Festival de zombis

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Estábamos en un festival de poesía, aburridos como hongos, cuando sucedió la invasión. Estaba por empezar a leer un viejo poeta marplatense, cuando alguien lo dijo.

– zombis… invasión de zombis .

Todos creíamos que hacía referencia a Federico, la vieja leyenda del verso costero que ya empezaba a rimar.

Pero no.

– … zombis en serio, che, por todos lados.

Otros confirmaron la noticia.

Alrededor de las siete habían entrado por ruta dos y venían en malón, por Luro.

Delante de ellos, aparentemente, un Zombi con bandera roja los dirigía.

Como es natural en un grupo de intelectuales empezaron las conjeturas superficiales. Alguien ironizó diciendo que seguro eran zombis turistas. Otro la siguió, imaginando a un par de zombis barrenando o jugando con la palita en la arena.

Pero no era joda.

José Mayor tomó el micrófono y empezó a los gritos.

-… ¡parecen idiotas! – remarcó.

– … hay que hacer algo –  continuó. 

Todos nos quedamos callados.

José Mayor era uno de esos estudiantes eternos. Muy poco preparado para el juego de “dimes y diretes” de la facultad y eso lo había relegado a un segundo plano.

Todo cambió cuando agarró ese micrófono.

José Mayor era un hombre de acción e iba a ser nuestro líder.

El líder de la resistencia.

Señaló a un par y armó un comando para hacer una primera salida de exploración. El resto nos quedamos en el bar.

Yo estaba con Martín y con Juan, dos poetas menores que ya habían alcanzado su techo poético y ahora se encargaban de escribir reseñas sobre las nuevas promesas (que eran unas cuantas).

Hacía varios años ya que cualquiera podía escribir un poema, incluso, hasta una lista de supermercado podía leerse como tal.

Martín odiaba esta poesía, Juan la amaba.

Martín la ridiculizaba e intentaba rescatar a las figuras más conservadoras.

– … alguien que, al menos, sepa cortar un verso – decía.

– … no, no, no – retrucaba Juan –  eso que llamás escribir un buen poema es una mierda, lenguaje de generales.

Estábamos en esa discusión cuando José Mayor nos informó de la situación.

– … dos o tres cosas – dijo.

– …

– … primero, los zombis no son como en la tele.

– …

– … se mueven como tontos pero no se te vienen encima porque sí.

– … 

– … se vienen si les tenés miedo o si su líder les da la orden.

– … cuarto…

– …

– … quinto…

Yo no podía creer todo esto.

Para mí era un chiste, esa clase de chistes sectarios que solo entienden los que pertenecen al grupo. 

– … si los zombis no muerden, ¿cómo se produce el contagio?

– … no lo sé – dijo José.

– … ¿Los muertos son de Mar del Plata? – dijo otra mano.

– … no, suponemos que no, porque vienen por ruta dos.

Un rato después otro comando salió a investigar y a conseguir todo lo necesario para la supervivencia.

Con Martín y Juan seguimos un rato más hablando de poesía. Nosotros no nos sentíamos hombres de acción o al menos no de esa clase.

La mayoría reprochaban esa pasividad colectiva. Supongo que nadie creía que la cosa iba en serio. Algunos creíamos que era una especie de boicot de los poetas muy jóvenes en contra de los muy viejos. Otros, que simplemente era un happening.

– … otra cerveza – dije.

Como nadie parecía estar a cargo de la tarea, traje una para nosotros y otras para las mesas vecinas.

En aquel momento empecé a sentir pedidos de todos lados. Intenté explicar que yo no trabajaba en el bar, pero me siguieron pidiendo.

Entonces me puse a trabajar.

Repartí cervezas, pero enseguida empezaron a pedirme tragos: Fernet con coca, destornillador, séptimo regimiento, daiquiris, Gancia con y sin limón, Cinzano, etc.

También empezaron a pedirme comidas: pizzas, hamburguesas, panchos, lomitos, picadas.

Eso de servir a otros, lejos de molestarme, empezó a gustarme.

Me divertía correr de acá para allá con tragos, dando vuelta cosas en la plancha, o poniendo asaderas en el horno que luego volvían crujientes.

Cuando estaba en el último año de la secundaria me habían echo un test vocacional y me había salido eso, justamente, servicios.

En cambio, yo había seguido una carrera solitaria: escribir. Nada de otros. Ahora, esa mala decisión saltaba a la vista, siempre había deseado esto.

– … ¿qué se va a servir?

– … Enseguida se lo traigo.

Un par de horas después todo el mundo estaba borracho menos yo.

Habían dejado de leer y habían empezado a hacer karaokes; versiones desafinadas de canciones graciosas o viejas, y, todos coreaban.

Se había acabado la vajilla y me puse a lavar. Metí todos los vasos en la bacha con agua caliente y volqué detergente.

Después hice lo mismo con los platos.

Anoté los faltantes y bajé al sótano, entonces repuse la mercadería: cerveza, whisky, caipiriña, mayonesa, fernet, vodka, sevilletas, aceite, queso, limón, aceitunas…

Cuando me disponía a subir, apareció una chica mucho más chica que yo (como unos veinte años) y me dijo:

– … ¿necesitás ayuda?

Yo no sabía nada de ella, pero no tenía tiempo de preguntar; estaba marchando un lomito completo, tenía que hacer unos tragos, además tenía una docena de empanadas en el horno…

– … sí – le dije.

– … ¿sí, qué? – me repreguntó.

– … sí, necesito – especifiqué y empezamos a trabajar juntos.

Nos costó varias discusiones ponernos de acuerdo.

Yo tenía un modo de trabajar, y ella, otro.

Para mí un pedido debía estar bien preparado, para ella un pedido bien preparado era un pedido entregado a tiempo, y yo tardaba demasiado.

Yo no tenía problema en rehacer un pedido, ella no me odiaba por ello: la gente tiene presente que un bar es un bar, me decía…

Cuando todo el mundo se puso a bailar, contamos el dinero y era muchísimo.

Una vez más discutimos.

Teníamos que hacer la lista para hacer el pedido de mercadería, yo pensaba en el desayuno: medialunas, café, mermelada. Ella pensaba en el ahora: más cerveza, vokda, limón.

– … falta muchísimo para el desayuno – dijo, y tenía razón.

Entonces, pedí según su deseo.

Una hora más tarde trajeron el pedido.

Conversamos y decidimos cortar con la música; el plan era volver a vender bebidas, y resultó. Ni bien bajamos la música la gente volvió a consumir.

En el momento menos pensado; cuando servíamos whisky, y despachábamos cerveza, y preparábamos sándwiches, y condimentábamos tacos, y cortábamos limones… alguien gritó.

– … linda pareja.

Ella me miró y se sonrió.

Era una linda chica.

Yo no le había prestado atención.

No porque no me gustara.

No porque no me gustaran las chicas, sino porque estaba tan ocupado…

Así pasó una noche, y dos, y tres, y la tensión sexual seguía creciendo. Pero yo sentía que no era momento para esas cosas: la gente, los pedidos, la música, la caja, los pagos, etc, etc.

Ella empezó a descuidar el trabajo.

Se ponía a hablar con los clientes, o tardaba el doble de lo habitual, o confundía los pedidos, o dejaba quemar una minuta, o duplicaba innecesariamente las medidas de los tragos, o tiraba un vaso, o un plato.

En un receso intenté hablarle, pero ella no era directa. No me decía qué le pasaba.

– … no te interesa el trabajo – le pregunté.

-… sí, me interesa – me respondió.

– … entonces, ¿qué te pasa? – le volví a preguntar con una sonrisa.

– … estoy un poco rara con vos, eso, no importa – me contestó – nada grave.

Seguimos trabajando pero ella no mejoraba su rendimiento. Es pasajero, me dije, y decidí esperar  que se le pasara. 

En otro receso, de la nada, me dijo:

– … vos me tratás de manera paternal, me tenés lástima, y odio eso.

No supe qué contestarle y seguí trabajando.

Esa misma noche, en plena batalla, se puso a tomar algo con un cliente y abandonó la caja. En este contexto la gente empezó a desesperar. Una gordita colorada, de la nada, saltó para este lado de la barra y dijo:

– … no ves que no puede solo – y luego continuó – no puedo permitir que pase esto.

La colorada era el sueño de todo empleado de bar: rápida, atenta, anticipadora, cordial, compañera, profesional, etc.

También tuvimos nuestros conflictos, casi siempre en silencio, casi siempre relacionados con el trabajo. Uno de los dos anotaba algo mal o se demoraba, entonces el otro se enojaba.

Cuando esto pasaba, dejábamos de tutearnos.

– …¿cómo lleva ese pedido? – decía – la gente espera.

– … avise que ya sale – le contestaba yo.

Con las horas nos fuimos conociendo y aprendimos a ensamblarnos a la perfercción, tanto, que lo que en un principio era una molestia se transformó en una cooperación perfecta.

Ella conocía mis defectos y yo los de ella.

Sabía, por ejemplo, que cuando estaba saturado de pedidos, la gente me sacaba de quicio; entonces, ella detectaba que yo estaba a punto de fallar y, para que esto no sucediera, me mandaba a la cocina. Cocinar en soledad me relajaba y, al poco tiempo, mi ánimo mejoraba.

Un día, en plena guerra, tipo tres de la mañana, yo corría de acá para allá, tanto, que había empezado a confundir los pedidos.

Entonces ella me detuvo.

-… esperá – me dijo.

Me dio un trago antes de que yo pudiera pensar.

– … es para vos, como a vos te gusta, tomátelo tranquilo…

Quise protestar, cuando le dije que no era momento, retrucó:

– … me encargo yo.

A ella, en cambio, la enfurecía no poder calcular los insumos. Por más que hiciera un gran esfuerzo, le costaba mucho poder calcular el stock necesario. Si de repente se acababan los ingredientes para preparar un trago, o una minuta, enloquecía.

Ella era tan feliz como yo trabajando en el bar. No lo hablábamos pero se notaba. Si algo es evitende en esta vida es la felicidad. Se pueden simular muchas cosas pero no la sonrisa de alguien que se siente cómodo en sus zapatos.

En los intervalos, entre batalla y batalla, nos aburríamos. Además estábamos hipercansados; cansancio que se iba cuando volvíamos a trabajar.

Escenas como las que conté empezaron a repetirse cada vez más, tanto, que terminamos pareciendo una misma persona.

No solo en lo superficial sino incluso podíamos sentir lo que sentía el otro. Una vez tuvo un accidente, un pequeño corte en el dedo que puso las cosas patas para arriba.

Estaba sirviendo un trago, se rompió un vaso y se cortó. Como la sangre no paraba, tuvo que ir al hospital.

Fueron dos o tres horas pero para mí fueron interminables. Trabajé (por primera vez en el bar) a destajo.

No podía dejar de pensar en ella.

Sentí que las cosas, ir de acá para allá, correr con un pedido o volver con el producto terminado, no tenía ningún tipo de sentido.

Me quise imaginar mi vida sin ella, y me pareció vacía. A cada instante creía verla acá o allá, sirviendo, o cobrando, o poniendo música.

Cuando volvió hicimos una pequeña fiesta. Nos sacamos el delantal, y, por un momento, el bar quedó sin atención. 

Entonces nos pusimos a bailar.

Ella se movía bastante bien, yo era un tronco.

En un momento intentó hacerme girar con las manos, bailar entrelazados, pero no entendí, me tropecé y empezamos a reírnos.

Cuando volvimos a la carga de tragos dimos una vuelta gratis para todos, estábamos tan felices.

La cosa funcionó así por casi dos meses.

¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué tiempos!

Un día llegaron inspectores de bromatología y clausuraron el local.

Decían:

– … que los alimentos no pueden mezclarse. Que una cocina habilitada necesita varios sectores: uno para los alimentos crudos, otro para los cocidos, uno para las verduras, otro para las carnes, y a su vez, subsectores para éstas: porque no es lo mismo pollo, que vaca que pescado.

  1. No existe información de que haya habido brotes de zombis en esta parte del territorio que se llamaba Sudamérica.

Gastón Franchini

Gastón Franchini
Gastón Franchini
Escritor y editor. Ha publicado cinco libros de poesía y ha dictado diversos talleres de escritura creativa. Fundador del festival Poesía, de acá y de la editorial Semipiso, actualmente dirige la editorial Goles Rosas.En el ámbito narrativo, ha publicado el libro de cuentos Bebida energizante, que incluye el cuento “Festival de zombies”. Además, es autor de Tinder, una novela publicada en 2022 por el sello Pulpa.También ha trabajado en una serie de Breviaturas, novelas muy cortas que se han publicado digitalmente por el sello Breviaturas en 2024.

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