El baño

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La despertó el ruido que ya había dejado de ser, un auto que había pasado o no y atravesaba la noche real u otra tal vez.

Le costaba dormir y el té de tilo y la valeriana no servían más que para evitar algunas de las vueltas en la cama, pero no la mantenían dormida. Como si no llegara al centro del sueño sino apenas a los bordes y ahí, en el borde, durmiera acurrucada, con miedo a caer.

Miró a Martín. Su ronquido era un ronroneo, grave, bajito, como el de la heladera. Levantó la mano para acariciarlo, pero no lo hizo. Corrió el edredón muy despacio y se levantó.

Cada vez que se despertaba iba al baño, y casi cada vez que lo hacía recordaba que cuando habían refaccionado la casa, Martín había propuesto hacer una pared que impidiera la vista de la puerta del baño.

Ella había preferido un metro más de dormitorio y había dicho que, después de todo, la puerta del baño no tenía por qué estar oculta.

Ahora sabía a qué se había referido él: no se trataba solo de la vista de la puerta, sino de atravesar algún otro espacio antes de entrar al más íntimo de todos. El baño es el único lugar al que se va solo, siempre solo. “Como a todo”, pensó. Y después pensó que en realidad aún estaban a tiempo de hacer la pared.

Sintió el frío de las baldosas en la planta de los pies y su réplica en todo el cuerpo, tembló.

La luz de la luna entraba por la ventana. Una luna redonda y enorme entraba por la pequeña ventana cuadrada del baño.

Todo era blanco, las paredes, el piso, los artefactos, porque Pola tenía miedo de cansarse de los colores, de los dibujos, de lo que no fuera liso. Siempre tenía miedo de aburrirse de las cosas. También de las personas.

Cuando levantó la vista vio a alguien sentado en el borde de la bañadera. No podía ser. Pero las baldosas estaban demasiado frías y la mujer sentada en el borde de la bañadera se movió como si desobedeciera, sin seguir el orden del sueño de Pola.

Tenía la espalda vencida en una curva, los hombros hacia delante y los brazos casi escondidos en eso cóncavo en lo que se había transformado. Las manos sostenían la cara que parecía a punto de desarmarse.

Pola se acercó y vio los ojos: eran los de un animal herido, cazado. La pupila suspendida en el centro sin tocar los párpados, sin apoyarse en nada. Esa mujer no había entrado a robar o a hacerles daño. Era frágil.

Llevaba un pijama como los de hombre. Tenía el pelo lacio y despeinado.

Pola no había encendido la luz y los colores apenas se vislumbraban. El pijama podía ser rosa, amarillo, blanco. Pola se acercó en silencio.

La mujer habló como si la hubiera estado esperando, sin levantarse. Preguntó dónde estaba.

“En mi casa”, dijo Pola. “Pero en dónde”, insistió la mujer.

Pola le dijo las calles, el barrio. La mujer le preguntó si conocía otra dirección en otro barrio. Pola dijo que nunca había escuchado esos nombres. Entonces la mujer apretó las manos contra su cara de nuevo y lloró.

La luz de la luna iluminó una de las gotas que rodaban por la cara de la mujer de un modo extraño. Entonces Pola supo que no era un sueño. Esa extrañeza era áspera.

Se acercó al lavatorio, tomó el vaso, lo llenó de agua y se lo ofreció a la mujer del pijama.

La mujer bebió un poco y luego volvió a cubrirse los ojos con una mano. Sus hombros se sacudían. Intentaba hablar pero era difícil entender lo que decía. Algo referido a su casa, a la locura y a Dios.

Entonces Pola le propuso que subieran al borde de la bañadera y miraran por la ventana, para intentar reconocer algo.

Lo hicieron y la mujer lloró aún más. “Nada”, repetía, “nada de este lugar es mío”.

Entonces Pola se sentó en el inodoro. La mujer sorprendida la miró.

Dejó de llorar, pero sus cejas seguían arqueadas en un gesto de angustia o miedo. Pola quería calmarla: “Nos quedamos acá. Mi marido es piloto y tiene que levantarse temprano. Tiene un vuelo largo”.

“¿Piloto?”, dijo la mujer del pijama, un poco más tranquila. “Mi novio era piloto…”.

Pola asintió. La mujer del pijama la miraba.

“Vuela en lapa”, agregó Pola.

“¿Sigue existiendo lapa?”, dijo la mujer intentando seguir en el diálogo como si fuera una soga de la que se agarraba. “Pensé que no”.

“Sí”, dijo Pola y vio un paquete de cigarrillos sobre la mesita frente al lavatorio.

Golpeó suavemente el atado contra su índice para que asomara un cigarrillo y se lo ofreció a la mujer del pijama que lo aceptó y dijo “Gracias”.

La llama del encendedor tembló frente a su cara.

“Hace diez años que no fumo”, dijo.

“Yo debería dejar”, dijo Pola.

Fumaron en silencio. La mujer del pijama mirando de a ratos el baño, como si hubiese algo oculto detrás de las paredes. Pola, mirándola a ella, su pijama, su modo de dar pitadas largas y luego dejar salir el humo como si suspirara.

La mujer del pijama bajó la vista y se quedó muy quieta. La punta del cigarrillo fue creciendo encendida y luego cayó sola, apagada, al piso.

“¿Y tenés hijos?”, preguntó de repente la mujer.

“Dos”, dijo Pola, y pensó que la mujer no, y que era mejor no preguntar nada.

Se sintió incómoda y quiso volver a la cama junto a Martín, o mejor pasar antes a ver a los chicos, taparlos y volver a la cama. Tal vez hacer el amor.

La mujer del pijama la miraba en silencio. Había desaparecido la desesperación de su cara y se había acomodado el pelo. Brillaba.

“¿Estás mejor?”, dijo Pola al terminar el cigarrillo. La mujer del pijama asintió.

“¿Querés llamar a tu casa?”. La mujer volvió a asentir y sonrió.

Una nube debe haber pasado por delante de la luna: la luz desapareció.

Quedaron en silencio y a oscuras, y luego en una penumbra suave en la que las cosas tenían bordes de luz.

Pola se levantó para ir a buscar el teléfono.

“Ya vengo”, dijo, pero la mujer del pijama no respondió.

Cuando salió del baño vio una pared.

Pensó en la pared que no había querido levantar frente a la puerta del baño. Era como un espejismo de lo que no había ocurrido.

Pero esta pared era la de un pasillo largo, sin la pinotea del piso de su casa, sin los techos altos ni las paredes blancas sino unas empapeladas.

Por una fuerza parecida a la de la gravedad, una ley, avanzó y supo que no iba a poder volver atrás. Vio una puerta entreabierta y la empujó. Había un baño con azulejos verdes, una pequeña alfombra peluda frente al lavatorio. Cajas de medicamentos apiladas, un vaso de plástico.

Por la ventana entraba la luz de la luna, la misma de antes.

Pensó en Martín, en los chicos, en la mujer del pijama. Cuando pensó que todo debía ser un sueño supo que no lo era.

Apoyó la frente contra la pared. Sintió el frío de los azulejos, su dureza, el nudo en la garganta.

Echó la cabeza hacia atrás y la golpeó con fuerza contra los azulejos verdes que no eran los de su casa.

Se sentó en el borde de la bañadera y metió la cara entre las manos. Tenía frío y un sabor metálico en la boca.

Escuchó un ruido que venía de la habitación de al lado. Los resortes de una cama, quejándose. Después, pasos.



Alejandra Kamiya

Alejandra Kamiya
Alejandra Kamiya
nació en Buenos Aires en 1966. Publicó una trilogía de libros de cuentos: Los árboles caídos también son el bosque (2015; Eterna Cadencia, 2024), El sol mueve la sombra de las cosas quietas (2019; Eterna Cadencia, 2024) y La paciencia del agua sobre cada piedra (Eterna Cadencia, 2023). Recibió los premios Universidad Católica Argentina-SUTERH (2007), Feria del libro de Buenos Aires (2008), Fondo Nacional de las Artes (2009), Max Aub (España, 2010), Horacio Quiroga (Uruguay, 2012), Fundación Victoria Ocampo (2012), Unicaja (España, 2014).

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