allá. A pesar de que bajé hasta la última piedra (…) aun así, con papá sobre todo, las cenizas volaron en parte hacia la escollera (…). Espero que el mar suba pronto, que una tormenta barra las piedras, porque si no…las cenizas de papá van a ser pisoteadas por pescadores (…). Probablemente tendría que haber esperado un momento en el que no hubiera viento o que éste me favoreciera, viniendo desde tierra. Pero ¿cuándo se dan estas condiciones en Mar del Plata? Sospecho que casi nunca”.
Quizás por esas mismas condiciones es que nuestra ceremonia de las cenizas no fue menos desopilante. También nos pasó lo del viento y las cenizas pegadas en la escollera, y no saber qué hacer con la urna. No faltaron las risas. Me impresiona la similitud del comienzo de la novela con lo vivido recientemente con mi familia. Me río mucho. Comparto con ellos esas páginas. Reímos otra vez.
V. Nací en vacaciones de verano en la feliz, un lugar que hacía muy feliz a mi mamá, cuya ausencia reciente todavía no terminó de escribirse. Nací en un edificio al que llaman máquina de escribir. Mi mamá solía usar la frase “estaba escrito” en lugar de “yo te dije”. Me casé con Martin, que escribe (a veces ES la máquina de escribir). Se llama Kohan como mi papá. No estuvo nada mal la salida de lo familiar. Gracias, Mar del Plata.
Alexandra Kohan