Corrientes del ’75

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“La infancia es también lo que se pierde”

Idea Vilariño

Corrientes fue una decisión ajena, como tantas de mi adolescencia. Un viaje de dos días en Citroën. Parada obligada: Rosario. Una ciudad que apenas veía y que imaginaba al amanecer. Después la balsa, y el Paraná con su respiración de agua dormida, que recuerdo siempre con un fondo de guitarras y luna. 

La fábrica de recuerdos es maravillosa. 

Llegamos de noche, aplastados contra los asientos de cuerina. Apenas se abrieron las puertas, el auto empezó a escupir cuerpos sin parar. Nadie sabía de qué manera nos habían encastrado a los ocho en ese espacio mínimo. 

Dormíamos en la ciudad y, a la mañana siguiente, Tatacuá. Mi familia amaba ese campo con la misma intensidad con la que yo lo detestaba. 

Tenía 14 años, me habían alejado de la playa y de mis recién estrenadas matinés en el Yacht. Endiablada es poco. 

Pero esa noche algo cambió; no sé si por obra de la Virgen de Itatí, por el Gauchito Gil o porque mi tía Maya no aceptaba un no ni muerta; la cosa es que, por primera vez, me dieron permiso y aterricé en la ciudad.

Mi tía, sin que mi viejo lo supiera —mejor dicho, no tenía que saberlo—, con esa impunidad que la caracteriza, se activó como si ejecutara un plan macabro. En menos de una semana me calzó un traje de plumas y lentejuelas rosa. No exagero. Rosa de verdad, sin matices. Rosa chicle, rosa figurita con brillantina. Lo estrené resignada, esperando que la multitud me tragara. Pero no me tragó.

De repente me arrastraron por ensayos, fiestas, desfiles, un zumbido nocturno que parecía salir del asfalto caliente. Todo vibraba desde el piso, como si la ciudad funcionara enchufada a otra corriente. 

Yo venía de un mundo chico. Wincofón, los Beatles, Sui Generis. Asaltos en patios con luces de Navidad, bailar lento con palanca para garantizar la distancia entre los cuerpos, olor a Gancia tibio en vasos de plástico. 

El vértigo correntino me mareaba. El calor, los colores, la tonada. Era como la montaña rusa del Italpark, multiplicada.

Los veranos en Mar del Plata siempre habían sido iguales. Playa en continuado, pebete de jamón y queso con Coca-Cola en heladeras que se mantenían frías a puro hielo. Por un rato. El Monarca con su canasta llena de sándwiches: palmitos con salsa golf, pavita, roast beef. Delicias que comían solo los de afuera. A veces, licuado en Pajarito, un bar de Playa Grande, o una vuelta en la ruleta de barquillos. El barco hundido como límite del mar. Unos metros cuadrados de barrio y playa cuya frontera nunca cruzábamos. 

No necesitábamos nada más.

Mi prima —cinco años mayor, una especie de deidad menor en ese microcosmos correntino— tenía la tarea de “cuidarme”. Imagino el odio que le habrá dado. Yo tampoco le ofrecía nada, ni onda ni glamour. Solo esa voluntad obstinada de no encajar que, de a poco, los correntinos fueron agujereando.

Jamás había vivido un carnaval. Tampoco había visto tanta gente linda. Una lindura distinta, de cuerpos ágiles, bailadores, chispeantes. 

No me acuerdo qué tema había elegido Copacabana —mi comparsa por herencia—, pero sí el de la rival: Ara Berá. “Las constelaciones”. Un nivel de despliegue que te dejaba encandilada. Un cielo entero moviéndose a ritmo de comparsa. Los trajes eran diagramas estelares, mapas galácticos cosidos en lentejuelas. La carroza, una nebulosa de formas curvas y telas translúcidas, sostenía a su reina como si no hubiera gravedad. 

No dije nada, me guardé la emoción bien adentro. Me hubiesen linchado en nombre del honor familiar.

Bailé sonriendo —gracias a unos tragos de whisky que me dieron mis compañeras— por esa eternidad de cuadras que tiene la avenida Pedro Ferré. Mi prima había sido reina el año anterior, así que apenas terminado el corso, las miradas, esas que a mí me picaban como mosquitos, se desviaron hacia ella. Un alivio. Era libre.

Ese estar despegada me llevó a caminar sin compañía por el centro, meterme en el cine a ver El Exorcista, comprar mi primer disco sola. Brain Salad Surgery, de Emerson, Lake & Palmer. Me lo vendió la tapa: una calavera, un rostro atrapado entre placas grises, metálicas. No vi el detalle sexual hasta mucho después. Still… You Turn Me On o Jerusalem daban vueltas en el tocadiscos una y otra vez, mis propios mantras, mis oraciones privadas. 

Después entendí. 

Entendí por qué nos fuimos en lugar de quedarnos. 

Que el estallido no había sido joda. 

Que lo peor estaba por llegar.

Por esa forma de andar hechos de olvidos, ese verano quedó así. Con bordes borrosos, lleno de cosas que no sabía dónde poner y que, sin embargo, todavía vibran en alguna parte.


Marta Mendiondo

Marta Mendiondo
Marta Mendiondo
Nació en Corrientes en 1959. En el ’64 se mudó a Mar del Plata y ahí se quedó, para siempre.A los cinco años le regalaron una colección de Juana de Ibarbourou. Encontró “La mancha de humedad”. Nunca volvió a dejar de leer. No tiene premios ni publicaciones que mencionar: esta es la primera vez que uno de sus relatos sale de paseo lejos del taller de narrativa. Ahí descubrió que también podía escribir. Con el primer texto que se animó a mostrar, algo la picó y acá está, escribiendo relatos. Ojalá algún día terminen en un libro. O no. Ya se verá.

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