Fuego y agua

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El fuego chisporroteó cuando Marcos le tiró encima otro pedazo de madera, y la ola siguiente se adentró en la orilla más que ninguna otra antes. Toto y Guillermo habían arrancado un par de tablas del chiringo de playa para que sirvieran de alimento a las llamas. Él y las chicas buscaron el lugar ideal en medio de la oscuridad. Unos médanos cubiertos de hierba les servían de reparo contra el viento de un lado. Del otro tenían una vista directa al mar.

Los cinco se habían acurrucado alrededor del fogón. Toto y Milena por un lado, por el otro Guillermo y Sol. En el medio Marcos, con su guitarrita viajera apoyada en la rodilla. El agua, más allá, era una mancha negra sin reflejos. No había luna.

Ya habían tomado bastante. No lo suficiente para estar mareados, pero sí para darse a la risa fácil. Milena se había apretujado a Toto y le besaba el cuello. Guillermo manoseaba a Sol disimuladamente mientras simulaba prestar atención a la música.

-Tocate algo del Pity. Vos sabés lo que quiero.

Con un brevísimo suspiro, Marcos acomodó los dedos en el primer acorde y empezó a rasgar las cuerdas. Otra vez. La del sol. Milena se desprendió del cuello de Toto para acompañarlo con la voz un poco ronca. Sol sacó una cajita de metal de la mochila y se puso a armar un porro. El resplandor del fuego creaba un círculo que los rodeaba y se extendía hasta donde empezaba la arena mojada.

La canción terminó antes de llegar a la segunda vuelta. Toto pidió algo de La Renga y Marcos acató. La de la razón. Sin mucho entusiasmo. Guillermo le dijo algo en el oído a Sol y ella se rió de forma exagerada. Las piernas de ambos se tocaban. Milena esta vez no acompañó y prefirió retomar el besuqueo que ahora fue correspondido. No se escuchaba más que la guitarra, la voz de Marcos y las olas.

-Para ser verano está bastante fresco –opinó Sol, dando una pitada.

Lo estaba. Guillermo le pasó el brazo por encima. Marcos remató el último acorde y apoyó la guitarra para acercarse un poco más al fuego. Tomó un trago largo de cerveza y volvió a levantarla. Hizo sonar un único arpegio, melancólico. Toto se separó de Milena lo suficiente para informarle que no querían escuchar eso. Que mejor tocara la otra, la que había tocado un millón de veces antes. La que siempre funcionaba.

Había llegado al estribillo cuando el fuego volvió a moverse. Las maderas se sacudieron y una lluvia de chispas salió volando sobre sus cabezas. El borde del círculo titiló al mismo tiempo que una nueva ola se deslizaba hacia él. Marcos, sin perder la concentración, miró el mástil para encajar bien los dedos en el próximo acorde.

-Che –dijo Toto, incorporándose-. ¿De dónde salió esa?

Estaba parada a unos metros del fogón, fuera del círculo. No se había escuchado movimiento. No había salido del mar, o al menos Marcos no la había visto salir. Simplemente estaba ahí. Mojada. El pelo largo y negro pegado a la cara. El vestido oscuro empapado. No podía verle bien la cara en la oscuridad, pero sí notó el reflejo de las llamas en sus ojos.

Nadie se levantó. Nadie se acercó. La chica no parecía apurada. Tampoco parecía perdida. Se quedó en el borde de la luz, donde el fuego ya no calentaba.

-¿Estás bien? –preguntó Milena.

La mujer no respondió. Marcos sintió que ignoraba al resto y lo miraba fijo a él. No parpadeaba. Las gotas de agua le caían por el pelo y por la cara, brillantes. El vestido se le pegaba marcando bien el cuerpo debajo.

-¿Necesitás ayuda?

Negó con la cabeza. Marcos se levantó torpemente sin soltar la guitarra. Caminó un paso hacia ella. Sintió el calor del fuego en el pecho. La chica dio un paso atrás, casi imperceptible. El fogón volvió a crujir.

-¿Querés sentarte? –le dijo con una sonrisa amistosa.

Volvió a sacudir la cabeza. Miró de reojo al fuego y de nuevo a Marcos.

-¿De dónde venís?

-Mar –dijo ella.

La voz era suave. Casi un susurro. Nadie del círculo supo cómo responder. Toto vació su cerveza de un solo trago. Sol se pegó un poco más a Guillermo.

-Debe estar re en pedo –comentó en voz baja, para que no la escuchara.

La mujer seguía sin moverse. Una ola llegó hasta ella y le bañó los pies. No reaccionó.

-¿Estás sola? –preguntó Marcos.

-Sí.

Las parejas volvieron a lo suyo. Guillermo se rió por lo bajo. Toto sacó otra lata de la heladerita y la abrió. La mujer no se acercó más. Tampoco se fue.

-Tocate algo, Marquitos. Ignorala, ya se va a ir.

Volvió a sentarse y a apoyar la guitarra sobre la rodilla. Tocó un par de notas sueltas, sin perderla de vista a ella. Se sintió envalentonado y volvió a tocar el arpegio triste. Escuchó un resoplido de uno de los hombres, pero siguió adelante. Empezó a tocar esa canción que nunca nadie le había pedido. La que él quería hacer. Huellas en el mar.

La chica inclinó la cabeza. Sus ojos pasaron de Marcos a la guitarra y otra vez a él. Sus labios se torcieron levemente en una sonrisa. Una madera se partió con un chasquido y el fuego bajó de golpe, como si se hubiera cansado.

Marcos siguió tocando sin dejar de mirarla. Sus amigos demostraron su desinterés entregándose al franeleo. Pero ella estaba absorta en la canción. Su cuerpo empezó a moverse, tal vez involuntariamente. Se bamboleaba de un lado a otro. Sutil pero definitivamente. Desde esa distancia se le antojaba hermosa. Las olas seguían batiéndose contra la orilla, pero los pies de la mujer no se habían enterrado todavía en la arena.

Notó que el mar empezaba a sonar distinto. No más fuerte. Distinto. Había algo regular, como una respiración. Casi un ritmo. La sorpresa estuvo a punto de hacerle interrumpir la música, pero sintió la mirada encendida de ella animándolo y se recompuso. Su sonrisa era ahora incuestionable. Siguió tocando hasta terminarla.

-¿Escuchan eso? –dijo Marcos.

-Es el mar, amigo –respondió Guillermo sin mirarlo.

Pero no lo era. No sonaba como el mar de siempre. Las olas golpeaban en intervalos deliberados, marcando un compás. Era como si estuviera respondiendo a su canción. Miró a la mujer y le devolvió la sonrisa. Ella dio un paso hacia atrás. Estaba todavía más lejos de la luz, pero él la veía mejor.

Marcos dejó la guitarra apoyada sobre la funda y se levantó. El fuego volvió a chisporrotear, inquieto. Una chispa saltó y se apagó en la arena delante de él.

—Eh —dijo Milena—. ¿A dónde vas?

No respondió. De golpe tenía mucho calor. No entendía cómo no se había percatado antes, pero era casi abrasador. La chica entendió inmediatamente y asintió con la cabeza.

—Vení.

No levantó la voz. No estiró la mano. Sólo caminó en dirección al agua. Marcos miró fugazmente a los demás, respiró hondo y la siguió.

-¡Ey! ¿Qué estás haciendo?

Frenó justo en el borde del círculo de luz, que parpadeaba débil. No sabía quién había hablado. No le importó. Se dio vuelta para mirar a sus amigos. Les ofreció una mirada cómplice que esperó los hiciera entender. Le llegó un último roce de calidez del fogón.

-Marcos, no seas imbécil. No vayas.

Uno de ellos, tal vez Toto, amagó a incorporarse pero la borrachera le golpeó como un martillo y desistió. Los demás se quedaron quietos. De fondo, se escuchaba el mar.

-Marcos.

Había sido la mujer. La voz ya era un hilo. La dulzura era ensordecedora. Él se dio vuelta, con el pecho latiéndole fuerte. Ahora que podía verla mejor, era lo más hermoso que había tenido enfrente en su vida.

-Mar.

El ritmo de las olas le retumbaba en los oídos. No era música. Era algo que no necesitaba explicación. Esto ya era sólo entre ellos dos. Sin dudarlo, salió del círculo.

Empezó a caminar por la arena mojada en dirección a la orilla. El agua le mojó las zapatillas. Estaba fría pero no lo notó. Ella caminaba un poco más adelante, sin darse vuelta. Sabía que él la seguiría. Incluso sin la luz de la luna, pudo apreciar su figura delineada por el vestido mojado contoneándose mientras avanzaba. Pudo admirar su pelo negro, largo y enredado con algas. Su exquisita palidez.

Detrás, alguien gritó su nombre. No lo escuchó. Dio otro paso y el agua le llegó a los tobillos. La mujer estaba más adentro, ya tapada hasta la cintura. El mar estaba calmo. Muy calmo. Pero él todavía escuchaba los ecos de su canción.

El fogón, a lo lejos, crepitó una última vez. La pila de maderas se desmoronó por completo y voló una lluvia de chispas. Una ola muy grande cruzó el círculo y terminó de apagar las brasas. El agua se detuvo antes de tocar a ninguno de los otros. Hubo oscuridad total. Después, silencio.

Cuando terminó, el mar volvió a quedar tranquilo. Los chicos corrieron hasta la orilla. Las chicas gritaron el nombre de su amigo. No vieron nada. Solo la superficie negra e inmóvil del mar. Una ola solitaria borró las pisadas de Marcos en la arena y él ya nunca estuvo ahí.



Benjamín Sierra

Benjamín Sierra
Benjamín Sierra
es realizador audiovisual y ferviente contador de historias. Nació y vive en Mar del Plata, donde ambienta la mayoría de sus cuentos de terror. Sus relatos combinan mitos, paisajes costeros y horrores cotidianos. Actualmente trabaja en un libro de cuentos situados en la ciudad. Escribe de noche y acompaña cada sesión con un vaso tras otro de Coca-Cola.

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