Historia Clínica 2 (cap.1)

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Belgrano

(1770-1820)

 

«Siendo preciso enarbolar bandera

y no teniéndola, la mandé hacer

blanca y celeste conforme los colores

de la escarapela nacional»

 

Muchos cambios, mucha enfermedad, corta vida. De abogado graduado con honores a general del ejército. Una vez, su amigo el Gral. Don José de San Martín, defendiéndolo ante el Triunvirato de Buenos Aires, dijo sobre él: «No será Napoleón, pero es lo mejor que tenemos en estas tierras». ¿Pero quién era el paciente? ¿Cómo influyeron las condiciones de salud en su persona? ¿Y cómo, en la historia argentina?

Manuel José Joaquín del Corazón Jesús Belgrano nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770 en la casa materna que hoy corresponde al 430 de la avenida que lleva su nombre. A metros del convento de Santo Domingo, donde hoy descansan sus restos. La madre, María Josefa González, era criolla y de familia procedente de Santiago del Estero. El padre, Domingo Belgrano Peri, luego castellanizado a Pérez, fue un próspero comerciante italiano oriundo de Oneglia, en Liguria. Manuel Belgrano era, por lo tanto, un joven rico que tuvo la oportunidad de estudiar en el Real Colegio San Carlos de la ciudad de Buenos Aires, antecedente del actual Nacional de Buenos Aires. Más tarde, su padre lo envió junto a su hermano Francisco a España a estudiar comercio. Sin embargo, Manuel se inclinó finalmente por la carrera de Derecho.

Estudió en las universidades de Salamanca y Valladolid. Se graduó como abogado con honores a los 23 años. En mérito a sus calificaciones, solicitó permiso al Papa Pío VI para leer libros que en la época estaban prohibidos y reservados para pocos. Accedió así a escritos considerados heréticos y a autores censurados por la Iglesia. Aunque no se le permitieron libros obscenos ni de supersticiones, ni astrología. Belgrano leía textos en el idioma original, ya que dominaba el inglés, el francés y el italiano. Era la época de la Revolución Francesa, ideas que lo influyeron intensamente. Estudió a Rousseau, Voltaire, Adam Smith y al fisiócrata Quesnay. Belgrano integró las ideas liberales de Adam Smith con respecto a la importancia del trabajo del hombre como condición para la transformación de las materias primas y la generación de bienestar, y las ideas de Quesnay. Este fisiócrata enfatizaba, en cambio, la importancia de la tierra como «fuente de riqueza» y el uso racional que se hiciera de ella. Belgrano integró ambos principios económicos y productivos en un modelo que creía aplicable a una tierra en la que estaba todo por hacer, comenzando por la revolución. Con 24 años cumplidos, el paciente era un abogado exitoso que se había formado en Europa, de modales refinados, buen vestir y trato cordial. Hasta aquí, no hay elementos de interés en la historia clínica del paciente.

El Rey Carlos IV funda, en 1794, el Real Consulado de Buenos Aires, organismo colonial para fomento y desarrollo de la actividad comercial. Belgrano es nombrado por el Rey como secretario del Consulado y regresa así a Buenos Aires. A partir de entonces, con una excelente carrera profesional y sin haber disparado un arma en su vida, comienzan los cambios y las enfermedades. De ahí en más, será un enfermo crónico que sobrellevará diferentes dolencias. En los 26 años que le restaban de vida, realizaría una tarea intensa, innovadora y revolucionaria. Será así un economista con ideas propias, un ideólogo político, impulsor de la educación como motor del progreso, periodista; combatió combatió los monopolios comerciales, fomentó la distribución equitativa de la riqueza y el desarrollo del mercado interno. Desde esta perspectiva, Belgrano compartió ideales, principios, proyectos y sueños con el Gral. San Martín. Era un intelectual que las circunstancias de la revolución llevarían al grado de general.

Conductor de pobres ejércitos improvisados de indios y gauchos, creó y enarboló la bandera en Rosario el 27 de febrero de 1812. Triunfante en las batallas de Tucumán y Salta y derrotado en Tacuarí, Vilcapugio y Ayohuma, sobrellevó dolencias físicas durante todo el tiempo.

Es así que Belgrano, uno de los próceres más importantes de la Patria, pasó de ser un niño rico a un general del ejército que muere en la más absoluta pobreza, sin siquiera tener con qué pagar a su médico y amigo el Dr. Joseph Redhead, a quien a la hora de su muerte le pide acepte su reloj como único pago posible de sus honorarios. Éste es nuestro paciente en estudio. Desde que Belgrano regresa a Buenos Aires en 1794 hasta su muerte en 1820, se desarrolla toda su historia clínica, es por eso que su historia de vida es importante para comprender los alcances e influencias de sus enfermedades. En términos de formular una historia clínica del paciente, comencemos por su modo de ser, su personalidad, su familia.

 

Personalidad

Estamos, claro está, formulando una «historia clínica» de un paciente que no tenemos presente. Es un personaje de la Historia. No se encuentra en nuestro consultorio. A cambio, nos queda disponible frondosa información aportada por contemporáneos que nos permiten delinear sus características físicas, su carácter, su temperamento, sus modos, sus costumbres. Los hechos de la historia, su propia biografía, sus intercambios epistolares y los retratos aportan la información suficiente para delinear un perfil de su personalidad. Una de las descripciones físicas y de estilo de comportamiento más preciso la hizo José Celedonio Balbín. En 1860, escribió dos cartas al Gral. Mitre sobre los aspectos personales del paciente. De una de ellas, citamos el siguiente párrafo:

 

…«El General Belgrano era de regular estatura, pelo rubio, cara y nariz fina, tenía una fístula bajo un ojo que no lo desfiguraba porque era casi imperceptible; su cara era más bien de alemán que de porteño. No se le podía acompañar por la calle porque su andar era casi corriendo, no dormía más de tres o cuatro horas, montando a caballo a medianoche, que salía de ronda a observar el ejército…»

 

Esta descripción física es coincidente con el retrato clásico de Belgrano realizado por el artista francés François Casimir Carbonnier. En él vemos al paciente sentado con las piernas cruzadas, pantalón claro y botas, con la mano izquierda en descanso sobre el muslo derecho y el antebrazo derecho sobre el apoyabrazos del sillón y el rostro en escorzo derecho. Como detalle de color vale la pena citar que en la pintura, a la izquierda de su figura, puede verse a través de la ventana una imagen de la batalla de Salta que Belgrano mismo pidió al artista que agregara al retrato.

El cuadro fue pintado en Londres en 1815, cuando el paciente tenía 45 años, es decir cinco años antes de su fallecimiento. Por entonces, Belgrano se encontraba en Inglaterra en misión diplomática junto a Bernardino Rivadavia. Tenemos así una clara idea de su aspecto físico en virtud de un retrato original tomado en su vida adulta.

También es interesante detenerse un instante en el detalle que aporta Balbín sobre la velocidad a la que caminaba el paciente y las pocas horas de sueño que necesitaba. Desde el punto de vista médico, no es un dato menor. Resulta evidente que Belgrano fue una persona muy activa y eficiente en cuanto a su estudio, capacitación y trabajo. Alcanzó rápido desarrollo profesional e intelectual y superó numerosas barreras académicas en las universidades europeas.

En síntesis, podemos decir que se trataba de una personalidad con aplicación y disciplina al estudio y al trabajo. Pero ese detalle, el de caminar rápidamente y dormir pocas horas, confirmaría un dato particular: posiblemente se trataba de una persona con un estilo conductual proclive a la hiperactividad, esto es, un estilo de conducta de alto rendimiento productivo en el desarrollo de las tareas emprendidas. Otras referencias biográficas referentes a la constante y reiterativa supervisión de las tropas, los armamentos, la cocina, las provisiones, los servicios médicos y la disciplina también confirman este posible diagnóstico.

Sobre la rectitud y honestidad de la conducta de Belgrano con los bienes del Estado también da testimonio Celedonio Balbín:

 

«El general era muy honrado, desinteresado, recto, perseguía el juego y el robo en su ejército, no permitía que se le robase un solo peso al Estado, ni que se vendiese más caro que a los otros. Como yo le había hecho a él algunos servicios, y muy continuos al ejército, sin interés alguno, cuando necesitaba paños, lencería o alguna otra cosa para el ejército, me llamaba y me decía: «Amigo Balbín, necesito tal cantidad de efectos, tráigame las muestras y el último precio, en la inteligencia de que, a igual precio e igual calidad usted es el preferido de todos, pero a igual calidad y un centavo menos, cualquier otro».

 

Esta descripción también es coincidente con muchas otras que enfatizan ese aspecto de su personalidad, donde la rectitud y la honradez resultan rasgos salientes.

 

Daniel López Rosetti

Daniel López Rosetti
Daniel López Rosetti
Es médico especialista en clínica médica y cardiólogo universitario egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Se especializó en el diagnóstico y tratamiento del síndrome del estrés. Es profesor titular de la cátedra de Psicofisiología de la carrera de Psicología de la Universidad Maimónides; director del curso universitario de Medicina del estrés y Psiconeuroinmunoendocrinología clínica de la Asociación Médica Argentina, y coordinador del gabinete de Medicina del Estrés y Psicobiología del Hospital Central Municipal de San Isidro. Es presidente de la Sociedad Argentina de Medicina del Estrés (SAMES); miembro titular de la Asociación Médica Argentina; miembro de la Sociedad Argentina de Cardiología, y de la Sociedad Española para el estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS). Es fellow del American Institute of Stress (Nueva York). Participa como disertante en congresos médicos locales e internacionales y publicó numerosos trabajos sobre su especialidad. Fue médico residente de clínica médica y docente de la I Cátedra de Fisiología Humana de la Facultad de Medicina de la UBA. Presidió el I y el II Congreso Argentino de Medicina del Estrés, celebrados en la ciudad de Buenos Aires en 2001 y 2005. De su autoría son los libros Estrés, epidemia del siglo XXI, El cerebro de Leonardo y El estrés de Jesús. Es columnista sobre temas médicos en Telefe Noticias y en Radio Mitre.

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