El ómnibus ingresó al pueblo por la avenida Santa Teresa. Hace tiempo tenían pendiente ese viaje. Él la había sorprendido con los pasajes y la reserva unos días atrás, imposible negarse. Durante el trayecto hablaron poco, ella se refugió en un libro y él prefirió dormir. En realidad ella pensó mucho, demasiado. Pensó pero no pudo decir nada. El ómnibus se detuvo frente al edificio sencillo de paredes blancas y frente vidriado, fueron los últimos en bajar. Las mochilas no pesaban tanto, era posible caminar las veinte cuadras hasta la cabaña, acercándose a la costa.
La avenida no era ancha y, las calles que la cruzaban, todas de tierra. Las casas de madera de colores con sus terrazas y hamacas paraguayas prometían descanso. A las dos cuadras empezó a seguirlos un perro negro y despeinado, los acompañó hasta destino.
El dueño de la cabaña era un hombre parco que les dió las llaves y les indicó con tres palabras cómo llegar. El perro negro no los siguió ya, se quedó mirándolos desde la esquina. Ahí no más, al doblar, apareció la casita color terracota. Se miraron por primera vez en todo el camino, él le sonrió.
Entraron y ella buscó enseguida el balcón, estaba muy bien, era lo que quería, ¿no?, su capricho. Quiero un balcón que mire al mar, le había dicho hace unos meses. Además, desde ahí, se escuchaba el golpe de las olas. La cabaña era chica pero bonita. Una barra frente a la cocina, dos sillones antiguos, más allá una cortina blanca y un desnivel daban paso al dormitorio. Las ventanas estaban cubiertas con esterillas que había que enroscar con la mano y atar con un cordón. En la pared del living, una repisa sostenía unos adornos con caracoles, un candelabro de bronce y un barco hecho de fósforos con un cartel: “Punta del Diablo”. Era el fondo perfecto para la primera foto, pero él no quiso, se tiró en la cama. Ella posó para la selfie, pensó en postearla, pero mejor no. Se preparó un té y se acomodó en uno de los sillones.
Recién como a las seis, caminaron hasta la feria de artesanos, rumbo a la playa de Los Pescadores, la más céntrica. Los puestos de madera rústica no estaban todos ocupados, el pueblo ya no tenía el brillo del verano. Zigzaguearon durante unas cuadras, y desembocaron en una calle ancha, la costanera. Miraron con simpatía los barcitos de estilo rústico, con sillas y mesas sobre la vereda, lámparas de mimbre, grafitis en las paredes.
Llegaron a la playa. Las barcas de madera componían la postal típica del lugar. Los colores brillantes contrastaban con el blanco de la arena. Ella dio una vuelta alrededor, leyendo: Victoria II, Manuela y Juan, Capitana. Los restos de otra, varada de lado, no dejaban ver el nombre. Ella empezó el juego, proponiendo llamarla Virgen Santa. El Demonio retrucó él. Comenzó el ida y vuelta: Luna llena, Titanic II, La piba, Atorranta, Tía Valentina, La perdida. La olvidada. Está bien, ganaste, le dijo él. Se paró frente a los restos y la bautizó, haciendo la señal de la cruz con los brazos largos y flacos. Rieron.
Cruzaron la calle pasando frente a los puestos de pescado fresco. El pizarrón ofrecía, con letra despareja: cazón, pejerrey y mariscos. En la puerta de uno de los locales, dos hombres tomaban cerveza, arrimados a una mesa pequeña. Entró una señora con sombrero de paja y el más joven se levantó, pesó la compra en la vieja balanza que colgaba cerca de la puerta, le dio la bolsa y volvió a su silla.
Los primeros mates frente al mar tuvieron el gusto de los buenos recuerdos. Parecía que el silencio sería el tópico de esos días, ella no lo elegía, era lo que podía hacer. Siempre era la que hablaba, la que contaba, la que proponía, como con el juego de los nombres. Él escuchaba, contestando a veces, otras pocas contando algo, casi siempre aceptando la propuesta. Ahora ella no podía hablar. Y sabía que él no preguntaría nada.
Luego de la playa de Los Pescadores aparece La Rivero y, un poco más allá, la Playa Grande. Llegó a pie, sola. Serían más de las doce y, aun así, el sol recién empezaba a calentar. Buscó el refugio del médano, extendió la lona y se sentó. Unos chicos se bañaban en una pileta que se llenaba y vaciaba con el ir y venir de las olas. Gritaban fuerte cuando el agua los cubría. Se quedó mirándolos un rato. Se dio cuenta de que no lo extrañaba.
Esa playa era mucho más abierta que la de Los Pescadores. Sin embargo, las olas rompían suaves. Era muy plana, además, tuvo que caminar bastante para darse el chapuzón. Salió junto con un perro blanco con una mancha marrón en la cara, eximio nadador. Verlo, al principio, la asustó un poco; se quedó largo rato flotando hasta que empezó a mover las patas para salir. Se echaron los dos en la arena, el perro junto a un muchacho de pelo largo que le acarició el lomo.
Las últimas bajadas de la Playa Grande ya eran parte del parque Santa Teresa. Fueron hasta ahí en bicicleta la tarde anterior. Tomaron la ruta 9 hacia el Chuy, unos 10 kilómetros apenas. Pedalearon toda la tarde, recorrieron el parque entero, parando de a ratos. Encontraron una fuente y lo que parecía haber sido una pileta llena de musgo. Se acostaron a la sombra sobre el pasto, él le apoyó la cabeza sobre el pecho y se quedaron así un rato. Después siguieron hasta la zona para acampar, muy pintoresca, llena de casas rodantes viejas y nuevas, armadas como grandes tolderías, muy equipadas, familias enteras acomodadas como para unas largas vacaciones.
Hoy decidió salir sola antes de que él propusiera algún plan. Se le pasó la tarde, volvió a las horas y lo encontró con el delantal puesto. Cocina de mar, dijo, estoy inspirado.
Casi todas las noches bajaron a la playa. A tomar una cerveza o a fumar. El pueblo a esa hora renovaba su encanto. Las luces encendidas en los bares, la gente comiendo buñuelos de algas, o el típico chivito uruguayo, jóvenes con canastas colgadas del brazo ofreciendo brownie canábico. La luna sobre el mar, protagonista del paisaje. Alejándose un poco del centro, las luces de las farolas colgando en las esquinas, todas imágenes de antaño, como si el tiempo se hubiera detenido. Así se sentía ella, detenida. Deseaba que fuera como al principio, sería tan bueno. Ella cambió, no había dudas de eso. No podía decidir cuándo decírselo, ni cómo. Pensaba que lo tomaría por sorpresa y detestaba pensar en una escena de gritos y llanto. Una nota sobre la mesa sería mejor. Y volver al rato. O no volver.
Hacia el otro lado de la avenida Santa Teresa está la playa La Viuda, extensa y despoblada. Hasta allí llega hoy, sola una vez más. En realidad esta playa, su faro y la casa de La viuda junto a él la habían seducido para llegar a este pueblo. Había leído al pasar sobre esa casa rodeada de misterio, en aquel rincón del mundo. Se hablaba de una propietaria millonaria que arribara cuando el balneario aún no figuraba en los mapas y solo algunos pescadores se aventuraban por aquí. Habría llegado ya viuda con sus hijos, vivió allí largos años hasta que desapareció y no se supo más de ella. Los pobladores se encargan de mantener el enigma. A ella le atraen los enigmas. Le atraen porque sí. Quiero conocerla porque sí, le había dicho, y él había aparecido con los pasajes. Ahora está ahí, viendo un mar mucho más picado que los otros, rugiendo. Se zambulle sintiendo las fuerzas de las olas. Mientras se seca al sol se le acerca un perro negro y piensa si será el mismo que los recibió el domingo. Cinco días pasaron ya. Abre varias veces el libro que la acompaña siempre y lo vuelve a cerrar. El silencio es un premio necesario. La charla de la mañana la dejó agotada, él que nunca habla estuvo como media hora contándole sus proyectos, programando un próximo viaje, y ella ahí, untándole tostadas una tras otra, evitando cualquier comentario. Se tira sobre la arena y logra dormitar un rato, sintiendo el calor del sol en el cuerpo. No sabe cuánto tiempo pasó cuando lo ve llegar. En cueros y con las ojotas en la mano. Un beso al pasar, el chapuzón le toca a él ahora. Le cambia la cara. Vuelve pronto y se sienta en la arena con las piernas flexionadas, las acerca al pecho rodeándolas con los brazos. Ella vuelve a abrir el libro, finge sumergirse en la historia, por un rato. Lo mira, hecho un bollito mojado, la pera apoyada sobre las rodillas, lo ve tan frágil.
La playa se vacía de a poco, quedan solos. Él la mira y le sonríe. Le acaricia la cabeza mientras se levanta. Un último baño de mar, le dice. Comienza a nadar hacia adentro. Su figura es cada vez más pequeña. Ella se desploma sobre la arena y el cielo del atardecer se le viene encima. Se queda un rato allí, como si pudiera flotar entre las nubes. No quisiera pero está llorando. El mar de pronto se ha vuelto calmo. Las olas rompen suaves pero espumosas. Se escucha el chillido de las gaviotas y apenas un susurro de la brisa entre los arbustos. El cielo va cambiando de color, se pierden los últimos reflejos rojizos mientras empiezan a asomar algunas estrellas.
Ella se sienta y luego se pone de pie. Lo busca pero le cuesta verlo a la distancia. Mira alrededor y en ese anochecer están realmente solos. No sabe si correr o gritar porque ya no distingue su cuerpo en el agua.
Detrás del médano comienzan a encenderse las primeras luces en las casitas de colores. Sigue parada frente al mar y sigue sin verlo. No piensa, no puede. Está ahí paralizada, camina y moja los pies en el agua, se agarra la cabeza, la aprieta con fuerza y vuelve a mirar intentando divisar algún movimiento a la distancia. No ve nada.
Entonces gira, junta sus cosas y comienza a alejarse de la orilla. Quedan las ojotas y la remera de él tiradas sobre la arena. La caminata en ascenso por la arena le quita el aire. No mira atrás. Sale a la calle de tierra y avanza con pasos largos. En la casa azul, de la esquina, humea la parrilla. Pasan tres chicos en bicicleta riéndose a carcajadas. Apura aún más el paso, las casas de madera y las hamacas paraguayas se suceden unas tras otras. Los perros ladran fuerte y, de pronto, ya está corriendo, mueve los brazos con fuerza para darse impulso, incapaz de detenerse. Dobla en una esquina y se pierde, sigue corriendo sin rumbo hasta que ocurre el milagro y asoma la casa terracota. Se detiene, ya no llora, y corre una vez más. Llega y se arroja sobre el suelo de la galería. Respira profundo varias veces, se tapa la cara. Las guirnaldas de luces de los bares le caen encima, son destellos, alternan con el reflejo de la luna sobre el agua, y con su mirada azul y triste, la de él. Entonces un manto oscuro destiñe los colores de las barcas de la playa y lo cubre todo.
El crujir de la madera con las pisadas la despierta, levanta la cabeza y lo ve frente a ella, empapado y jadeando. Se sienta, se abraza las rodillas, se esconde entre las piernas. Es un bollito pequeño, tenso, frágil. Él le acaricia la cabeza al pasar y le dice con una voz casi imperceptible:
- No te vayas.
Andrea Fraschetti

