Cartografía de una despedida

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¿Se puede ser vedette de día? Otra vez estoy llegando tarde. 

Camino derecho por Colón hasta Jujuy, el calor es insoportable, pienso que en este momento hay muchísima gente nadando  en el mar, pienso que quiero probar el nuevo alfajor  Havanna. Pero no ahora. Muerta de calor y vestida de oficinista.

Todos los días, el paseo de la vergüenza.  Lo hago rápido porque no quiero que se den cuenta de que soy una persona  que debería hacer todo menos lo que hace. Y por todo me refiero a cualquier cosa menos esto, y con esto me refiero a vivir anestesiada.

 El recorrido siempre es el mismo,  corto pero suficiente, patéticas seis cuadras que se comprometen en recordarme que no soy una vedette. Se burlan, me muestran un trailer de mí misma, con locaciones fantásticas por supuesto. Por muy enojada o triste que estés, por mucho que no sepas apreciarla, Mar del Plata siempre te convence de ser el mejor lugar.

El avance te promete una comedia fresca, esperanzadora, de esas que sabés que terminan bien; pero al final la peli es una de terror, la protagonista queda atrapada en ella misma para siempre.

Le tengo que ganar a esta inercia. 

Pienso en mi deseo irrefrenable de seguir de largo, no soy  vedette pero bien puedo fingir ser una, entrenarla. Acariciar la pluma invisible, cambiar de categoría este guion, rendirle culto a la fantasía, y como una guía de un museo un poco abandonado, dar por iniciada la recorrida. 

Mi vedette no trabaja a la mañana. Solo de noche, solo cuando las luces la buscan y le dan calor, donde el abrazo es un aplauso, donde sabe que la esperan. 

Y este es su mejor escenario: la ciudad que fue y es testigo del drama,  de los corazones rotos que se mezclan entre la gente que baila en la Rambla hasta la madrugada, de los que se buscan y se huyen, de los que se entregan a un amor apasionado y después lloran en la costa preguntándose por qué.

El mar invade todo como una música de  fondo, constante, que aparece en los momentos cúlmines y relaja cuando solo queda contemplar. Le recuerda a esta vedette atlántica de dónde viene y de qué está hecha, de sal y espuma. No existe el destierro ni la vergüenza para las que nacen de las olas y sobreviven a los inviernos crudos de una ciudad aparentemente feliz. 

La tristeza de Alfonsina y las noches de verano, los festivales de cine, el descubrimiento de un teatro que se parece a otros teatros pero que a la vez es puente que se extiende hacia la infancia toda, un juego eterno que se camufla en los rincones de la adultez y aparece para que no te olvides que en esta calesita también podés sacarte la sortija. Los mejores atardeceres en la terraza de ese edificio color verde militar en Necochea y 20 de septiembre, las primeras marchas, la primera vez que te enojaste con la injusticia, el hallazgo de la  ternura como herramienta y mapa, la vida que pasa y te sorprende mirando la luna reflejada en el agua, la amistad.

 Cuna de las vedettes con miedo, de las que vienen para quedarse, de las que la eligen para vacacionar. De las que son de acá y no anhelan otra cosa que no sea este borde azul. De las vedettes que pueden domar las olas y hasta construyeron un lenguaje, de las que pueden seguir dibujando este idioma en otros mares. 

Perdón Mar del Plata si no supe reivindicarte como te merecías, perdón si no supe cuidar tu dorada brillantez, perdón si no siempre te quise, vos también me hiciste aprender sobre amores no correspondidos. Ahora sí te puedo mirar de frente sin que duela, decirte  que sos hermosa, que estuviste para mí aunque yo quería otra cosa (ya sé, soy el peor de tus chongos), que no eras vos y era yo. 

Ahora entiendo a los que vuelven, ahora sí te necesito. Porque ya me estoy yendo.

A las vedettes de acá y de allá, a las que se siguen buscando.

Azul Galdeano

Azul Galdeano
Azul Galdeano
nacida y criada en Mar del Plata es actriz egresada de la Escuela Municipal de Arte dramático Angelina Pagano (EMAD). Aprende a ser siendo otras. La lectura y la actuación son para ella la brújula de vuelta a casa.

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